Publicado el 16 jun. 2026 | Política
La historia de las naciones suele transitar muy precisos momentos cuya puntual ocurrencia deja marcas indelebles en la memoria de un pueblo. En muchos casos, bajo la forma de un silencio que lejos de refugiarse en la intrascendencia no cesa de manifestarse a través de síntomas, esos testimonios que el dolor hace emerger entre los grilletes de la represión. De esta manera el instante del trauma, para nombrarlo de una vez, hinca una herida que por años deja su impronta en un cuerpo social. Por ejemplo:
Unos pocos minutos del día 16 de junio de 1955 bastaron para provocar la mayor masacre terrorista que se tenga memoria en la historia argentina. En horas del mediodía y la tarde de aquella fatal jornada una escuadrilla compuesta por aviones de la armada argentina sobrevoló la Plaza de Mayo mientras mujeres, niños y hombres circulaban para realizar sus actividades cotidianas y otros se reunían para manifestar su apoyo al gobierno de aquel entonces. Las naves propiedad del estado argentino -cuyas arcas se alimentaban del trabajo que realizaban esos mismos ciudadanos- arrojaron suficientes bombas como para dejar un tendal de cuerpos despedazados sobre ese solar en que alguna vez el pueblo quiso saber de qué se trata. Más de trescientas personas perdieron la vida y cerca de un millar fueron heridas, entre las cuales un centenar quedaron mutiladas. Dijeron que era para matar a Perón. Dijeron que era para defender la República. Dijeron que así no se podía seguir (excusa común a toda intentona golpista) Dijeron muchas cosas. Lo cierto es que, cual fiel testimonio del síntoma, el bombardeo del 16 de junio de 1955 inauguró una etapa que -desde el propio estado argentino- sumergió al país en una ola de irrefrenable violencia
En suma, la locura (que no es la psicosis) como marca distintiva de la tragedia humana. “Animales enfermos de pensamiento” supo decir Lacan[1] al señalar la condición que distingue a todo cuerpo hablante. Tiempo después precisó: “el drama solo comienza cuando el Verbo está en el asunto, cuando este se encarna, como dice la religión (…) Cuando el Verbo se encarna las cosas empiezan a andar francamente mal.”[2] . Y no era para menos. Tras de esos pilotos asesinos revistaba una legión de opositores insuflados de un discurso desvariado por el odio que -desde el Viva el cáncer con que celebraron la muerte de Eva Perón (una mujer, o sea) hasta el más acendrado desprecio por el obrero, peón o simple trabajador- traducía la reacción del poder económico ante las conquistas sociales y las reformas logradas por el peronismo.
Aquellas pocas horas de bombardeo duraron largos años, cincuenta por lo menos. Recién en 2005 como parte de su política de Memoria, Verdad y Justicia, el entonces presidente Néstor Kirchner ordenó una investigación a la Secretaría de Derechos Humanos y así en 2008 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró el primer monumento oficial en homenaje a las víctimas del bombardeo. Un año después se sancionó la ley que otorgó el derecho a percibir indemnizaciones a los damnificados. El luto por aquella masacre había sido acallado por décadas. Esto es: tras el bombardeo el crimen continúo haciéndose efectivo en las bocas de millones de argentinos que por amenazas reales o imaginarias no volvieron a hablar del tema. (De hecho, estaba prohibido nombrar a Perón y Evita). Por algo, al describir la pulsión de destrucción, Freud precisa que cuando la misma “produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda”[3]. Se trata del silencio del trauma. Un silencio portador de un sonido siniestro cuyo estruendo causa muy precisos efectos. Tan cierto como que pocas veces en la historia mundial las fuerzas armadas descargaron sus armas contra la población civil de su propio país es que el objetivo del bombardeo del 16 de junio de 1955 fue aterrorizar a la ciudadanía. Vale entonces recordar que: “Oír es obedecer. En latín escuchar se dice obaudire. Obaudire derivó a la forma castellana obedecer. La audición, la audientia, es una audentia, una abaudentia, es una obediencia”[4], dice Pascual Quignard, en su libro que habla del mórbido empleo de la música en los campos de concentración y exterminio durante la Alemania nazi.
Entre otras modalidades, esta silente obediencia se tradujo en que se hablaba para no hablar. La naturalización de hechos aberrantes constituye una forma encubierta de violencia que el discurso sostiene sin que los hablantes se percaten de la misma. Este escriba, que nació unas semanas antes de que el estruendo de las bombas hiciera vibrar el vidrio de las ventanas de su hogar, tuvo oportunidad de escuchar decir al hermano marino de Rodolfo Walsh [5]-: son cosas que pasan en todas las revoluciones.
