
El camino de la emancipación pone al descubierto, en cada etapa histórica, la cuestión y el problema del poder. Si esto se acepta, el campo propio podría disponerse a promover una gran conversación pública sobre el aspecto invencional del poder con el propósito de volver a disputar el Estado e inclinarlo hacia su posible-y-siempre-abierta condición plebeya. A una mecánica homóloga responde la reacción, con la diferencia de que cuando se enciende ese vector de la historia ésta apunta en sentido contrario respecto de la emancipación. En otro orden de cosas, aunque correlativo, todo lo que sucede en el palacio, esto es, en la esfera gubernamental y dirigente no es en absoluto irrelevante para el desarrollo de los acontecimientos que vibran, animan y habitan la emancipación, pero solo es posible constituir el auténtico sentido de una política magmática cuando se logran empalmar la institucionalidad, la representación y el movimentismo, que es el lugar fluvial donde pueden ser descubiertos y auscultados los procesos moleculares que se operan en la conciencia de las grandes multitudes.
Si se acepta esta línea argumental, los sectores sociales que estamos atravesando un conflicto cada vez más agudo con las expresiones de este capitalismo que busca arrojarnos a la explotación sin restricciones, deberíamos considerar unir los fraccionalismos -pues la unidad indica una fuerza y esta es expresión de un posible poder- y soldarlos en función de la disposición a una lucha común abigarrada de mucha energía para que el actual poder de gobierno mafio-fascista sea lo más acotado y lo menos prolongado posible. A todo poder reaccionario le llega el instante en que empieza a brillar con el último resplandor de una vela que se va apagando. La lengua popular suele expresarlo con un gracejo: “a todo chancho le llega su San Martín”.
Hablar de mafio-fascismo supone comprender una dimensión que cruza espesamente la situación política que atraviesa la Argentina y entender el momento particularmente delicado que la sociedad nacional, especialmente las clases que orientan y organizan su existencia alrededor del trabajo, está atravesando. La idea dispuesta alrededor del poder mafio-fascista plantea también la posibilidad de un momento reactivo, de la organización de una fuerza antifascista, momento necesario que debe ser buscado con radicalidad de pensamiento y de acción para no caer en una rendición incondicional ante potencias tanáticas que buscan justamente eso en el campo nacional y popular. Una pregunta, pues, es ¿cómo salir de la calamidad que nos obligan a habitar? Una respuesta incipiente: es relevante en extremo el despertar de sectores trabajadores -volver a defender los intereses y las responsabilidades de clase- intoxicadxs y envenenadxs por una maquinaria de propaganda -constituida por la mediaticidad monopólica más redes sociales que sostienen una estrategia de gobierno- que emponzoña y confunde las mentes. Más: afirmar nuestra lengua, sostener las ideas, organizar la fuerza, preservar nuestra humanidad, volver a ser Estado: popular, participativo, protagónico, democrático. En términos de organización y fuerza el mafio-fascismo entiende que el Estado es su instrumento principal. Al gobernarlo lo transforman en expresión de una minoría propietaria que responde a los intereses de una élite extremadamente reconcentrada. En la etapa arqueológica del fascismo esa minoría era la burguesía industrial. En el siglo XXI se trata de aristocracias tecnológico-financieras que tienen la expresividad de los monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios. Esta cuestión es de lo más relevante para las clases trabajadoras de todos los países: la necesidad de recuperar el Estado orientándolo hacia lo común, que es decir lo igualitario, inherente a la justicia social. Uno. Y dos: tratar de ver el futuro, empeñarse en esa tarea porque las presiones por salir adelante en tiempos difíciles tienden a no ser generadoras de imaginación política: “constantemente estamos apagando incendios, respondiendo a emergencias, encontrando refugio temporal, todo lo cual hace que sea difícil ver algo más que el presente” (E. Kelley, Freedom dreams. The black radical imagination, p. 11).
La paz es la víctima obvia del proceso que se inauguró institucionalmente en diciembre de 2023 y que arrastra y amplía el que se había organizado y expandido a partir de diciembre de 2015. Desde ya, no es la única y lo distinguimos si miramos las sedes tribunalicias que fragmentan su trabajo sin analizar la complejidad resultante de la tentativa del magnifemicidio contra Cristina Fernández de Kirchner. Esto se debe a la magnitud y la naturaleza del poder que ejerce un grupo muy pequeño de actores que empalman una racionalidad mafiosa con otra fascista en ese sector de la estatalidad y que se religan con el poder global imperial-monopolista. El fascismo y la mafia son tendencias posibles constantes del capitalismo porque comprenden la necesidad de defender ese orden que se consolidó a través de la expansión de la economía capitalista: están integrados en él en calidad de servidores catalizadores.
