• 17 de diciembre de 2018, 0:46
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Dar a luz o buscarla

Por Liliana López Foresi

En la jornada de ayer y en esta fría noche en que las mujeres hacen vigilia en las calles que rodean al Congreso, y los diputados argumentan emociones contra razones para justificar un no, produce  grima la penosa falta de formación de nuestros representantes. Esto aumenta mi deseo de una nueva Constitución. Barajar y dar de nuevo. Pasar a los jueces a comisión y parir otra Matria/Patria. Claro que eso crece desde el pie.

  Se han escuchado argumentos delirantes, como el de una diputada (¡sí, diputada!) que se entregó al esfuerzo intelectual de comparar las mascotas con las mujeres. Su aspiración es que seamos más animales.

  Carrió sin novedades en su minusvalía espiritual. “Sé que las mujeres mueren pero votaré por el no”.

 El ejemplo que han dado mis hermanas de género en las calles, en las redes y donde se pudiera visibilizar la muerte que a Carrió no le importa, está siendo esperanzadora y  otra demostración de que lo que más influye es hacerse oír, suave o ensordecedoramente. Sería injusto no mencionar el acompañamiento activo de varones. Verdaderos varones.

   Cierto que hubo emotividad fingida o sincera  -que a nadie le importa porque pertenece al universo íntimo de cada uno- y, fundamentalmente, no era tema de discusión. No mantenemos legisladores para que nos digan que sienten o servirles de terapeuta gratuito. El Estado es –al menos en la letra escrita- laico. No representan feligreses sino ciudadanxs.

   El hecho de apelar a la emoción para actuar con un voto es opaco y hasta tramposo. La siempre vigente tentación de hablar de sí mismx elude, precisamente, el sentimiento. Éste tiene su relato, su tempo; se despliega, se contrae, como la vida. Es Marechal diciendo que el universo todo es una inspiración y una exhalación. No creo necesario aclarar que ninguna intervención puede rozarse ni lejanamente a Marechal. Esto se escamotea en los discursos sin argumentos racionales y sólidos, aludiendo mucho a la formación religiosa pero con contenidos que ni Dios entendería. Claro que nosotros no entendemos a Dios. Eso se llama Fe, y no es del ámbito parlamentario para discutir una Ley que disminuya o evite la muerte de cientos de mujeres, y de hijos que no se conciben desde el deseo. Tema no menor en el desarrollo psíquico del que nace sin ser deseado.

   El  trabajo previo de feministas y no feministas fue digno de una democracia consolidada, aunque si esto es democracia no es el tema que nos ocupa. Ellxs la exhibieron como si lo fuera y con eso basta. Por ahora.

  Valiente y militantemente por lograr una ley justa e igualitaria, que eduque para no embarazarse pero asegure un aborto legal y gratuito a las mujeres pobres, que son las que mueren año tras año. Y cada una contó su experiencia al haber abortado. No es lo mismo que te lo explique un señor adinerado que acepta todos los hijos que Dios le dio, aunque no los reconozca ni mantenga a todos como la ley manda, que verbalizar la experiencia del cuerpo y la psique.

  Mi experiencia es inversa y no daré mucho detalle. La maternidad me constituye. Fue el único deseo indubitable desde la adolescencia pero perdía los embarazos al mes y medio de gestación. Mi deseo maternal está cubierto profundamente por el único hijo que llegó a mis brazos y amamanté. No hay un día en que no recuerde alguna escena del largo parto y me alegra el esfuerzo en reproducir la sensación. También la del dolor.

  Hay cinco hijos que no llegaron, pero que están en mí. Sólo yo tengo las palabras para relatar sus posibles e incomprobables historias, pero quién más que yo, su madre,  puede imaginarlas y sentirlas de una manera inefable.

  Ahora bien. ¿Tengo el derecho de hacerles pagar a otras mujeres, que no desean –por diversos motivos verbalizables, o no- porque yo sufrí (mucho) abortos espontáneos? Es mejor madre la que aborta porque sabe que no puede abastecer a su hijo (y no me refiero sólo al tema económico, aunque también), que aquella que lo trae a sufrir porque un mandato cultural, arbitrario y arcaico no le permite elegir el momento del encuentro con el hijo deseado. Es más sana la que no desea un hijo, que aquella que sin desearlo lo trae al mundo.

  A la hora en que esto escribo como en borrador y pensando en voz alta -5:16 de la madrugada- indignada por la hipocresía de los que vociferan su “pro-vida”, pero esquilman el país de modo que esos niños ya nacidos que están durmiendo arrebujados a la intemperie, tengan una vida. La que merecen sólo porque están vivos y sus madres no tienen que imaginarles una historia. La duelen junto a ellos. Padres y madres excluidos y expulsados de este universo que está, todavía, expandiéndose mientras inspira, pero que más temprano que tarde exhalará la muerte a que nos condena un gobierno de empresarios que pueden hablar de cualquier cosa: dólar, déficit fiscal, macroeconomía, pero que en los hechos no saben que la Matria/Patria es un hogar y no una empresa. Y que el hogar está donde están los hijos nacidos o con historias narradas por padres que les soñaron un mundo más justo. Y, literalmente, "nos va la vida en ello".

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