La espantosa frase –pronunciada en un documental emitido por televisión- me estremeció el cuerpo. Es que ya la había escuchado innumerable cantidad de veces sin advertir la brutalidad que la misma arrastraba, sea en la escuela, en mi familia, en las reuniones, en la escuela, en el trabajo, en el bar, en el club o la universidad. Lo cierto es que nada más efectivo que el silencio de la negación –en este caso a través de la banalización del horror- para la repetición del trauma. Desde este punto de vista, el terrorismo de estado que padecimos durante el Proceso entre 1976 y 1983 ya había emergido en esos pocos minutos de junio de 1955. Basta decir que el entonces capitán Guillermo Suarez Mason recibió en Montevideo a los pilotos ejecutores del criminal bombardeo y que el entonces capitán de fragata Emilio Eduardo Massera participó del golpe cívico militar por el cual Perón fue derrocado en septiembre de 1955.
Si, a partir de estas líneas, algún lector entendiera que las consecuencias del terrorismo de estado sobre una comunidad hablante corren por cuenta de la represión sobre el dolor, la indignación y la injusticia -es decir, sobre el lenguaje-pues está en lo cierto. Nada más contundente para corroborar el punto que el infame discurso hoy emanado desde la cima del poder político de nuestro país. Una represión para la cual la palabra negacionismo no resulta suficiente habida cuenta que, desde los estratos más centrales de la administración libertaria, hoy se reivindica el terrorismo de estado. Como no podía ser de otra manera tal discurso se acompaña de políticas de exclusión, entrega y desamparo para la inmensa mayoría del pueblo argentino. Una vez más, la represión al servicio del silencio, el terror y la naturalización de hechos aberrantes.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
[1] Jacques Lacan (1967-1968) “Mi enseñanza y otras lecciones”, Buenos Aires, Paidós, 2022, p. 67.
[2] Jacques Lacan (1974) “El triunfo de la religión”, Buenos Aires, Paidós,2010, p. 89.
[3] Sigmund Freud [1940 (1938)], “Esquema del psicoanálisis”, en Obras Completas, A. E. tomo XXIII, pp. 147 y 148.
[4] Pascal Quignard, “El odio a la música”, Barcelona, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 107.
[5] https://www.pagina12.com.ar/36179-walsh-y-alberdi-otra-forma-de-pensar
Fuente: Liliana López Foresi
La historia de las naciones suele transitar muy precisos momentos cuya puntual ocurrencia deja marcas indelebles en la memoria de un pueblo. En muchos casos, bajo la forma de un silencio que lejos de refugiarse en la intrascendencia no cesa de manifestarse a través de síntomas, esos testimonios que el dolor hace emerger entre los grilletes de la represión. De esta manera el instante del trauma, para nombrarlo de una vez, hinca una herida que por años deja su impronta en un cuerpo social. Por ejemplo:
Unos pocos minutos del día 16 de junio de 1955 bastaron para provocar la mayor masacre terrorista que se tenga memoria en la historia argentina. En horas del mediodía y la tarde de aquella fatal jornada una escuadrilla compuesta por aviones de la armada argentina sobrevoló la Plaza de Mayo mientras mujeres, niños y hombres circulaban para realizar sus actividades cotidianas y otros se reunían para manifestar su apoyo al gobierno de aquel entonces. Las naves propiedad del estado argentino -cuyas arcas se alimentaban del trabajo que realizaban esos mismos ciudadanos- arrojaron suficientes bombas como para dejar un tendal de cuerpos despedazados sobre ese solar en que alguna vez el pueblo quiso saber de qué se trata. Más de trescientas personas perdieron la vida y cerca de un millar fueron heridas, entre las cuales un centenar quedaron mutiladas. Dijeron que era para matar a Perón. Dijeron que era para defender la República. Dijeron que así no se podía seguir (excusa común a toda intentona golpista) Dijeron muchas cosas. Lo cierto es que, cual fiel testimonio del síntoma, el bombardeo del 16 de junio de 1955 inauguró una etapa que -desde el propio estado argentino- sumergió al país en una ola de irrefrenable violencia
En suma, la locura (que no es la psicosis) como marca distintiva de la tragedia humana. “Animales enfermos de pensamiento” supo decir Lacan[1] al señalar la condición que distingue a todo cuerpo hablante. Tiempo después precisó: “el drama solo comienza cuando el Verbo está en el asunto, cuando este se encarna, como dice la religión (…) Cuando el Verbo se encarna las cosas empiezan a andar francamente mal.”[2] . Y no era para menos. Tras de esos pilotos asesinos revistaba una legión de opositores insuflados de un discurso desvariado por el odio que -desde el Viva el cáncer con que celebraron la muerte de Eva Perón (una mujer, o sea) hasta el más acendrado desprecio por el obrero, peón o simple trabajador- traducía la reacción del poder económico ante las conquistas sociales y las reformas logradas por el peronismo.
