• 18 de diciembre de 2018, 17:08
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Sororidad

Por Ana Pérez del Cerro*


 

Hay un modelo patriarcal al que muchas mujeres no están ajenas. Y mientras eso siga ocurriendo, continuará habiendo diferentes grados de violencia  hacia los sectores más vulnerables del que las  mujeres son sólo una parte.

Muchas mujeres ejercen ese modelo con otras mujeres y lo transmiten a sus hij@s. Hay que encuadrar las luchas feministas en el contexto de un sistema que ‘trabaja’ sobre el individualismo,  parámetros sobre belleza, la maternidad como mandato, la envidia como pecado femenino y el foco de alerta sobre la mujer con ideas, la mirada enjuiciadora sobre las mujeres que no respondan a los códigos establecidos. Por ejemplo, un tono firme en el decir se ‘confunde’ con autoritarismo si de una mujer se trata y se ensalza a la que  habla  como una edulcorada maestra jardinera.   Del mismo modo – se ha visto recientemente con dos actrices que hablaron del ‘destrato’ que sufrieron por parte de un famoso actor – las propias actrices feministas que estaban abogando por la legalización del aborto gratuito y seguro, desacreditaron ambos relatos bajo el argumento de ‘a mí no me pasó con él’.

Y esas dos actrices usaron la palabra ‘destrato’ porque como no hubo violencia física no se animaron a llamarlo ‘maltrato’ cuando  - yo les creo – hubo violencia verbal y violencia laboral en cuanto  a la remuneración del trabajo.    

La imagen de las princesas con coronita y vestidos rosados sigue predominando en muchos espectáculos infantiles y en el merchandising  que generan. Es el síndrome ‘cris morena’ cuya representación sobre las niñas y adolescentes llegó al paroxismo del modelo al que aludimos. 

No creo que se pueda convencer a nadie de un día para otro porque la doxa se rige por ‘el sentido común’ que constituye el habitus de los sujetos. ¿Qué es el habitus? No se trata de ‘hábito’. Es un concepto acuñado por el sociólogo francés P. Bourdieu que alude a disposiciones desde las que se mira el mundo: ideas, valores y cierta corporalidad con la que nos movemos socialmente y que se construye desde que nacemos en el seno de la vida social (eidós, ethos, hexis en griego).

Barthes define: “Llamo ‘discurso de poder’ a todo discurso que engendra la falta y, por ende, la culpabilidad  del que lo recibe”.

Es interesante porque el psicoanálisis habla de ‘la falta’ como impulsora del deseo. Pero según mi parecer no se contradicen. La ‘falta existe desde la misma índole de lo inconsciente. El problema es la ‘falta’ que se genera desde el poder, construida artificialmente no para crear horizontes y alentar proyectos desde el deseo profundo, sino para generar necesidades: se trata de atiborrar al sujeto ´con el consumo de ‘cosas’ que aparecen como sustitutos : la esencia del capitalismo.  Para ello necesitan destruir el auténtico deseo y convertir los derechos en necesidades que nunca serán satisfechas. 

Vuelvo al tema inicial: mientras las mujeres adhieran a valores, ideas y una imagen predeterminada  sobre el cuerpo ideal, el patriarcado seguirá en pie porque no es fácil desarmar un habitus afín al sistema que rige desde hace siglos.

Hay mujeres que nunca han alzado la voz porque su situación de vulnerabilidad social las ha mantenido ocupadas en la supervivencia de sus hijxs y alejadas de las voces que podrían descubrirles la posibilidad de empoderarse. Otras dentro de la ‘clase media’ se educaron en el habitus del sistema y se sienten ‘cómodas’ mientras tengan garantizada una vida ‘agradable’, previsible y la sensación de ser las reinas del hogar.

Estamos las que tenemos una profesión y ahí se ve cómo cada una decide ejercerla. Sobran los ejemplos  de quienes por acción o por omisión, lejos están de la sororidad.

Lo importante es, ante todo, la toma de conciencia de las mujeres  sobre su estar en el mundo. Claro que ese estar, no es el mismo para todes: una cosa es hablar de géneros y otra hablar de cada  mujer en particular. A menudo observamos en lo colectivo lo que luego no se traduce en los actos individuales.

Y entramos aquí en el llamado lenguaje inclusivo, rechazado por unxs, dificultoso de incorporar para otrxs, desconocido para muchxs.

Retomo el tema de la lengua desde Barthes: “ la lengua como ejecución de todo lenguaje,  no es ni reaccionaria ni progresista[…] Desde  que es proferida, así fuera en la más profunda intimidad del sujeto, la lengua ingresa al servicio de un poder […] : la autoridad de la aserción, la gregariedad de la repetición”

Él dirá, entonces, que sólo a través de ‘hacer trampas a la lengua’ puede encontrarse la libertad y asigna ese espacio a la literatura. El ‘todes’ sería, en un punto, esa ‘fullería saludable’ que Barthes asigna al hecho literario, al jugar con las palabras.

Aquí y allá aparecen las resistencias al poder que el sistema reprime o neutraliza dándole lugar a algunas expresiones  transgresoras porque saben que no conmueven sus cimientos.

Habrá que lograr que cada hombre y cada mujer sean conscientes de sus derechos igualitarios como personas y, simultáneamente que las mujeres llevemos a la vida cotidiana la sororidad más allá o más acá de las manifestaciones y las luchas colectivas.

Hay que desmontar la mistificación de las mujeres que con suaves tonos ejercen actos de violencia social  e institucional usando palabras falaces estudiadas para convencer.

“Les paroles seules comptent. Le reste est bavardage” es el epígrafe que elige U. Eco para el proemio de su libro “Signo”. Es una frase tomada de Ionesco : “  Sólo las palabras importan. El resto es charla” (Charla podría traducirse como cháchara)

 

Entiendo que Ionesco está refiriéndose al peso que tienen las palabras y la liviandad con que se las utiliza vaciándolas de contenido.

 

Las connotaciones que evocan diferentes sentidos según  condiciones psicosociales en los hablantes, nos llevan a plantearnos el tema de las palabras y sus repercusiones.

Eco pone el siguiente ejemplo: “ un escritor sabe que si introduce el término /mamá/ en un texto será muy difícil eliminar las connotaciones asociadas a la denotación primaria del término. Tanto es así  que cuando no se han de asociar sentimientos de  ternura y confianza  a la madre (el caso de Medea), las tensiones dramáticas surgen precisamente por la presencia de estas connotaciones …”.

 

Muy bienvenida esta nueva palabra porque  produce una ruptura en el fascismo de la lengua que prescribe lo que está bien y lo que está mal y muy interesante esto de meterse con lo establecido desde la propia lengua.

 

Feldenkrais define la acción como el engranaje de cuatro componentes: sensaciones, sentimientos, pensamientos y movimientos.

     

El término ‘sororidad’ mueve a desmontar sensaciones, sentimientos y pensamientos que durante siglos han condenado a todes a cumplir determinados roles y el que no y el que no una prenda tendrá.

 

Sororar nos mueve a la escucha  y al acto solidario que tendría que  expulsar toda competencia y dar lugar a la presencia. 


* Semióloga. Actriz. Cantante

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