Los propagandistas de la OTAN y sus generales siempre han dado a entender que el artículo 5 garantiza una intervención militar automática —y, sobre todo, nuclear— de Estados Unidos en favor de cualquier socio que fuera atacado.
En otras palabras, no hacía fata que los socios tuvieran armas nucleares porque Estados Unidos pondría las suyas a su disposición. A veces los publicistas lo llaman “paraguas nuclear”.
Para cualquiera que sea capaz de pensar con su propia cabeza, es una estupidez absoluta. A lo largo de la Guerra Fría, todos los cálculos contaban con que Estados Unidos nunca defendería a ningún país europeo (y menos con armas nucleares) de un eventual ataque soviético porque se arriesgaba a que su propio territorio fuera atacado con armas nucleares. Ningún país va a arriesgar jamás su propia destrucción (y menos Estados Unidos) para defender a un socio, por más amor que le profese.
A principios de la década de los cincuenta Estados Unidos permaneció fuera del alcance de los misiles soviéticos. Pero en los años sesenta esa situación cambió por completo al aparecer los misiles ICBM, que eran intercontinentales.
Estados Unidos se replanteó el “paraguas”. Los generales dejaron de hablar de “represalias masivas” y empezaron a hablar de “respuesta flexible” (*). A partir de entonces empezaron también las interminables negociaciones sobre misiles, en las que sólo participaban Estados Unidos y la URSS. Los europeos se enteraban de ellas por los periódicos.
Fue el momento en el que el general De Gaulle sacó a la OTAN de París y a París de la OTAN. La consecuencia fue que Francia se nuclearizó, tanto civil como militarmente.
Cuando se redactó el Tratado de Washington y su artículo 5, la URSS no tenía armamento nuclear y, cuando lo obtuvo, la OTAN quedó obsoleta automáticamente. En 1966 Francia siguió en la Alianza Atlántica pero abandonó el mando militar integrado para disponer libremente de su propia fuerza de disuasión nuclear. Renunció al “paraguas” estadounidense y se dotó del suyo propio.


