• 23 de octubre de 2018, 10:32
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Las luchas, los “istas” y el fuego.

Por Liliana López Foresi

El rechazo visceral que tengo a que me rotulen es lo que me hace decir que no soy ningún “ista”. Me constituye. No lo puedo -ni quiero - dejar de sentir que todo sistema de lectura, teoría, doctrina o dogma han sido diseñado para oprimirme. Personalísimamente. Es posible que esta reactividad adolezca de algo infantil si se quiere, pero eso es para otro ámbito de análisis.

Sin embargo, pasados apenas unos días del último 8M, es necesario absolver posiciones. Me alegra y conmueve hacerlo. Sigo sin rotularme como feminista por el simple hecho de que toda mi vida he actuado y luchado como tal. Son tantos los “istas” en los que milito desde casi niña que la lista sería muy larga. Y me quedaría corta.

Esta manifestación mundial –con las características singulares de contextos distintos- tuvo la inestimable (todavía) característica de no tener que aclarar ya muchos reclamos históricos negados por el mediáticamente estimulado“Feliz Día”, o el ramito de flores muertas. Ya nadie puede decir que las consignas no fueron netamente políticas y que el contexto se aclaró de una: en el actual neoliberalismo genocida que padece el mundo, las más afectadas somos las mujeres. Claro que no es nuevo, pero esta vez hizo masa crítica. Hasta ahora, había que aclarar cada año que era una celebración sino una conmemoración de la muerte de 120 obreras en el incendio Nueva York de una fábrica textil en 1857, incorporadas a la más amplia lucha por una jornada laboral de 10 horas. Ya no, aunque lo seguiremos haciendo.

No es imprescindible –aunque en ámbitos de discusión siempre tengan valor, y también lo seguiremos haciendo- el debate acerca de si las feministas norteamericanas radicalizaron el tema siendo funcionales a la naturalización de un estado netamente penal, pasando el rasero punitivo al igualar una ablación de clítoris con un empujón, o si las francesas fueron más lúcidas. En los noventa hubo un giro, pero antes sólo las universitarias feministas conocían a la talentosa Andrea Dworkin, o las batallas de la jurista Catherine MacKinnon contra el acoso sexual o la pornografía. Pero estar a favor de la postura de Élisabeth Badinter o las estadounidenses, no es algo que hayan necesitado el medio millón de mujeres –y varones- que inundaron Buenos Aires el 8 de marzo. La injusticia es evidente. La muerte también.

Creo que esta vez en Argentina estamos paradas en un lugar diferente, más claro y amplio, y desde allí salimos. El contexto tiene como antecedentes muchos derechos ya adquiridos –y arrasados por el macrismo-. Pero ya partimos de la aceptación del matrimonio igualitario; de la lucha instalada por la diversidad; de la incorporación a los derechos jubilatorios de las amas de casa; de haber tenido como Primera Mandataria durante 8 años a una mujer. Y, contundentemente, los femicidios, sobre todo con fuego. En este último punto, permítaseme una digresión que considero necesaria para reflexionar aparte; aquí, solo el señalamiento de que en el Medioevo el 75% de lxs que iban a la hoguera eran mujeres. _Brujas- y locas son dicterios naturalizados por siglos, pero el verdadero motivo es que siempre fuimos las portadoras de la memoria (Bajtin). Ejemplos sobran. Desde el “cariñoso” apelativo a su mujer de Maradona, hasta las sagradas Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Aquellos antes llamados crímenes pasionales encontraron su palabra, y un método predilecto: el fuego. Cada 18 horas una mujer es asesinada, pero cada día, cada minuto, luchamos por lo mismo desde que la Revolución Industrial necesitó construir una mujer _ilusoria-, dócil y dependiente. Sometida al amo, pero también al esclavo. La línea de producción necesitaba esa mujer.
Se ha escrito mucho y bien acerca del tema durante esta semana. No sabemos si la próxima seremos protagonistas, por lo menos hasta las próximas elecciones, habida cuenta de que en campaña siempre fuimos sospechosamente maravillosas. Ya no será lo mismo. Porque tomamos las calles, y a nada teme más el poder que al pueblo movilizado. Invierte el sentido del flujo del miedo.

Por empezar, de modo duranbarbista, el Presidente tomó nota de que algo distinto había pasado y anunció que no vetaría una Ley de despenalización del aborto. Dejemos de lado el exceso ridículo de presentarse como el “feminista menos pensado”. Si los legisladores también advierten que no discutir y aprobar esta ley exasperará los ánimos, se habrá avanzado otro paso. Pero no se pueden apagar las alertas. El neoliberalismo es muerte, y ya aparecerán otra vez en los medios de comunicación el blindaje de debates inútiles acerca de cuándo comienza la vida, y no se le preguntará a Esteban Bullrich si no son “ciudadanas con derechos” las más de 500.000 mujeres que mueren anualmente por abortos clandestinos, ni cómo se las amparará.

Bienvenidos lxs jóvenes, los varones, las mujeres trabajadoras –despedidas o no- porque esto no termina aquí. Nuestro fuego, nuestra llama debe mantenerse encendida. Seguimos siendo las portadoras de la memoria.

Foto tomada de La Nación

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