• 16 de diciembre de 2018, 23:42
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Toco y me voy

Por Alfredo Grande

Un jugador de fútbol que supo tener su tiempo de fama dijo una frase que quedó impresa en la memoria colectiva: “Toco y me voy”. O sea, daba un pase y se corría, esperando la continuidad de la jugada. Pero no se iba de la cancha, apenas de la zona caliente donde se desarrollaba en ese momento el juego. La convocatoria a la movilización del día miércoles tuvo a mi criterio, esa modalidad. Tocamos y nos vamos. O sea: lo tocamos al Gobierno, y luego nos vamos. Incluso a negociar con el mismo que tocamos. Si nos deja.

La fuerza de más de 200.000 personas se diluye en forma inversamente proporcional a la recuperación de la fluidez del tránsito en la zona céntrica. Podemos medir la magnitud de una movilización por el caos de tránsito que genera. No era así antes. Al menos nunca leí una crónica revolucionaria que hiciera mención a los inconvenientes de tránsito que trajo, por ejemplo, la toma de la Bastilla o la entrada de los guerrilleros en La Habana. En fin, cuestiones de la posmodernidad.

Quedó probado que la única fuente de inseguridad son las fuerzas de seguridad y que su ausencia garantiza el desarrollo de cualquier acto sin inconvenientes ni desmanes. También quedó probado que el espanto al gobierno une más que el amor entre dirigentes. Si antes se hubieran amado más, la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) hubiera obtenido su personería gremial y hubiera sido un logro importante de la década ganada. Sin embargo, alguien o varios bajaron el pulgar y el cesarismo tuvo otro momento de gloria. Tenemos demasiados “césares” que, en su coto de caza, ejercen poder supremo.

El que está en disputa es el coto (con perdón del maldito supermercado) de caza del movimiento obrero organizado. Columna vertebral. O sea: huesos y encofrado. Demasiada organización va limitando los movimientos. Tanto, que la organización deviene burocratización y el movimiento apenas se limita al seguidismo del poder de turno. Pues mal: la convocatoria, más allá del nombre propio, fue del movimiento obrero organizado. Una Confederación General del Trabajo (CGT) gestionada por un trino berreta: tres que no son uno.

En los tiempos donde no había convocatorias, no había movilización, no había toco y me voy. Había combate por la convicción revolucionaria de la patria socialista, la organizó la Juventud Trabajadora Peronista. La JTP. El ministro Otero, designado por el General, declaró en el marco represor y exterminador de la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A. “De jóvenes tienen algo, de trabajadores poco, y de peronistas nada”. O sea: la orden para exterminarlos estaba dada. En esos trágicos momentos de los 70, el movimiento obrero organizado se encolumnaba con la derecha peronista.

Los tiempos cambian, pero el cambio no es un valor. Depende el sentido del cambio. Se puede cambiar para empeorar. Creo que nos estamos dando cuenta de eso. El miércoles, la izquierda peronista y la izquierda no peronista, la izquierda clasista y la izquierda no clasista, la izquierda orgánica y la izquierda inorgánica, acompañó desde atrás. No desde atrás de la historia, porque eso nunca se sabe. Pero el protagonismo absoluto fue de los dirigentes orgánicos de la corporación democrática. El gobierno y sus aciertos para la clase dominante, y sus desaciertos para los marginales y explotados de la historia, permitió que el Lázaro camionero resucitara. Parecía que el techo era la presidencia de Independiente, el rey de copas. Ahora las acciones de “Hugo Corporation” han subido. Y no siempre el cóndor pasa. A veces se queda.

Lo que me sigue conmoviendo es la decisión colectiva de seguir resistiendo al “modelo” depredador. Si tomar una cerveza o dos, o comer un choripan o dos, actos contra la seguridad del Estado y demás invalidan la legitimidad de la protesta, entonces el cambiemos es un experimento del Dr. Frankestein. Lo único que podrá lograr son los torpes movimientos de un muerto. Pienso que al Gobierno no le molesta la gente: le molesta que esté viva, y mucho más le molesta que pretenda seguir viva. Y le resulta insoportable que exija que la vida tenga la dignidad, la justicia, la decencia, la alegría, que toda vida merece. No creo que el movimiento obrero organizado, parapetado en una, dos o tres CGT burocratizadas, pueda lograr cambiar a cambiemos.

Las intrigas de palacio nada tienen que ver con la liberación de los esclavos del neoliberalismo, eso que algunos llaman ciudadanos. Pero esa liberación será una liberación de clase, o no será. Parece que no será. Pero es bueno, al menos para mí, que con el “toco y me voy”, esa liberación económica, política y social por la segunda independencia, es imposible.

Propongo un “toco y me quedo”. O sea: nos quedamos. No hay desmovilización para que el tránsito vuelva a fluir fácilmente. Toco y me quedo: un acampe de cientos de miles, de millones, que ocupen por tiempo indeterminado para recuperar las calles nuevamente. Una especie de piyamada adulta, clasista, combativa. En el INTI no sobra nadie. En las calles tampoco. Habrá que irse y quedarse.

Los maestros enseñarán dando clases a los niños y niñas. Los médicos asistirán a los enfermos. Los farmacéuticos llevarán los miles de medicamentos sobrefacturados y antes que llegue el vencimiento. Los albañiles construirán viviendas transitorias, no albergues. Luz, agua, gas, serán suministrados por los trabajadores de las empresas vampiro que nos succionan todas las formas de energía. Los intelectuales aprenderán que la vida no está siempre para ser escrita o pensada. El acampe “Toco y me quedo” será una experiencia autogestionaria a escala nacional. Será violenta, pero con la violencia de los justos. Pero no será cruel, que es la violencia de los traidores. Para ser justos, hay que violentar la injusticia. Amar a los amigos y odiar a los enemigos. Los “Pentrelli” del toco y me voy serán arrasados a las cloacas de la historia. La columna vertebral del movimiento obrero organizado no está mejor que la columna vertebral del presidente. Construyamos columnas no vertebrales, sino columnas pasionales y pensantes. Como canta Pablo Milanés, pisaremos las calles nuevamente. Pero nos quedaremos en ellas.

Fuente: APe

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