• 21 de marzo de 2019, 14:44
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“El feminismo articula otras demandas”

Por Gabriel Bencivengo

Pensar el feminismo como una reflexión de las mujeres para las mujeres es una forma de ignorar las críticas de este campo a la teoría económica hegemónica. La brecha salarial, la división sexual del trabajo y los condicionamientos de clase, raza y origen… Aportes para una discusión que recién comienza.

Así como le ponemos límites al extractivismo sobre el cuerpo de las mujeres, también somos capaces de ponerle límites a las políticas devoradoras de las condiciones de reproducción”, afirma Natalia Quiroga Díaz. Desde una perspectiva feminista, que critica los modelos que produce la academia estadounidense y europea, dirá durante la entrevista que lo importante no es generar una economía feminista a secas, sino una economía feminista emancipatoria. La diferencia, como se verá, no es menor. Dirá, además, que el cuerpo teórico desarrollado en esos países tiene límites en América latina porque no captura los condicionantes de clase y raza que en la región suelen tener más peso en la desigualdad que la cuestión de género. Se tratará entonces, según su visión, de pensar formas de organización social para pasar de una economía de la acumulación sin límites ni control a otra, donde la ganancia pierda centralidad.

Egresada como economista en Colombia, su país natal, llegó a la Argentina en 2005 para realizar una maestría en Economía social en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Hoy, se desempeña como coordinadora académica de esa misma maestría. “En 2008, cuando presenté mi tesis, había una clima de época que subrayaba el crecimiento de la economía y los avances sociales de sectores de bajos ingresos que salían de la pobreza. Esa visión sostenía que se estaban superando las diferencias y desigualdades. Mi tesis fue criticada por sostener que no se puede cerrar la brecha desde un paradigma distribucionista. Hice una lectura feminista y señalé que estamos inmersos en una crisis en la que la vida de los seres humanos y la naturaleza están completamente subordinadas a una lógica mercantil y financiera, y que a pesar de los indicadores coyunturales estábamos enfrentando una crisis de reproducción”, recuerda Quiroga Díaz.

Pasado el tiempo, se diría que su postura era acertada. La desigualdad social se mantiene y el modelo patriarcal sigue mandando. Ni qué decir del avance de la financiarización. “Lo interesante de la economía feminista es que debate desde una perspectiva de género en el campo de una ciencia hegemónica que capturó la organización de la sociedad y las formas de gobierno. Pone de relieve que la escuela neoclásica da cuenta solo del aspecto mercantil, que es apenas una parte del proceso económico, pero no todo. Allí reside su poder disruptivo”, dice Quiroga Díaz.

La economía doméstica satisface necesidades que permiten que la parte mercantil funcione…

-Para la escuela neoclásica, el proceso económico termina con el consumo. Lo que muestra la economía feminista es que hacia el interior de los hogares existe una dinámica de producción de bienes y una producción orientada a los valores de uso. Que no se le adjudique un precio a esa producción no quiere decir que ese proceso no sea parte de la economía. Cuando se impone esta visión se dejan de lado el trabajo de reproducción y cuidado. Ese proceso de cuidado de los seres humanos se realiza fundamentalmente en los hogares y está a cargo de las mujeres. La economía que hacemos las mujeres es la economía que permite que la vida funcione. Eso que ignora la economía neoclásica es lo más importante.

-¿Puede la estadística capturar ese trabajo no remunerado?

-La economía feminista ha tenido una incidencia importante. A partir de sus planteos se han desarrollado encuestas que muestran el uso diferencial del tiempo que hacen los hombres y las mujeres. Los resultados ponen en evidencia una brecha importante entre las horas que mujeres y hombres dedican a las tareas del hogar. Es un avance importante, aunque también es cierto que mucho de esto no es susceptible de ser capturado por las estadísticas.

-¿Por qué?

-Porque la estadística está pensada desde una economía que está muy centrada en el mercado.

-¿Se puede cuantificar en términos monetarios el trabajo reproductivo?

-Se puede cuantificar, pero es difícil ponerle un precio porque es un trabajo muy sofisticado que involucra destrezas para el desempeño en la sociedad y el trabajo, pero también identidades y afectos que nos hacen parte de la sociedad. La Comisión Económica para América latina y el Caribe estima que sin el trabajo de cuidado que realizamos las mujeres, el indicador de pobreza en la región escalaría un diez por ciento. Sobre el aporte al producto bruto hay enormes debates, pero se admite que se encuentra en alrededor del 25 por ciento. En cualquier caso es una contribución muy sustantiva que no es valorada ni reconocida.

-¿Cómo juega a nivel Estado ese no reconocimiento?

-Ha sido muy funcional a la mercantilización de la vida, al paradigma de la acumulación. En la medida en que el Estado se retira recortando derechos, el trabajo reproductivo y de cuidado es asumido en forma no remunerada por las mujeres, sea en los hogares o en la comunidad. Esas necesidades deben ser cubiertas por alguien y la responsabilidad recae sobre las mujeres, que dedicamos más tiempo al cuidado de los niños y de los mayores.