Aquellas pocas horas de bombardeo duraron largos años, cincuenta por lo menos. Recién en 2005 como parte de su política de Memoria, Verdad y Justicia, el entonces presidente Néstor Kirchner ordenó una investigación a la Secretaría de Derechos Humanos y así en 2008 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner inauguró el primer monumento oficial en homenaje a las víctimas del bombardeo. Un año después se sancionó la ley que otorgó el derecho a percibir indemnizaciones a los damnificados. El luto por aquella masacre había sido acallado por décadas. Esto es: tras el bombardeo el crimen continúo haciéndose efectivo en las bocas de millones de argentinos que por amenazas reales o imaginarias no volvieron a hablar del tema. (De hecho, estaba prohibido nombrar a Perón y Evita). Por algo, al describir la pulsión de destrucción, Freud precisa que cuando la misma “produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda”[3]. Se trata del silencio del trauma. Un silencio portador de un sonido siniestro cuyo estruendo causa muy precisos efectos. Tan cierto como que pocas veces en la historia mundial las fuerzas armadas descargaron sus armas contra la población civil de su propio país es que el objetivo del bombardeo del 16 de junio de 1955 fue aterrorizar a la ciudadanía. Vale entonces recordar que: “Oír es obedecer. En latín escuchar se dice obaudire. Obaudire derivó a la forma castellana obedecer. La audición, la audientia, es una audentia, una abaudentia, es una obediencia”[4], dice Pascual Quignard, en su libro que habla del mórbido empleo de la música en los campos de concentración y exterminio durante la Alemania nazi.
Entre otras modalidades, esta silente obediencia se tradujo en que se hablaba para no hablar. La naturalización de hechos aberrantes constituye una forma encubierta de violencia que el discurso sostiene sin que los hablantes se percaten de la misma. Este escriba, que nació unas semanas antes de que el estruendo de las bombas hiciera vibrar el vidrio de las ventanas de su hogar, tuvo oportunidad de escuchar decir al hermano marino de Rodolfo Walsh [5]-: son cosas que pasan en todas las revoluciones.
La espantosa frase –pronunciada en un documental emitido por televisión- me estremeció el cuerpo. Es que ya la había escuchado innumerable cantidad de veces sin advertir la brutalidad que la misma arrastraba, sea en la escuela, en mi familia, en las reuniones, en la escuela, en el trabajo, en el bar, en el club o la universidad. Lo cierto es que nada más efectivo que el silencio de la negación –en este caso a través de la banalización del horror- para la repetición del trauma. Desde este punto de vista, el terrorismo de estado que padecimos durante el Proceso entre 1976 y 1983 ya había emergido en esos pocos minutos de junio de 1955. Basta decir que el entonces capitán Guillermo Suarez Mason recibió en Montevideo a los pilotos ejecutores del criminal bombardeo y que el entonces capitán de fragata Emilio Eduardo Massera participó del golpe cívico militar por el cual Perón fue derrocado en septiembre de 1955.
Si, a partir de estas líneas, algún lector entendiera que las consecuencias del terrorismo de estado sobre una comunidad hablante corren por cuenta de la represión sobre el dolor, la indignación y la injusticia -es decir, sobre el lenguaje-pues está en lo cierto. Nada más contundente para corroborar el punto que el infame discurso hoy emanado desde la cima del poder político de nuestro país. Una represión para la cual la palabra negacionismo no resulta suficiente habida cuenta que, desde los estratos más centrales de la administración libertaria, hoy se reivindica el terrorismo de estado. Como no podía ser de otra manera tal discurso se acompaña de políticas de exclusión, entrega y desamparo para la inmensa mayoría del pueblo argentino. Una vez más, la represión al servicio del silencio, el terror y la naturalización de hechos aberrantes.
*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
[1] Jacques Lacan (1967-1968) “Mi enseñanza y otras lecciones”, Buenos Aires, Paidós, 2022, p. 67.
[2] Jacques Lacan (1974) “El triunfo de la religión”, Buenos Aires, Paidós,2010, p. 89.
[3] Sigmund Freud [1940 (1938)], “Esquema del psicoanálisis”, en Obras Completas, A. E. tomo XXIII, pp. 147 y 148.
[4] Pascal Quignard, “El odio a la música”, Barcelona, Editorial Andrés Bello, 1998, p. 107.
[5] https://www.pagina12.com.ar/36179-walsh-y-alberdi-otra-forma-de-pensar





