• 17 de diciembre de 2018, 0:32
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El plan de la locura

Por Alfredo Grande


En 1958, Carlos Gorostiza estrena “El Pan de la Locura”. Unos 60 años atrás, si todavía puedo restar con cierta precisión. Uno de los tantos comentarios que esta obra fundante generó es un llamado a no cerrar los ojos, a no evadirse, a no seguir construyendo la mentira de cada día. Porque es esa evasión que conduce constantemente a la frustración y a la violencia, donde nace uno de los dramas del hombre moderno (“callarse la boca, cerrar los ojos. Y hacer fuerza para reírse de cualquier cosa. Lo que se necesita es estar contento. Olvidarse. Escapar de este mundo y fabricarse un mundito propio. Egoísta y estúpido; pero seguro, tranquilo”).

En la actualidad de nuestro democratismo de estado, estamos ante los umbrales del pasaje de la locura a la psicosis. Las categorías políticas no pueden, al menos a mi criterio, no incluir las diferentes formas de la subjetividad. Y no me refiero solamente al formal reconocimiento de que las personas tienen deseos, angustias, esperanzas, culpas, mandatos. Las derechas conocen esto perfectamente y por eso hacen de la publicidad una herramienta permanente para formatear una mente que dé respuestas automáticas y conductas irracionales.

Yo he intentado desde el psicoanálisis implicado interpelar al fundante represor de la cultura. Si aceptamos que la política es el movimiento real de la lucha de clases, también las clases se organizan como deseos y como mandatos. Por ejemplo: ¿se vota por deseo o se vota por mandato? Por las dudas, es obligatorio. Lo cual logra alucinar mayorías que otorgan legitimidades artificiales.

Aquellos que desprecian toda referencia a la subjetividad en el plano de la política, deberían recordar que, entre muchos otros factores, la idea delirante de la “raza superior” generó la masacre de millones de personas. O sea: el problema no es la locura. Me tiento a señalar que la locura es la mejor solución a la propuesta alucinatoria y delirante que propone la cultura represora. Locura que es inventar otro lugar para esa “enfermedad de realidad” que señalaba León Rozitchner. Lo curioso es que incluso la etimología de la palabra loco es una locura. Está asociada a tontería y estupidez. En general, su uso es peyorativo.

La locura es una forma de interpelar e intentar perforar a la cultura represora. Por eso con el auxilio de la psiquiatría más reaccionaria, la operación de neutralización de la locura es clonarla en psicosis. Razón de ser de los manicomios. Denme un loco y lo transformaré en un psicótico. Y al psicótico lo mantenemos como tal sin que fastidie con un arsenal de medicamentos. Pero no todos los psicóticos son medicados. Los más graves son elegidos funcionarios. Creo que el éxito de Duran Barba es haber conseguido una cofradía de fieles psicotizados que deben modificar la realidad para seguir disimulando la enfermedad incurable que padecen. El psicótico de bajo nivel modifica, altera, inventa su realidad interior. O sea, su mente.

El psicótico de alto standing, el psicótico Top Ten, modificará, arrasará, destruirá, contaminará, eliminará, buscará todo tipo de soluciones finales para poder seguir sosteniendo sus certezas. Una de las certezas más brutales: todos los recursos naturales y financieros del mundo tienen que sostener la economía de los Estados Unidos. Aclaro, que no siempre oscurece. No estoy señalando que los fascistas son psicóticos. Estoy diciendo que todas las formas del fascismo, desde el fascismo de consorcio hasta el fascismo antisemita, se autovalidan en mecanismos psicóticos.

La derecha es un delirio eterno. Desconozco si Domingo “el Eterno” Cavallo, es psicótico. Puedo afirmar que no está loco. Pero la convertibilidad de un peso igual a un dólar, fue un mecanismo alucinatorio y delirante. La salida de la situación psicótica fue la masividad del 2001 y luego el medicamento anti convertibilidad, o sea, anti delirio y alucinación que duró 10 años, fue la auto llamada “pesificación asimétrica” del economista psiquiatra Remes Lenicov. La devaluación de 1 a 4 en estos tiempos llevaría el dólar a más de 40 pesos.

Cuando hablamos de la lucha por el sentido, estamos hablando de que “el sentido” no solamente no es unívoco, sino que en muchos casos los “sentidos” son incompatibles. Un ejemplo: lucha de clases // comunidad organizada. Combatir al capital pero larga vida a la clase de los capitalistas. Pero estamos tan mal y seguiremos peor, que lo primero es poder volver a sostener a la locura como una política de liberación.

El presidente le dijo a la Dra. Fernández de Kirchner el mayor elogio posible. Que la imagen pública, seudo representativa de la Nación, pida, suplique, ruegue que no sigan sus locuras, es un orgullo. Porque no lo hace por machirulo, tributo a lo políticamente correcto de esta época. Los militares genocidas no bautizaron a las Madres de Plaza de Mayo de “locas” por machirulos. Lo hicieron por genocidas. Y esa locura, que nunca fue psicosis, fue semilla de la resistencia contra una de las formas de solución final que se autodenominó como “proceso de reorganización nacional”.

La presidenta anterior tuvo la gran oportunidad de agradecer el piropo político de nominarla como “loca”. Y reivindicar a la locura como la forma de resistencia a las políticas psicóticas del exterminio. Que una señora humilde reciba una tarifa de 6000 pesos es un delirio. Que ella manifieste que va a “colgarse” de la red pública, es loco. Pagar alumbrado, barrido y limpieza cuando hay oscuridad, nadie barre nada y está todo asquerosamente sucio, es psicótico. No son tarifazos: son la certeza delirante de que el lucro empresarial es el único bien a tutelar.

Me declaro profunda y persistentemente loco. Toda mi vida es una impresionante, al menos a mi me impresiona, colección de locuras.

Nuestro Morlachetti es el loco que tuvo la lucidez de decir que el hambre es un crimen.

Eduardo Pimentel es el loco que tuvo la lucidez de no permitir que su hijo ingresara al campo de exterminio que se auto proclamaba como “servicio militar obligatorio”.

No hay resistencia fundante a la cultura represora sin locura.

Por eso, en el umbral de mis 70 años, ya no tengo oportunidad de ser peronista. A pesar de eso, o justamente por eso, le digo a la señora ex presidenta: esté orgullosa de sus locuras, porque los cientos de miles que la siguen necesitan eso. Arte, locas políticas y liberación. Para enfrentar a este plan de la locura, que en realidad es la planificación de la psicosis.


Fuente: (APe)

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