• 22 de junio de 2026, 15:48
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Blackri

Por Martín Rodríguez

¿Alguien sabe el nombre de algún ministro de Jorge Macri? El primo Jorge, Blackri, el importado del conurbano norte, el “Macri inteligente” como le dice Verbitsky, pareció el último héroe macrista que venía a ajustar las tuercas de la continuidad, pero resulta que, más que continuar, la cortó. Es el fin de fiesta. Es el onganiato macrista. Es -y alcanza con visitar las caras largas de Uspallata- un producto casi vergonzante hasta para el propio macrismo en cualquiera de sus paladares. Fue menos de lo mismo porque funcionó como el giro opaco de la decadencia de Mauricio -el dueño de la marca-: en sus dos años de intendencia Blackri fue un interventor de asuntos corporativos. Se acabó el PRO de Tan Biónica, el PRO de la leona y de Marcos Peña, de Michetti y de Larreta, del evangelio de Durán Barba, el partido promotor de “lo nuevo”. Ahora devino en un partido clánico, otra última cara brutal del nepotismo argentino que se dirime entre primos, hermanos o madres e hijos. Blackri fue el giro tras el desafío larretista a la autoridad, una intervención federal de la sangre: la ciudad y el partido deben ser reencauzados y devueltos a la hidrovía que maneja los asuntos municipales desde diciembre de 2007. Cauce de sangre azul. Y ese es el legado final de Mauricio Macri, como con el opaco Angelici en Boca Juniors: la proyección de su propia oscuridad. Operadores puros, Jorge Macri venía a ser el más auténtico y terminó siendo el menos. Más que integrar la sombra a la luz, desintegró la luz en la sombra.


¿El resultado? Mauricio Macri achicó todo. Se quedó con el lado oscuro. Porque Jorge Macri en nombre de salvar la ciudad y preservarla para el núcleo familiar del PRO tomó una licencia insólita para la autonomía porteña: resultar el primer jefe de gobierno porteño que no entiende esa alcaldía como plataforma electoral para su candidatura a la presidencia. Hasta De la Rúa se dio el lujo de gestionar y mostrar en su estilo conservador un contraste socialmente necesario con el menemismo. Ibarra creyó que podía acompañar a Kirchner en la transversalidad como vice de una reelección (hasta que los muertos de Cromañón lo redujeron a su verdad). Mauricio Macri lo supo desde el vamos: ser jefe de gobierno porteño significó su definitiva proyección nacional. Y en 2008 fue el lector correcto del nuevo mapa político que se dibujaba con el conflicto del campo: el mapa verde de la soja sería el mapa amarillo de sus votos federales. Rodríguez Larreta, mano derecha en la gestión del metro cuadrado que Macri desdeñaba, se sintió en condiciones de esa “proyección natural” desde el momento en que Mauricio lo ungió contra Michetti en una interna áspera. Porque eso significa la intendencia porteña (y la gobernación bonaerense): no una candidatura natural, sí una proyección natural. Y por el defecto de nuestro federalismo: todo lo nacional es metropolitano.   

La política argentina desde 1994 no hizo otra cosa que porteñizarse. Un giro centrípeto que la reforma constitucional y las políticas de Menem instalaron más en esa distribución de poder. El rediseño ayudó a que los radicales hallaran en la intendencia porteña el camino que exorcizaba el recuerdo amargo de la Híper que dejaron. Así que diez años después de la salida de Alfonsín volvía a entrar un inquilino radical a Balcarce 50. Ocurrió un cambio desabrido: se redujo lo nacional a una interna “bipartidista” de Estado, que a la vez adaptó y redujo la política al Área Metropolitana de Buenos Aires. Un peronismo de base casi exclusivamente bonaerense (los votos del Conurbano) y una fuerza porteña en la vidriera nacional dirimen la presidencia. GBA y CABA. ¿Porteños? Porteños somos todos. Hasta los gobernadores bonaerenses son porteños exportados a La Plata. El resultado de esa reducción espacial está a la vista: la ciudad de Buenos Aires puso ya dos presidentes (de la Rúa y Macri), y hasta el peronismo porteño que no gana en la ciudad desde Erman González se dio el lujo de colocar a uno de sus hijos (Alberto Fernández). Incluso, los últimos gobernadores bonaerenses fueron porteños (Scioli, Vidal, Kicill​of).


