• 31 de julio de 2026, 18:19
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Pensar una confederación de repúblicas hispanoamericanas soberanas

Por Telma Luzzani


Como hace 200 años, la historia nos enfrenta a un huracán transformador. Hoy el irreversible declive del imperio estadounidense y el resurgir euroasiático nos obliga —como americanos— a revisar nuestras necesidades, cuidar de nuestros intereses, erigirnos sobre nuestras potencialidades y aprovechar la oportunidad que todo cambio ofrece.

Simón Bolívar y el segundo centenario del Congreso Anfictiónico de Panamá (CAP) pueden ser luz en ese laberinto. Aquel congreso, celebrado del 22 de junio al 15 de julio de 1826 en Panamá (casi dos años después de que Bolívar lo convocara el 7 de diciembre de 1824), tenía el objetivo de crear una confederación con las repúblicas hispanoamericanas ya liberadas para defender la soberanía continental, una tarea que en el siglo XXI se buscó conseguir con la Unasur pero que todavía está pendiente.

En aquella tercera década del siglo XIX, los tiempos, como hoy, eran aciagos y urgentes. Dos sistemas estaban en pugna: las monarquías absolutistas que buscaban preservar el orden establecido a cualquier costo y las tendencias liberales —en Nuestra América con rasgos independentistas y anticoloniales— que había desatado la Revolución Francesa.

Bolívar, fuertemente influenciado por los aires revolucionarios, vio con claridad que había llegado el momento de organizar una confederación entre las naciones americanas que había colonizado España. Uno de los objetivos centrales era frenar a la corona española y a la Santa Alianza, una poderosa coalición militar sellada en 1815 entre el zar Alejandro I de Rusia y los reyes Francisco I de Austria y Federico Guillermo III, de Prusia para evitar el avance del naciente orden antimonárquico.

En 1822, Bolívar ya tenía el plan listo: enviaría a sus delegados a las distintas naciones latinoamericanas independientes para sellar un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua que debería estar firmado para 1823. Ese documento sería el puente para la realización del Congreso Anfictiónico lo antes posible.

En México, Bolívar designó a Miguel Santa María, un escritor y diplomático mexicano de ideas de avanzada, para concretar la firma del Tratado. A Perú, a Chile y a las Provincias Unidas del Río de la Plata envió al gran jurista Joaquín Mosquera, un hombre de su más absoluta confianza. Como ministro plenipotenciario, Mosquera había sido el artífice del encuentro entre Bolívar y José de San Martín, en Guayaquil, el 26 de julio de 1822.

La Doctrina Monroe

Paralelamente, Estados Unidos estaba pergeñando su propia política exterior de expansión y dominación. A comienzos del siglo XIX, los norteamericanos ya estaban avanzando hacia el Mar Caribe y hacia las costas del Océano Pacífico: habían sometido a las tribus seminolas de La Florida e iniciado el brutal genocidio conocido con el eufemismo de la “conquista del Oeste”.

En esos planes estratégicos, EE.UU. incluía, por supuesto, el control de todo el continente, una matriz de pensamiento que puede rastrearse desde la llegada de los primeros colonos en el siglo XVII y que encontró su expresión más acabada en la idea del “destino manifiesto” acuñada por el periodista John O’Sullivan en 1845 para justificar la “necesidad” de anexar el territorio mexicano de Texas como estado número 28.

El proyecto de unidad continental bajo la hegemonía estadounidense dio su primer paso el 2 de diciembre de 1823 cuando el presidente James Monroe anunció, ante el Congreso de su país, la famosa consigna “América para los americanos”, advirtiendo a las monarquías europeas que se abstuvieran de cualquier intervención en el continente.

Como sucedió mucho más de un siglo después, en 1982, durante la Guerra de Malvinas con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), Washington no aplicó la Doctrina Monroe para el caso de las islas argentinas. Cuando el Reino Unido usurpó Malvinas en 1833, EE.UU. no hizo nada porque, sencillamente, había estado colaborando con la corona británica en esa ocupación desde 1831.

El 28 de diciembre de ese año, enviada por la Casa Blanca, la fragata de guerra “USS Lexington”, bajo el comando del norteamericano Silas Duncan atacó Puerto Soledad. Primero, Duncan invitó a las autoridades argentinas de las islas a “dialogar” a bordo de la fragata. Una vez allí los metió presos en la bodega de la nave y declaró a las islas “libre de todo gobierno” porque “pertenecían al mundo”. Finalmente ordenó a sus fuerzas desembarcar y destruir todo: incendiar viviendas y propiedades; destruir cañones y artillería y saquear lo que quedaba de las instalaciones militares.

Como parte del mismo proyecto hegemónico en 1982, 149 años después, la Casa Blanca se negó a aplicar el TIAR durante la Guerra de Malvinas. Ese tratado, maquinado por EE.UU. en 1947, estipula que si un país del continente recibe un ataque extracontinental, la agresión es considerada como una afrenta contra el conjunto de las naciones americanas por lo cual todas se comprometen a combatirlo. Estaba pensado para una virtual confrontación entre la Unión Soviética y EE.UU. en el contexto de la Guerra Fría, pero como la agresión fue del Reino Unido contra Argentina el TIAR no se aplicó.

El tratado “perpetuo”

Bastante antes de que se conociera la doctrina Monroe, la firma del documento bolivariano (Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua) que iba a sentar las bases de la unión en el futuro Congreso en Panamá, había logrado algunos avances. En 1822, el delegado de Bolívar, Joaquín Mosquera, ya había conseguido el aval de Bernardo de O´Higgins por Chile y de Bernardo de Monteagudo por Perú.