-El capitalismo no reconoce en los salarios el valor de la reproducción…

-No lo hace. ¿Cuánto vale un desayuno o un almuerzo? ¿Cuánto vale llevar a los chicos a la escuela o una prenda lavada y planchada a precios de mercado? Cuando le ponemos precio a estas tareas queda en evidencia que los salarios no pagan esos trabajos.

-¿Los presupuestos con sesgo de género son una herramienta útil para reducir las desigualdades entre hombres y mujeres?

-Hay un esfuerzo importante para mirar en forma diferencial las necesidades de hombres y mujeres, pero en realidad, al menos desde una economía feminista emancipatoria, lo central es pensar cómo nos organizamos para pasar de una economía de la acumulación sin límites ni control a una que nos cuide, donde la ganancia no esté en el centro, donde lo central sea la vida que se desenvuelve en territorios concretos.

-Los principales desarrollos teóricos de la economía feminista se han dado en Estados Unidos y Europa. ¿Son aplicables en el contexto latinoamericano?

-La economía feminista a secas que produce en Europa y Estados Unidos discute el lugar desigual de la mujer porque la reproducción y el cuidado son considerados desde siempre como un proceso extraeconómico, como algo propio de la cualidad femenina que no es equiparable al trabajo. Contra ese discurso patriarcal, la economía feminista surge como campo y comienza a demostrar el cerco androcéntrico en la comprensión de la economía. Cuando ese discurso llega a América latina desde el cuerpo y la experiencia histórica de las mujeres afro, indígenas, populares y campesinas surgen nuevos cuestionamientos.

-¿Por qué?

-Porque en nuestros territorios hay otros procesos que generan desigualdad y que no están acotados a la condición de sexo. Por ejemplo, las mujeres indígenas han sufrido una violencia compartida con los varones de su etnia por la marca colonial de nuestras sociedades. Hay condicionantes de clase, raza y etnia que en muchos casos tienen más peso en la desigualdad que la cuestión de género. El cuerpo teórico pensado en el marco de esas economías pierde capacidad analítica cuando se encuentra con otras formas de organización social, como las economías populares. No captura la realidad de las organizaciones indígenas, negras y campesinas, en donde, además, hay procesos económicos que implican una relación con el territorio comunitario.

-¿No es un modelo útil?

-Sí, lo es. También en América latina usamos esos modelos surgidos en Europa y Estados Unidos. Pero además nos interesa discutir la situación social de las mujeres. La condición subalterna no se resuelve con un salario equivalente al de los hombres. Sería un paso, pero no resuelve el problema. Reconocer que en nuestra región existen otros procesos de desigualdad permite discutir la emancipación. En la literatura inicial, la economía feminista en Europa y Estados Unidos se planteó la emancipación como el reconocimiento de que el trabajo de reproducción debería tener derechos, que este trabajo no debería ser un obstáculo para la inserción exitosa en el mercado. Ahí viene el discurso sobre la brecha salarial, la conciliación y todo eso… Nuestro proyecto emancipatorio no está acotado en esa visión, aunque esta lucha sigue siendo central.

-Recién hablamos de las economías sociales. ¿Hay menor desigualdad de género en esas formas de organización?

-No se puede generalizar. También en las economías sociales hay prácticas patriarcales. Cuando hay procesos de recuperación de empresas las mujeres luchan palmo a palmo, pero es común que las vocerías, los lugares de status y el reconocimiento los acaparen los varones.

-Da la impresión que la economía social queda atrapada en la lógica del mercado, que el problema es casi siempre cómo insertar esa producción en los canales mercantiles…

-Eso es ver solo el resultado final. Cuando se observa con más detalle se advierte que las unidades domésticas no se mueven por el lucro. Hay necesidades humanas y para satisfacerlas se despliegan una enorme cantidad de capacidades. Una parte de esas capacidades van al mercado y ahí es cuando se plantea el problema de la inserción. Pero hay otra parte que se produce para intercambios y producción al interior de la comunidad. Allí cobra importancia el valor de uso. Las economías sociales son importantes porque logran resolver muchas necesidades por fuera del mercado y a la vez discuten y proponen transformaciones ante las condiciones injustas que propone el mercado capitalista.

-Sin embargo, no dejan de estar subordinadas al mercado.

-Hay una enorme vitalidad económica en espacios donde no hay necesariamente transacciones mercantiles. Si quedan subordinados es porque hay una enorme concentración de los recursos y una violencia institucional que garantiza los derechos de la propiedad por encima de los derechos a la vida.

-Usted trabaja en el campo de la economía social. ¿Diría que quienes se involucran en esas organizaciones lo hacen por convicción o por necesidad?

-El sistema capitalista no ha hecho creer que la economía es sinónimo de mercado. Se le otorga una entidad que no tiene y nos olvidamos que el mercado debe estar subordinado a las necesidades sociales. Acudimos al mercado para resolver ciertos problemas porque hay una acumulación originaria permanente sobre los bienes comunitarios y los espacios de la vida colectiva. Si pudiéramos resolver nuestras necesidades de otras maneras, el mercado sería un espacio más y no el único. Cuando un proyecto extractivista desaloja una comunidad destruye una forma de vida. Las formas alternativas se presentan como estrategias de resistencia frente al recorte de derechos sociales. Lo que debemos pensar es cómo hacemos para que esas economías que no son capitalistas ni urbanas puedan seguir existiendo, puedan convivir con la lógica capitalista, y en los espacios urbanos debemos pensar cómo protegemos y acrecentamos los espacios para enfrentar la voracidad de los negocios financieros e inmobiliarios.

