• 6 de noviembre de 2026, 2:52
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Las prójimas de Palermo (sobre la cobardía masculina)

Por Sergio Zabalza*



El desquiciado ataque perpetrado por decenas de machos sobre un grupo de trabajadoras sexuales en los bosques de Palermo ilustra el rechazo a la fragilidad que distingue al delirio libertario. Y no porque tal fragilidad sea patrimonio de las mujeres, sino porque lo propiamente femenino se hace cargo de ese rasgo común a todo ser hablante. Luego, una mujer – en tanto mujer y no solo como madre- es el testimonio encarnado de la carencia del macho, de la bastarda impostura masculina. De allí el patriarcado. Y todas las formas más o menos violentas, más o menos salvajes, que el señor varón ha implementado a lo largo de los siglos.

De hecho, en un párrafo por demás preclaro para la época que alumbra nuestros días, decía Lacan. “Dios nos ordena amar a nuestro prójimo porque si lo hiciera respecto de nuestra prójima, eso nos conduciría al más absoluto fracaso”, fuente del enigma que agita el deseo (por algo Beckett decía, fracasa más, fracasa mejor)

Es que, en el nudo de nuestra singularidad, habita lo más propiamente femenino, ese No Todo fálico al que los analistas solemos referirnos y que tanto nos cuesta hacer emerger en la práctica. No es casualidad que el infame discurso de la ultraderecha en el mundo, y en especial en nuestro país, haga de la misoginia uno de los pilares de su ominosa diatriba. Vaya como ejemplo: el delirio de los Incels, esos jóvenes que culpan a las mujeres por sentirse rechazados: “varones jóvenes, blancos y heterosexuales que (…)  ven en el avance del feminismo un capricho de pibas que los privan de relacionarse sexualmente con ellas”.

Por cierto, flagrante ejemplo de inhibición e impotencia que, como suele suceder, termina en violencia. Jóvenes seducidos por el discurso libertario que, lejos de refugiarse en su privacidad, reproducen las falacias del líder e incluso amplían las mismas al calor de un resentimiento que quizás los adultos no han sabido o no atinan a disuadir. Para no hablar de aquellos que lo incentivan al solo efecto de satisfacer sus nefastos intereses y así elevar la inhibición a un estatuto militante. Vaya como ejemplo: Varones unidos, nombre de la agrupación misógina fundada por el hombre que secuestró a su hijo de cinco años después de -presuntamente- asesinar a la madre del niño y a su abuela: un doble femicidio. El hombre es un seguidor de los libertarios Agustín Laje y Nicolás Marquez.

Varones unidos es un título por demás ilustrativo de la enfermedad social que arrecia a lo largo y ancho del planeta. Por más que participen mujeres en tal desvarío, se trata de una masa esencialmente masculina. Esto es: allí donde la Unidad aplasta la Diferencia, el Otro se transforma en un enemigo. Por eso son misóginos. Es que lo propiamente femenino amenaza la engañosa completud del grupo macho. Necesitan a las mujeres sometidas a su mera condición de madres, en casa y, sobre todo: calladas Por otra parte, me inclino a pensar que esa Prójima, al menos en uno de sus rasgos, es la finitud. Límite si los hay al empuje por el Todo que hoy nos habita. Cuerpo y Prójima se reúnen en la finitud. De allí el furibundo rechazo que el anarco capitalismo promueve hacia ambas instancias. La ultraderecha solo habilita el Cuerpo para agredir, (de lo contrario se refugia en las pantallas).  El Cuerpo se emplea para golpear a trabajadoras sexuales, o para la violación y la pedofilia, como el” King” que acaba de ser derrotado en el gran país del Norte. Si convenimos que el goce es la relación del sujeto con el cuerpo, bien podemos concluir que un sin salida nos espera a la vuelta de esta experiencia nefasta. O sea​, el goce que excluye el encuentro amoroso de los cuerpos no puede terminar más que en el odio de sí propio de los días que nos toca vivir. Luego, nada más efectivo que adjudicarle la responsabilidad de esa insatisfacción a ese otro al cual, más que prójimo, podríamos denominarla Prójima.

*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

Fuente: Liliana López Foresi

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