Esta espiral se aceleró tras la crisis de 2001. Simultáneo al desafío del nuevo partido post 2001 (el PRO), el kirchnerismo originario de pingüinos patagónicos y espíritu malvinero pasó a convertirse en una fuerza del tercer cordón del conurbano, derrotó al duhaldismo para reencarnarlo. Y a eso sumó la base progresista porteña, es decir, fue una alianza de pobres y progres enfrentada a la meritocracia popular de mercado del PRO, luego profundizada por Milei. La vieja “grieta” no sirvió para otra cosa que achicar la Argentina para agrandar la identidad de esas minorías metropolitanas. Un país sin mitad más uno electoral, sujeto a la democracia de los segmentos. Así, rearmó la nueva fórmula del orden: es fácil ganar, difícil gobernar, imposible transformar. Con esa trampa las militancias se hicieron casta. Creá tu audiencia y lo demás no importa nada. Porque así queda el cálculo de la psiquis: “el país no lo transformo, pero me puse casa con pileta y me llené de likes”. En ese contexto se profundizó la fragmentación: el interior peronista del país se provincializó, se redujo a ser mirado desde cada poder central como una fuente de extractivismo electoral que no trasciende los modelos locales. A eso se suma la falta de audacia (detrás de todo gobernador hay un asesor que alimenta su cobardía). Así, vivimos el modelo cordobés (del que sacaban votos los no peronistas), el modelo puntano, el modelo Insfrán, y toda una feria de idiosincrasias sometidas a su propio desgaste. Lo nacional en el AMBA y los exotismos provinciales como un festival de la doma que se mira por TV y del que cada tanto se juega un casting débil (como el último de Cristina “bendiciendo” a Uñac).


Veinticinco años desde la implosión… ¿de qué sirvieron? De hacer una política nacional con sede en el AMBA, asfixiante y asfixiada, que no distingue un político de un panelista, hasta que un panelista lo da todo. Milei, porteño de Devoto, con años de colimba en la TV y nombrando la soga en la casa del ahorcado (denunciaba los tabúes del modelo post convertibilidad) sacó los votos del interior que nadie aupaba. A su modo con patillas coloradas, como un globalista anti woke y un conservador sin hijos, fue el caudillo sin provincia.

Foto: Gaetano Mignogna.

Ciudad abierta


Jorge Macri funciona como subsuelo sublevado de la familia Macri. Eso es lo verdaderamente “negro” de Blackri, su deep state municipal. ¿De dónde es? ¿Qué fenotipo porteño encarna? No es porteño, ¿es del río? Su jefe y primo Mauricio se “contenía” en las aspiraciones nacionales. Su vieja gestión porteña pasó de prometer la expulsión de cartoneros a firmar convenios con cooperativas. Ni amor ni espanto: caminaba los grises de un político, que ordenaba el espacio público mientras gestionaba rodeado del progresismo kirchnerista que le auditaba cada pulso.


Buenos Aires es solvente y compleja. Se trata de gestionar la ciudad de doble ciudadanía: Buenos Aires es autónoma, pero también “la capital de todos los argentinos”. Ese doble estándar coloca a cada jefe de gobierno porteño en una vidriera abierta en la que se hace difícil sólo armar un orden cerrado, norcoreano. Es un equilibrio finito. Porque esa es la esencia territorial porteña. Pensemos esa Buenos Aires de nuestros años pasados. La ciudad postal. La del tango turístico, el asado en cruz de La Tranquera, el teatro Ópera con Landriscina, los Chalchaleros, la Negra Sosa, la feria del libro, la foto familiar en el obelisco como en las cataratas o la piedra de Tandil, la avenida Corrientes de los Midachi y Les Luthiers, los cines de Lavalle -“me llevaron al centro a tomar una coca cola y a ver E.T.”, dice la prima Gaby-, las familias en la parte for export que los mismos provincianos consumían, los mil caminitos porteños que fueron cuna de tanta tradición nacional (“¡Compusiste la Balsa en La Perla del Once!”, gritaba Javier Martínez a Tanguito para fijar el kilómetro 0), todo así en un punteo costumbrista hasta el infinito, hasta el capitán Beto.

