• 17 de octubre de 2021, 6:01
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La invasión de los carpinchos

Por Eduardo de la Serna*

La relación de los seres humanos con los animales es tan vieja como la humanidad. Ser cazadores o pescadores nos ha constituido desde que venimos de los monos, que también se alimentaban y cazaban… Como los humanos somos omnívoros también se recolectaba, y luego sembraba. Y así aparecieron otros animales como compañía o domesticados como ayuda. Así surge la diferencia entre animales domésticos (que se adaptan a la convivencia con los seres humanos) y animales silvestres.


Con frecuencia solemos confundirnos, de todos modos. Por ejemplo (creo que es el más ilustrativo) creemos que una tortuga es “doméstica” porque vive, se alimenta, y anda cerca nuestro, pero nunca se adapta como, por ejemplo, para reproducirse. Hay animales como las aves en nuestras ciudades, por ejemplo, que pueden tener un cierto contacto con las personas, pero “de lejos”, aunque algunas sí sean domesticables como los canarios o las palomas.


En ocasiones, nuestra incapacidad lógica o la imprudencia nos lleva a introducir animales exóticos en otros territorios donde con frecuencia se transforman en plagas. Así ocurrió con animales que el coloniaje trajo para que los turistas del Primer Mundo vinieran a pescar o cazar jabalíes, ciervos, liebres, salmones o truchas… aunque eso perjudicara la fauna autóctona como huemules, pejerreyes y otros. Así ocurrió, también, con los castores en Tierra del Fuego, las ardillas en Luján y – el ejemplo más visible – los hipopótamos de Pablo Escobar que campean horondos por el Magdalena.


Debo confesar que soy un ferviente admirador de los zoológicos (de los buenos zoológicos, por cierto), y no coincido con algunas determinaciones de cerrarlos, pero también sé que mi posición es totalmente opinable.


Finalmente, muchos veíamos como algo positivo de la pandemia no solamente que habían disminuido los conflictos y guerras, sino que los animales silvestres habían vuelto allí de dónde habían sido expulsados. Y “todos” comentamos lo simpático de ver ciervos por España, delfines por Italia, pumas por Chile… todo muy simpático hasta que los malvados, perversos y subversivos carpinchos invadieron la propiedad privada de la rancia oligarquía de Nordelta. ¡Ahí se les fue la mano! La ley de humedales puede esperar… y si es 50 o 100 años, ¡mejor! Pero que comandos de carpinchos mapuche-kurdos-venezolanos, entrenados por la Cámpora invadan la propiedad privada es reflejo del comunismo vigente. Es sabido que la propiedad privada en la Patagonia empezó cuando llegó la “civilización” luego de haber torturado, masacrado, esclavizado y expulsado a los “bárbaros” que antes la ocupaban ilegalmente sin papeles ni registros de propiedad. Lo mismo ha de decirse de estos roedores gigantes que quieren ocupar el espacio que merecen los buldogs franceses, los galgos afganos, los cocker spaniel o los pastores belgas. Estos tienen título de propiedad, y hasta un kennel club que lo acredita cosa que no tienen los salvajes capibaras que comen pasto y destruyen los jardines que tanto nos ha costado mantener (o, en realidad, le ha costado al jardinero).


Pero resulta que la ley dice que los animales silvestres / salvajes son propiedad del Estado nacional, cosa que no ocurre con los animales domésticos. Es evidente que con este gobierno comunista y enemigo de la propiedad privada pronto veremos no solamente carpinchos en nuestras casas, sino también, sumadas a las ya frecuentes lagartijas (geckos, en realidad), chimangos y caranchos, y nutrias (en realidad coipos) y cisnes, en zonas de ríos (que afortunadamente pronto serán privatizados por un buen gobierno porteño para evitar este desmadre) sino que no debería extrañarnos que pronto nuestras calles de inunden de seres verdaderamente humanos, capaces de encontrarse y celebrar, de sonreír y vivir... ¡Y sin ser coucheados ni ser de plástico! ¿dónde se ha visto?


*Teólogo

Foto: Infobae

 

Fuente: Blog 1 de Eduardo de la Serna

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