Estas cortas líneas surgen del entrecruzamiento de un posteo, un reclamo y una vieja historia de San Telmo.
El posteo es del escritor Miguel Gaya, donde pregunta, un día después de la victoria de la selección argentina sobre la inglesa: «¿Ya podemos volver a tomar café en el Británico?».
Para quienes no lo saben, el Bar Británico, en la esquina de Defensa y Brasil, es hoy un bar histórico de Buenos Aires, aunque ya no tiene a sus viejos dueños españoles (que de británicos no tenían nada), esos que se excedían en el jamón crudo de los sándwiches y tenían en sus estantes desde el mejor whisky hasta ginebra Bols en garrafa.
El reclamo es de un sector de la (ultra)derecha inglesa que, después del despliegue del glorioso trapo artesanal que decía «Las Malvinas son argentinas» en el supuesto campo de Marte donde la selección argentina derrotó a la inglesa en el Mundial, exige que se les quite la ciudadanía a los jugadores de la selección argentina que juegan en la liga inglesa.
La vieja historia de San Telmo data de 1982, durante la Guerra de Malvinas, cuando yo trabajaba en Crónica, que por entonces funcionaba a dos cuadras de ahí. Solía tomar café antes de entrar a la tarde, y a la noche, no tantas veces, solía terminar el día ahí, en esas mesas viejas, tomando una ginebra. A veces con algunos compañeros de la redacción; otras con alguna chica con la que -con más o menos suerte – pretendía pasar un rato de la noche. Con unos y otras se hablaba de actualidad, de sueños, de las novelas que uno pretendía escribir o de la mierda que era la dictadura.
El Bar Británico tenía pintado el nombre en sus enormes ventanales: «Bar Británico», decía el texto de letrista prolijo. Eso fue así hasta que pocos días después del desembarco del 2 de abril, nos encontramos con que había cambiado. Los gallegos habían hecho borrar el «Bri», de «Británico», para que quedara así: «Bar (espacio) Tánico».
Al leerlo, pensé por entonces, cuando solía frecuentar teorías psicoanalíticas en mis ratos libres, que lo que los dueños del Británico habían acertado sin querer, pero como nadie, en nombrar elusivamente a Tánatos.
Tánatos hoy circula disfrazado de libertad por nuestras tierras, y quizás el maravilloso trapo con pinta de vieja pancarta que los jugadores de la selección mostraron en la cancha -y que causó tanto revuelo mundial – sirva para darle algo de energía a la pulsión de vida en esta Argentina agónica.
Fuente: La Tecl@ Eñe