El mafio-fascismo antagoniza radicalmente con la emancipación como lo hace un enemigo excepcionalmente astuto, peligroso, temible, y sin embargo insignificante (si se es capaz de mirar con los lentes de la historia, que es la propia política empalmada con la dimensión del tiempo). La emancipación indica un camino, abre un surco, señala un proceso paciente de fuerzas subterráneas e inexorables. Nadie nunca ha podido organizar un momento radicalmente emancipatorio sabiendo de antemano cómo habría de desarrollarse completamente. ¿De dónde se sacarían esas previsiones, acaso de los libros aún no escritos? Sin embargo, algo de la emancipación podemos decir incluso antes de que se precipite: su fuerza principal está en comprender la lógica interna del movimiento y en dirigir la política de acuerdo con ella. La emancipación no impone sus planes a las grandes mayorías, sino que las ayuda a tomar conciencia de sus propios planes y a lograr realizarlos. La palabra “conciencia” no debería ser entendida literalmente, de manera moral, sino como aprendizaje para dar forma a los propios deseos y reivindicaciones. Esta forma es en verdad una expresión política, que emerge de las representaciones propias y genuinas de la emancipación. En esta estela, emancipación pasa a ser movimiento, representación, dirección, conducción y estatalidad. O sea: poder.
El poder mafio-fascista encarna la expresión más fuerte y reconcentrada de la ofensiva general del capitalismo. Por eso la lucha contra el mafio-fascismo debe ser asumida por toda organización social y política que vibre dentro de la idea invencional emancipatoria. Esta logrará imponerse a este astuto enemigo cuanto antes se comprenda su carácter esencial y cómo se expresa. Las condiciones de vida que organiza el poder mafio-fascista en esta etapa del desarrollo histórico y en tanto expresión del dominio de los monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios son las de grandes mayorías hambrientas, grandes colectivos sufrientes, decepcionadxs, seres humanos arrojadxs a la explotación sin restricciones y -por ende- sin presente ni futuro, que no sea el de la esclavitud. Un deber ético de la emancipación es incorporar a esos sectores sociales a la lucha a través del trabajo pedagógico (lucha ideológica y política); un trabajo cuyo propósito sea explicar el proyecto tanático de este poder para con la sociedad en su vertiente trabajadora. La emancipación es una vía de escape del espantoso sufrimiento de nuestro tiempo. Es una visión del mundo que nos permite comprender la naturaleza, la sociedad y las condiciones de nuestra propia existencia dentro del proyecto libertariano. Comprender es imaginar también una vía de escape de este sufrimiento. Emancipación es organización de una cultura humanista de avanzada en tensión con el orden de explotación sin restricciones del capitalismo en su vertiente digital-financiera. La llama de una nueva vida social que calienta e ilumina, que aporta esperanza (“la esperanza de un mundo mejor”, tal como supo formular en algún momento Ernesto Guevara) y fuerza en la lucha. Para nosotrxs, todo. Para ellos, lo que ya tienen.
Puesto que el presidente Milei anima una revolución degradada una tarea para el campo de la emancipación sea acaso una revolución constructiva. Como respuesta a este contexto económico altamente borrascoso que supone el despliegue lento, aunque vertiginoso y diario de un genocidio social. La base de la revolución se encuentra a menudo en el estado de la economía, en la crisis, y en la contradicción y el conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad. De esto surge la contradicción entre la clase portadora de la emancipación y del crecimiento de las fuerzas productivas – trabajadorxs formales, informales, intermitentes…- y la clase que defiende las formas de propiedad viejas y reaccionarias; de esa propiedad que sobrevive a sí misma y quiere mantener la Argentina en una invariante condición histórica colonial.

Si se acepta que el poder de gobierno organiza la sociedad alrededor de un núcleo que es el tanatismo absoluto ese reconocimiento debería estimularnos en la dirección de la constitución de un posible antifascismo. Bajo la modalidad de consigna esta palabra apareció en el corazón de la fuerza multitudinaria y abigarrada constituida por la marcha de las disidencias, diversidades y feminismos, convocada el 1º de febrero de 2025. Antifascismo, a partir de allí se convirtió en divisa de denuncia de la desesperación a la que nos ha arrojado el gobierno libertariano, de la esperanza religada con la lucha y de la necesaria revocación del poder de gobierno. Una democracia que no puede revocar un mandato no es democracia. En el antifascismo vibra también otra cuerda sensible: la impugnación de la vida capitalista y de los poderes criminales que lo animan.
