• 16 de diciembre de 2018, 23:32
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Los apodos en el fútbol

Por Juan Roberto Presta

De la ofensa a la pertenencia


Es muy raro pero lo que nació como una ofensa y una provocación hacia el rival futbolístico histórico pasó a ser una identificación que muchos llevan con orgullo. Los hinchas de Boca gritan “soy bostero” sin importarle que eso quiere decir que se revuelcan en la bosta o los de River cantan “Soy gallina” aunque el apodo venga de un signo de cobardía. Como se explica que alguien grite a los cuatro vientos “Soy canalla”, como lo hacen los simpatizantes de Rosario Central, cuando los verdaderos canallas tratan de ocultar su característica o sus tradicionales rivales digan “Soy leproso”, una enfermedad que hacía aislar a los enfermos en islas o lugares cerrados hasta mediados del siglo pasado.

¿Cómo nacieron esos apodos? El 20 de mayo de 1966, River jugaba la final de la Copa Libertadores de América ante Peñarol en el tristemente célebre Estadio Nacional de Santiago de Chile y ganaba 2 a 0 con comodidad y se floreaba, tanto que su arquero Amadeo Carrizo paró un remate de “pechito” y el técnico Renato Cesarini (una leyenda del fútbol argentino) sacó a un defensor (Sainz) para poner un delantero (Lallana) para buscar la goleada, pero de pronto Peñarol reaccionó ante la desidia de su rival y con goles del ecuatoriano Alberto Spencer y de Roberto Matosas en contra empató el partido y forzó a un alargue. River pasó de “sobrar el partido” a sufrirlo y Peñarol lo liquidó con otro gol de Spencer y uno del “verdugo” Pedro Virgilio Rocha.  Al domingo siguiente River fue visitante de Banfield y alguien tiró de la tribuna una gallina blanca con una banda roja pintada, acto que se empezó a repetir como símbolo de la falta de valentía que tuvo el equipo y allí nació el mote que hoy perdura.

El caso de Boca y los bosteros tiene que ver con que el barrio se inundaba cada vez que había una lluvia (por eso las veredas de  La Boca son imposibles, ya que algunas casas se hacían en alto para que no entrara el agua) y muchos decían que se desbordaban los pozos sépticos. La cosa empezó con una canción hiriente: “La Boca, la Boca se inundó y a todos los de Boca la mierda los tapó” y con gestos como el de Ángel Labruna, que cuando iba con River a jugar a esa cancha hacía un gesto tapándose la nariz para que lo viera toda la cancha, como diciendo que allí había mal olor.

La leyenda de los equipos rosarinos se remonta a la década del 20 del siglo veinte y dice que tanto Rosario Central como Newell’s fueron invitados a jugar un partido amistoso a beneficio del Leprosario de Rosario y los de Central se negaron a hacerlo, por lo que sus tradicionales rivales le espetaron que eran unos “canallas”, mientras que estos para defenderse tildaron de “Leprosos” a sus clásicos rivales y así perdura hasta ahora. Tanto que el genial Roberto Fontanarrosa hizo un personaje que se llamó “Canaya” (así con y griega) que incluso se incorporó a las camisetas.

Otro de los casos a analizar es el de San Lorenzo y Huracán. Los de San Lorenzo se asumen como “cuervos” un pájaro negro que come carroña, pero no tiene que ver con eso, sino con su relación con la Iglesia Católica (No porque el Papa Francisco sea un hincha ferviente, sino por el nombre y su relación con el Cura Massa). Los curas más tradicionales todavía usan una sotana negra hasta los pies y por eso le decían “cuervos” y ese apodo lo heredaron los de San Lorenzo. A su histórico rival les dicen “Quemeros” y eso tiene que ver con la cercanía de su cancha a lo que fue la “Quema Municipal” donde se quemaba la basura de la ciudad a cielo abierto. Los verdaderos “quemeros” eran un grupo de personas, en aquel momento llamados “linyeras” y actualmente “Cartoneros” que revolvían la basura buscando cosas útiles que sirvieran para vender, como cartones, bronce, plomo y botellas.

Lo cierto que lo que era un ofensa pasó a ser un signo de pertenecía y uno escucha a gente gritar “Soy bostero”, con énfasis, sin importar que significa el término. Esto solamente en el fútbol se puede lograr. 

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