La idea de una ciudad con muro, con restricciones a inmigrantes y bonaerenses, con accesos arancelados para sus paseos públicos como en el caso del viejo Zoológico creado por el prócer Sarmiento, con la privatización de medios (¿venderá la 2×4 el intendente que se enteró de su existencia cuando le pusieron precio?) es el paso en falso no sólo de la mimetización más opa con la línea mileísta, sino también la forma de renunciar a un liderazgo proyectado más allá de la General Paz. Una cosa es romper un bunker de droga en Constitución o restablecer la propiedad en edificios ocupados, pero Jorge Macri cree que Buenos Aires tiene un electorado que parece sólo diseñado desde el “prejuicio”. A su modo replica imposturas y sobreactuaciones. Como el peronista de último minuto que siempre tuvo las cuatro comidas pero que grita “¡viva el choripán!”, Jorge Macri sobreinterpreta la ciudad invirtiendo como positivos los previsibles prejuicios progresistas que existen contra un prototipo porteño: cree que para consumar el mejor gobierno de la ciudad simplemente hay que ser racista. Jorge Macri y sus asesores, ¿qué dibujan en su mente? ¿Un porteño taxi driver de clase media rota con un bate en el baúl para fajar migrantes? ¿Un amargo sin ocio? De los anteriores, de de la Rúa, Ibarra, Mauricio o Larreta se podía mentar a su “sujeto”. ¿Cuál es el sujeto de éste? Además, gobierna metido en su dispositivo, llegando de madrugada a operativos diseñados para embaucar y mortificar blancos fáciles. De mal humor, encima, porque dos minutos antes de salir de su casa estaba navegando con su esposa por Despegar.com. Milei ganó la presidencia y se bancó recorrer la Villa 31 con su campera y tres gatos locos ofertando capitalismo popular de feria, poniendo la cara, jugando de visitante en tierras y aguas servidas de curas, inmigrantes y peronistas. En el mercado informal del barrio de Retiro respiraba el humedal y las raíces de un orden caótico, pero aspiracional, popular y capitalista. Para Milei un lugar como la 31 era un terreno a conquistar. El mejor tuit del Gordo Dan fue su defensa “antiimperialista” de La Salada de Lomas. Jorge Macri quiere ser Cacciatore sin autopistas, capitalista sin aspiracionales, Bukele sin pelotas.    

  



Porque por ahora en esa única hoja de ruta visible que se promete con un RIGI o un súper RIGI, que talla un virtual mapa con rutas de gas, tierras raras, litio, minería, todo ese Camino del Inca que en el mejor de los casos tardará mucho en dar frutos, se monta el diagnóstico de ciclo agotado para ese otro ciclo que se abrió cuando la convertibilidad quedó sepultada bajo los escombros del 2001 y el país se conurbanizó. ¿Lo dicen así? Nadie ya sabe lo que dice el gobierno nacional (habla su propio idioma austríaco, mide su propia realidad, funde en su propia interna), pero desconurbanizar es una tarea que requiere muñeca y Estado, plata o mierda, más política (no menos). Si Vaca muerta fuera un polo de atracción masivo, si se dedicaran a fundar nuevas ciudades, si de verdad los absorbiera esa decisión trascendente y fundacional, eso implica que deberán revertir la inercia del siglo XX: el viaje del homo argentum del campo a la ciudad.