Ante la opresión mafio-fascista y la lucha de clases que despliega, la revolución democrática antifascista pasa a ser una etapa ineludible de la liberación. Irrenunciable porque cualquier cosa que se parezca a una democracia real es cada vez más improbable. El régimen que gobierna la Argentina empezará a vacilar antes de su implosión. En ese momento las fuerzas populares deberán restaurar la democracia y abrir un escrutinio amplio para desandar todas sus políticas de devastación. Tendrán a su cargo la tarea de instituir una nueva sociedad -pues la actual ha sido zombificada por el poder de gobierno-, organizarla alrededor de la idea de igualdad -que es la reciprocidad-, de otra idea de felicidad, distinta del precepto capitalista -que se verifica a través de todas las modalidades posibles del consumo-, de socialización de los bienes naturales comunes, sostén de una estatalidad popular.
La fuerza política que puede hacer algo para limitar el poder espeso de gobierno y mantener viva la esperanza de la democracia es aquella que sepa expresar una confluencia de las grandes tradiciones políticas emancipadoras: de izquierdas y peronistas. Una fuerza cookista: nacional y popular empalmada con una fuerza antifascista continental de carácter revolucionario, antipatriarcal, anticapitalista, antirracista, anticolonialista. La organización de esta fuerza es necesaria para rechazar las políticas que promueven la exclusión, el racismo y la xenofobia, el patriarcado, el apartheid social -promovido por esos aparatos del capitalismo digital que malamente llamamos redes sociales- como herramientas de dominación. Hablamos de la necesidad de organizar una IA: menos una inteligencia artificial que una Internacional Antifascista, para coordinar el trabajo emancipador de los movimientos sociales y políticos en defensa de la democracia popular y protagónica, la justicia social y los derechos humanos a escala global. Esa Internacional en la Argentina podría ser tal vez una herramienta expresiva de un aparato de poder antifascista, exteriorización de la unión política de todo lo que puede ser unido a través de la experiencia aglutinante de la lucha (y no como cálculo aritmético de singularidades que expresan partidos sin disposición al antagonismo con las fuerzas que configuran el gobierno libertariano); exteriorización del antagonismo radical contra el mafio-fascismo y la lógica de los monopolios corporativos absolutistas globales totalitarios situada en el corazón de la res publica; perspectiva menos táctica que estratégica; afirmación de un sostenido humanismo que tenga expresión interseccional de clase, género y etnia; disputa por la estatalidad con el propósito de organizar el momento político democrático posfascista; cultura y pedagogía de la prevención. Ese movimiento progresivo tuvo un momento iniciático en la marcha federal antifascista del 1º de febrero de 2025, en otra manifestación popular como la del 8 de marzo y en la gran marcha del 24 de marzo. Estos emergentes fueron estimulados por el antagonismo absoluto que plantea el poder teratológico de gobierno, por la intemperie social que ha provocado, por esa reacción que ha levantado la cabeza desde la pandemia y se ha afirmado con el clivaje que para la vida social y política implicó el magnifemicidio, y por la ofensiva aventurera elaborada contra la existencia. Antifascismo, entre otras cosas, quiere decir que los capitalistas vuelvan a tener límites.
La lucha y la autodefensa popular contra el mafio-fascismo requiere de un aparato único de poder; se trata de una hipótesis de lucha elaborada por Clara Zetkin (Fighting Fascism. How to struggle and how to win, 2017). Cuando el campo nacional y popular logra unirse en su condición abigarrada puede hacer “milagros” (que no son magia). En el instante de la unidad emancipadora el campo nacional y popular acierta a dar una expresión mucho más profunda y fiel a las exigencias de la evolución histórica que las expresiones de los analistas, los economistas, los políticos y los periodistas más sagaces del orden. Las credenciales mal escritas -para decirlo con el lenguaje de Hegel- en carteles improvisados y en banderas desgastadas que a menudo se escriben en el tejido cultural y movimentista del campo propio se demuestran reales porque racionales y afectivas, mientras que planes subjetivamente inteligentísimos de los sujetos del orden a menudo acreditan inconsistencia, porque la razón de la historia no quiere nada con ellos. ¿El propósito de ese aparato único de poder? Organizar una lucha en el terreno de la política para ir desgajando a las grandes mayorías del atractivo fascinante de masas del mafio-fascismo. Por eso las fuerzas políticas y sociales “laboristas” y con disposición a la lucha de clases deberían considerar unirse contra el mafio-fascismo sin distinciones partidarias o afiliación sindical en el antagonismo de la clase trabajadora contra el dominio de clase y la explotación violenta de los monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios. De otro modo: los partidos, sindicatos, organizaciones, movimientos que se constituyen alrededor de esa idea orientadora de la existencia –el trabajo– deberían movilizarse en la dirección de la defensa común contra el mafio-fascismo.