El 8 de marzo de 1823, Bernardino Rivadavia, vacilante, dio su apoyo a la propuesta en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Aunque Rivadavia firmó, estaba claro para Mosquera —y así se lo transmitió al Libertador— que el argentino defendía más los intereses británicos que una unión de naciones hispanoamericanas cuya fortaleza soberana pudiera, justamente, hacerles frente a las potencias europeas.

Cuando desde Lima, Bolívar convoca al Congreso de Panamá, el 7 de diciembre de 1824 dos sucesos, de signos opuestos, marcaron la época. Uno, la victoria de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. El ejército patriota al mando de Antonio José de Sucre derrotó a los españoles y puso fin al dominio colonial de esa monarquía. El otro, de rendición soberana, fue el 1º de julio de 1824, cuando Rivadavia se entregaría de pies y manos a la banca británica firmando un vergonzoso empréstito con la Baring Brothers.

En el plano global, el contexto geopolítico del momento también atravesaba cambios vertiginosos. Al menos tres fuerzas ejercían presiones encontradas sobre los planes emancipatorios de Bolívar: las potencias europeas, Estados Unidos y las confrontaciones ideológicas en el interior de nuestros países.

“En Europa —explicó la cientista política Loreta Tellería durante las jornadas sobre el Congreso Anfictiónico que se realizaron recientemente en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini—, la Santa Alianza y España luchaban por mantener el equilibrio del poder mundial y quebrar los principios de la Revolución Francesa. Pero en 1825, con la muerte del zar Alejandro I, principal impulsor de la Santa Alianza, ese orden entró en decadencia.”

En paralelo, “Gran Bretaña —una potencia comercial, naval y colonial— miraba con preocupación la expansión estadounidense hacia el sur. Temía que ocupara el Golfo de México e invadiera Cuba. EE.UU. ya había comprado Luisiana a Francia (1803); Florida a España (1819)” y a partir de 1821, el empresario norteamericano Moses Austin y su hijo Stephen empezaron a ocupar el territorio mexicano de Texas con masivos contingentes de colonos.

El temor de la potencia británica a la expansión de EE.UU. estaba más vinculado a lo comercial que a una todavía improbable confrontación militar. “En aquel momento —aclaró la profesora boliviana de la Universidad Mayor de San Andrés— la fuerza naval estadounidense equivalía a un octavo del poder naval de Rusia y a un cuarto del de Francia, pero EE.UU. manejaba el tráfico de esclavos y el de azúcar en toda el área del Caribe”

Para Londres, el mensaje de la Doctrina Monroe había sido inequívoco: EE.UU. buscaba desplazar a Europa del continente para ejercer con mayor holgura su dominio hegemónico sobre toda América. En ese marco, la corona manejó un doble discurso: por un lado, se mostró “neutral” con relación a los procesos independentistas de nuestros países con España, pero, por otro, boicoteó de manera muy eficiente cualquier tipo de proceso de unidad americana.

“Gran Bretaña fue el principal promotor de la creación de Uruguay en 1828, un ‘Estado tapón’ entre Argentina y Brasil que contribuiría eficazmente a la dispersión y división de nuestros países”, señaló Tellería. “Londres estaba en contra de una alianza de naciones que pudiera implicar un nuevo orden mundial y más aún, si esa conformación tenía a EE.UU. a la cabeza.”

La otra variable que afectó la alianza soñada por Bolívar fue la injerencia de EE.UU. que operó para imponer su propio proyecto de unidad con apropiación continental (plan que aún continúa). El Libertador veía a Gran Bretaña como una posible aliada estratégica, pero —a diferencia de lo que pensaba su vice Francisco de Paula Santander— no quería incluir a EE.UU. en el acuerdo ni invitarlo al Congreso Anfictiónico. Santander desobedeció a su líder y remitió una invitación formal a la Casa Blanca.

A partir de la Doctrina Monroe, EE.UU. avanzó con diversos proyectos para la dominación de nuestra región: la Primera Conferencia Panamericana (1889-1890) para una supuesta integración continental; una enmienda a la Doctrina Monroe (Corolario Roosevelt de 1904) según la cual Washington podía intervenir militar y económicamente en los asuntos de nuestros países; la creación de la Organización de los Estados Americanos (OEA, 1948); las Cumbres de las Américas (ALCA), de 1994 a 2022, y el Corolario Donroe, pergeñado por el actual presidente Donald Trump, y su iniciativa de integración militar bautizada “Escudo de las Américas”.

El tercer factor que conspiró en contra del proyecto de Bolívar fueron las pugnas internas en nuestros países. Entonces —como hoy— no estaba saldada la guerra entre las fuerzas que buscaban una integración soberana de Nuestra América y las que, atentas a los intereses extranjeros, no estaban interesadas en ningún tipo de autonomía y boicoteaban cualquier forma de emancipación.

Cuando finalmente el Congreso Anfictiónico se realizó, a mediados de 1826, el mundo era otro. España, debilitada, había dejado de ser una amenaza. La Santa Alianza ya no existía. En Chile, O’Higgins había muerto. El Río de la Plata era un caos. Y en la Gran Colombia el general José Antonio Páez y su movimiento separatista fortalecía cada vez más las tendencias nacionales hacia la fragmentación. La prioridad ya no era consolidar la unidad sino evitar la desintegración.

Han pasado 200 años y el sistema mundial ha iniciado una nueva mutación. Como entonces, nuestras fuerzas progresistas buscan integrarse en una nueva independencia mientras las clases poderosas de nuestros países siguen eligiendo el vasallaje al modelo imperante, ahora con métodos antidemocráticos y militaristas.

En el nuevo orden multipolar que ya asoma, nuestra región tiene un lugar de importancia. Es preciso releer bien nuestra historia. Los aciertos y errores de nuestros patriotas nos ayudarán a no confundir el camino.

Fuente: TEKTÓNIKOS

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