Deberán dar vuelta la cinta de la vieja película argentina, pasarla al revés. La vida de Palito Ortega al revés. Porque la vida del argentino del siglo XX fue la vida de Palito: del Ingenio azucarero a la venta ambulante en la ciudad de las luces. El viaje en tren del changuito cañero, el abandono melancólico del campo, la entrada a una ciudad hermosa y llena de códigos casi indescifrables entre la política, la calle, la economía, todo eso que ocurría también mientras bombardeaban una Plaza de Mayo a plena luz del día. Su película “Yo tengo fe” -estrenada en julio del 74, dirigida por Enrique Carreras- te rompe el alma, y casi que se anota entre las películas políticas de los años setenta. Palito se mete en la boca del subte huyendo del bautismo de fuego de la aviación argentina. Palito llega a la ciudad con su amigo que se mimetiza más rápido en los arrabales y se van a vivir a un “comité”, que es peronista. Los abriga un dirigente. Duermen en el sótano, entre ratas y promesas de futuro. Dos muchachos a machetazos aprendiendo con los ojos iluminados por lo que se abre en su horizonte, como dijo Felipe Solá de los sueños de su juventud: “me gustaban el sol, las minas y Perón”. La vida por delante hasta que caen las bombas, cae la loza, cae Perón… Aunque la suerte del siglo no estuviera echada. Yo tengo fe es la fórmula indestructible del peronismo para que su revolución durara más: que no fuera clasista la clase obrera. Que fuera argentina. La clase de Palito. Palito, yerno ideal, cobrizo, consagrado a salir adelante, que le canta a la sonrisa de mamá, como un hijo adoptado de Sandrini, cantando al amor infinito por el bosque sepia de las películas de canal Volver, en la arborescencia de ese país igualitario, lisérgico, con fusiles y con bombas, con uniformes y sotanas, y trigo, ¡y fábricas! Subiendo al tren, rumbo a la ciudad. “¡Me espera Sinatra, mamá!”. Pero ahora, en el siglo 21, debe invertirse esa Fe: cada changuito recién llegado debería soltar el carro de café en la puerta del cine y saltar al tren de vuelta, al último tren, al tren casi fluvial para volver al cañaveral, al pesebre campesino que lo vio nacer, criollito, volver a su raíz. Palito hacia atrás, el que compuso la música de una canción que les hubiera gustado componer a Lennon & McCartney (la del jacarandá), vuelto a la zamba. Pero no se ve fácil esa vuelta a las raíces, a la flora y fauna. El precio de una Argentina más exportadora no será gratis, ni sin dolor, con millones de humanos en el cuello de botella. Desarmar el conurbano a puro abandono, con desidia, cobrando entradas, simulando noche y niebla en reels contra villeros es echar leña a un fuego del que huirán despavoridos, no funcionará ni ahí. Y a Blackri le toca esa tarea sucia cuidando negocios y perfilando la ciudad para el día después. ¿Después de qué? Ese no es su problema. “¡No se inunda más!”.


Fin.


Un amigo lo dice mejor, más amplio, con jugada completa. Le habla al hombre suburbano en un asado bravucón, rodeado de politizados de las ciencias blandas. Él cumplió el sueño del pibe: montó su librería venido de una provincia. Vende libros, entre otros, a los amigos de la industria de la casta, pero se hizo libertario casi que contra sus intereses. “Ahora les toca moverse a ustedes”, dice al que quiere oír. “Los provincianos hace doscientos años que nos movemos”, tira. Un poco en chiste, un poco no. Tiene sangre en el ojo. Añeja. Él también nació en Tucumán, creció en Rafaela, estudió en Córdoba, terminó en Buenos Aires. Cada loco con su tema, cada persona con su mapa, cada uno con su clase y su dolor. Y ya están metiendo mano en ese mapa desde arriba: ¿nada será gratis en la ciudad de todos los argentinos? Blackri cobrará entrada a forasteros en un ecoparque en el que quedan cuatro monos caí misioneros, cien maras patagónicas que a veces salen del zoo y se estrolan contra un colectivo, un puma bonaerense rescatado que duerme todo el día, dos jirafas africanas cansadas de ser jirafas, dos hipopótamos cansados de ser africanos con este frío… y paremos de contar. El rugido melancólico de un viejo león de mármol rebota entre las reliquias arquitectónicas del orden conservador en una Buenos Aires única: el zoológico no es sólo porteño, es argentino, es otro museo del Estado Nación y sus aspiraciones educativas. De la elite y del amor. Podría haber hecho ahí Jorge Macri, supongamos, una feria de las provincias, algo digno y federal respetando la mente sibarita del mentor Sarmiento (todo lo público para educar al soberano), y la receptividad porteña que supo siempre alojar a los extraños. Pero no. Minga. Siempre menos. Prefirió la amargura. El celo presupuestario. Gruñir desde el fondo de su celda corporativa. Su primo Mauricio no le pidió que sea jefe de gobierno solamente. Le pidió que deje de ser político, que sea una solución ortiba para la mejor ciudad del mundo.

Fuente: Panamá Revista

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