También es necesario organizar un antagonismo dentro del Parlamento y así en todas las instituciones públicas. Las fracciones representativas de la clase trabajadora en el seno de esa magna institución -el Congreso- podrían solicitar que organizaciones “laboristas” internacionales envíen comisiones a nuestro país para investigar la condición de la clase trabajadora y los múltiples y variopintos conflictos que el poder de gobierno organiza contra los sectores de trabajo. Estos son requisitos para la lucha. Y puesto que toda lucha implica una temporalidad, considérese esto: la reacción da tiempo al tiempo y lo cuenta por días, por semanas y hasta se anima a calcularlo por años o largos ciclos, pero la emancipación, si se lo propone, puede contarlo por fracciones de minutos.
La revolución democrática no será simple repetición mecánica de la democracia anterior a diciembre de 2023 o del diciembre de 2015, sino reanudación y renovación. O, para recurrir a una fórmula hegeliana: la restauración será negación de la negación. No podemos conformarnos con el mero antifascismo, sino imaginar y poner en movimiento el postfascismo. Una pregunta que debería acompañarnos en este camino tal vez sea: ¿qué forma deberá tener la nueva democracia dentro de nuestro Estado-nación?
El capitalismo en crisis -que se alimenta de la crisis, de la sangre, la fuerza de trabajo del ser humano, de la linfa vital del ser natural y de la acción del ser animal- es incapaz de resolver los conflictos atroces y colosales que provoca con su propio funcionamiento. Es inconcebible en este sentido la idea de que es posible resolver cualquier conflicto recurriendo al mismo procedimiento que lo ha producido. Imaginar siquiera la idea de un “capitalismo razonable” es un sinsentido. Si se acepta el fascismo en tanto herramienta del capitalismo en crisis -que en la Argentina se religó con el poder mafioso, aunque compite con éste-, que encarna lo peor del capitalismo, habría que hacer lo que fuera para impedir que se produjera ese “peor”, es decir, que se precipite la creencia de un “capitalismo razonable” porque no puede existir el capitalismo bajo formas no-reaccionarias, no-autoritarias, no-xenófobas, no-militaristas, no-racistas, no-represivas, o sea, la idea de un capitalismo moderno. Esto es: un capitalismo menos… capitalista.
Imaginar y organizar un mundo nuevo -alternativo al esquema de poder mafio-fascista, de esa fuerza que no lucha por conseguir algo, sino que ambiciona todo-lo-existente- es el cometido de participación y lucha para las fuerzas de la emancipación que vibran en las ideas de justicia social e igualdad. Fuerzas nacionales y populares con la perspectiva latinoamericanista de la Patria grande. Porque, ¿qué es pueblo, a fin de cuentas? No es una idea fija ni eterna, sino que nombra y convoca la posibilidad de constituirlo en cada etapa histórica. Esa idea indica menos una gran cantidad, un gran conglomerado o un número conspicuo de seres humanos movilizados que una comunidad fluctuante que experimenta una epifanía. Una revelación de poder, de saberes, de belleza, de conocimientos compartidos. Un lazo social. Una experiencia: parte constitutiva de lo que se es y sin la cual no se puede ser ni seguir siendo. Desde nuestra América aún debe ser posible imaginar y organizar una acción emancipadora alrededor de una consigna popular: Make Antifascism Great Again, en el 80 aniversario de la subordinación del fascismo arqueológico a manos de la Revolución.
Palabra magmática alrededor de la cual en el presente que habitamos es necesario organizar un preciso escrutinio. Algo, sin embargo, acerca de ella, puede ser sugerido, pues se trata de un torrente subterráneo que cuando aflora a la superficie se manifiesta con una fuerza irresistible, sometido a las leyes de una especie de hidrodinámica social, y que por eso se va engrosando, por las sacudidas y las privaciones organizadas escrupulosamente por la reacción. Detener ese torrente “oponiéndole el pecho es imposible; lo único que se puede hacer en no dejarse arrastrar por él, sostenerse en tanto no desaparece la ola de la reacción y preparar, al mismo tiempo, puntos de apoyo para la nueva ofensiva” (L. Trotsky, Historia de la revolución rusa,p. 606).
*Filósofo y analista político. CONICET.