• 25 de abril de 2019, 5:30
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Necesitan un nuevo Nisman

Por Jorge Elbaum

 

Están desesperados y en plena debacle. Han dilapidado la confianza sobre la que habían montado haciendo base en un fraude comunicacional, sustentado en el odio y los fantasmas producidos en las usinas mediáticas corporativas y monopólicas. Han desplegado su farsa de engaño, negocios sistémicos, enriquecimiento brutal a costa de la riqueza social acumulada, cuya duración es de tres años y medio. Solo los queda un tercio del electorado. No más de un 30 por ciento. Ese es su núcleo duro.

En la historia argentina quien más votos sacó fue Perón en 1973. Alcanzó a un 63 % del electorado. En aquel entonces, también un 30 por ciento le fue esquivo. El gorilismo sempiterno -forma que asumió en nuestro país el racismo en su doble forma de desprecio a los pobres y asco a los pueblos originarios-, desde la primera elección del “peludo” en 1916, siempre ha contado con un tercio, concentrado demográficamente en reductos porteños y en el resto de las grandes ciudades.   

Cuando los dos tercios restantes se entrelazan, las oligarquías prebendarias y rentistas pierden el poder. Y eso sucedió incluso en la emergencia de dictaduras militares sangrientas y genocidas. Los actores claves de esas mayorías son los trabajadores organizados, los intelectuales orgánicos (del interior y exterior del mundo académico), los empresarios ligados a la mediana y pequeña empresa y –en las últimas décadas—los denominados “movimientos sociales”, expresión estructural de la crisis del empleo y la precarización.

Estamos nuevamente en esa encrucijada. Pero la derecha más rancia sabe que la apuesta que han intentado (incluyendo endeudamientos siderales, destrucción del tejido productivo, utilización de los medios como picana de conciencias) no ha sobrepasado su núcleo duro.

Eso significa que van a apelar a otras alternativas.

La semana pasada el jefe de gabinete de ministros, Marcos Braun deslizó la estrategia que están dispuestos a llevar a cabo: una campaña vietnamita.

Más allá de la recurrencia posmoderna y grotesca de analogías insostenibles (¿será necesario recordar que Ho Chi Minh fue el jefe del Viet Cong, el partido comunista que derrotó al ejército de Estados Unidos después de 10 años de guerra?), la parábola incongruente adelanta una campaña electoral repleta de trampas, estafas y bombas mediáticas. [1]

En 2015 tuvieron a Nisman y aprovecharon su suicidio para montar una de las más espectaculares series de ficción política jamás filmada: su rendimiento (en cantidad de espectadores) fue recurrente y sólo fue abandonada, parcialmente, cuando irrumpió la segunda miniserie, al de las fotocopias. El hecho de que ésta última se esté hundiendo bajo la presión del tsunami falsario de D´Alessio / Fariña / Stornelli y CIA, prologa algún estreno escandaloso a la brevedad.

No se requiere contar con mucha imaginación para conjeturar los aprietes a los jueces, el reclamo de presurosas detenciones, proscripciones varias o nuevas acusaciones lindantes con crímenes impactantes y/o faltantes de PBI desconocidos.

Se requieren huestes de activistas y militantes despiertos. Van a hacer cualquier cosa para no irse. Y al desesperación siempre ha sido mala consejera. También en la rapidez pueden cometer errores y quedar dobletemente expuestos. La concentración, en estos meses es clara. El deterioro de su autoestima sumado al empoderamiento criterioso de los sectores populares puede convertirse en la diferencia final. Les va muy mal. Y sin hacer mucho se gana. Hay que forzar el tobogán descendente de su debacle. Cuatro ojos. Organización de base (tributaria de la unidad), dialogo (carente de soberbia) en las calles, advertencias de que están tramando algo, atención a las redes sociales y humildad. Mucha escucha y humildad.    

Para esas tareas sucias cuentan con el invalorable apoyo y colaboración interesada de las agencias de inteligencia de Estados Unidos, que no dudarán en sumarse a cualquier operación que suponga –por ejemplo—la ubicación de tesoros kirchneristas ocultos en alguna de las islas del Caribe o del Pacífico, ocupadas militarmente por Washington.

Porque de lo que se trata –y aquí va el eje de este opúsculo—es hacer comprensible que lo que se juega en octubre de 2019 no solo cuestiona a una oligarquía local (aliada a la lógica corporativa global) sino que ponen en juego la posibilidad de Estado Unidos de seguir garantizando la desunión latinoamericana, el disciplinamiento de nuestros pueblos y el conformismo humillante de sus programas de sometimiento social.

El gran negocio del neoliberalismo es la sumisión de nuestros países a la primarización y a los intereses geopolíticos dictados por el Departamento de Estado. Sus intereses de seguridad nacional son contradictorios con los nuestros. Si nosotros queremos industrializarnos dejamos de comprarles a ellos (a sus empresas). Si desarrollamos nuestros mercados internos sus corporaciones caen en al participación en nuestros mercados. Si desarrollamos lógicas multilaterales ya no hacemos lo que ellos necesitan en el marco de sus infinitas guerras y venta de armas. Si nos tecnologizamos ya no tiene capacidad para contralar nuestras comunicaciones. Si nos autonomizamos empezamos a mantener relaciones diplomáticas con quienes ellos no quieren. Y así sucesivamente. Hasta el infinito, y más allá.

Sus productores de fisión política están trabajando en este momento, desesperados y apurados por Lagarde y/o Duran Barba para sembrar el próximo Nisman. Claro que puede ser un cadáver (hay que cuidar mucho a nuestros referentes, en serio), pero también puede ser un numerito televisivo que nazca en el programa de chimentos o en la pagina roja de un periódico. Son capaces de todo, simplemente, porque están manchados y saben que una justicia imparcial puede abrir la caja de Pandora de sus operaciones de inteligencia regadas de pistas falsas, invenciones y simulaciones. Es imposible no citar a Víctor Hugo, el francés: “Un hipócrita es un paciente en el doble sentido de la palabra: calcula el triunfo y sufre un suplicio”. Todo el esfuerzo despiadado que han instituido sobre le cuerpo flagelado de la nación será pacientemente purgado por los intérpretes del Proyecto Nacional. Para sus victimarios será un suplicio. Le abrieron la puerta a una justicia a la que no le queda otra posibilidad que ser implacable.



[1]. La paradoja del adelanto de Peña es que no se lo ve a él –ni a ninguno de sus secuaces—con el perfil que desplegaron los Viet-Cong en su ofensiva, caracterizada por dar la vida por la Patria.  

Fuente: Liliana López Foresi

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