-Hay una tensión entre la resistencia y la integración. ¿En qué medida la institucionalización de las formas alternativas no le quita potencia al reclamo político?

-Esa tensión se manifiesta en la forma en que estas organizaciones se relacionan con el Estado y el poder político. Hay momentos en que el Estado captura y transforma en funcionarios a los actores de la economía social. Ocurre en muchas regiones del norte cuando el poder político hace de los caciques indígenas punteros políticos. Hay grupos que mantienen una relación estratégica y otros de confrontación. Que el Estado satisfaga una demanda social debe ser visto como un éxito. La jubilación para las amas de casa es una victoria del feminismo, pero ese avance no puede ocluir una agenda que cuestiona los cimientos de una economía capitalista, colonial y patriarcal.

-¿La economía feminista podría ser un puente hacia otras formas de organización?

-Hay procesos de encuentro social que están en marcha. Me parece que ahí el feminismo está pudiendo consolidar una alternativa creíble y viable para la mayor parte de la sociedad. El feminismo puede ser un puente, un vehículo de transición hacia una forma de organización sin patriarcado ni capitalismo, que nos oriente hacia eso que venimos nombrando como buen vivir.

-¿Cómo definiría el buen vivir?

-Es una expresión que refleja la forma en que diferentes pueblos han pensado la emancipación. Cada pueblo tiene una percepción de qué es el buen vivir. Lo importante es que esas distintas conceptualizaciones tengan cabida en la economía, y eso es lo que obstruye la reproducción material y subjetiva del capitalismo.

-Usted nació, vivió y estudió en Colombia. ¿Qué lectura hace de la situación local y regional?

-América latina sufre procesos que rebasan las fronteras porque la estrategia del capital tiene elementos comunes en nuestros países. Sin embargo, cada país tiene sus particularidades.

-Hay un cierto consenso en que la crisis de 2001 ubicó a la Argentina en la realidad latinoamericana.

-En Argentina, la mayor parte de la sociedad cree que proviene de los barcos. Eso la diferencia de muchos países de la región que reconocen un pasado indígena y negro. Son países donde está muy a la mano la violencia que significó y sigue significando la conquista y el colonialismo. No obstante, la crisis de 2001 ha servido para reconocer este pasado común de saqueo y colonialidad inacabado que ha sido útil para pensarse dentro de una región con luchas muy potentes.

-Se podría hablar de un desencantamiento y decir que la crisis dejó atrás esa visión que ubicaba al país por fuera de la realidad regional.

-Argentina tiene una impronta muy fuerte, desde el retorno a la democracia, los liderazgos sociales no se encuentran sistemáticamente sometidos a la represión y a los asesinatos como en Colombia, en México y en Guatemala, por señalar apenas tres ejemplos. No quiero ignorar el gatillo fácil, el desplazamiento y persecución social que impone el extractivismo, o el asesinato y hostigamiento continúo a los grupos indígenas. No obstante, hay movimientos sociales que han logrado fortalecerse y consolidar generaciones de luchadoras y luchadores que están inventando diferentes formas de desestabilización del orden del capital y del género. En esto, la Argentina tiene una enorme creatividad y una sociedad que soporta la emergencia de prácticas insurgentes.

-¿Cómo evalúa el desarrollo de la economía social en nuestro país?

-La crisis de 2001 puso en evidencia la existencia de otros espacios. El capitalismo plantea problemas que no puede resolver. El tema de la desocupación, por ejemplo. La creencia de que las ganancias deben ser siempre crecientes pone una presión muy importante sobre los espacios no mercantilizados. Avanza sobre los espacios de la vida para subordinarlos a sus necesidades de ganancias ilimitadas. Aun así, la economía social no se quedó en la crisis. Las fábricas recuperadas son un ejemplo.

-Se podría decir que se trata de una visión optimista.

-Esto no implica una toma de conciencia. Hice muchas entrevistas a trabajadores y trabajadoras de las fábricas recuperadas. Algunos me decían que no eran piqueteros. Se puede leer una estigmatización en esa advertencia, pero lo interesante es existe la interiorización del trabajo como derecho social, la convicción que el derecho a la propiedad privada no está por encima del derecho al trabajo y a la vida. Ese acumulado político en la subjetividad colectiva es algo que dejó la crisis de 2001, algo muy argentino.

-¿Hacia dónde debería apuntar el feminismo?

-En un momento de crisis en el que los partidos políticos no logran constituirse en una opción frente al capitalismo salvaje, el movimiento feminista es capaz de articular las demandas de diferentes sectores sociales. Jóvenes, trans, migrantes, trabajadoras y trabajadores de las economías populares y sociales, organizaciones territoriales diversas… Imposible nombrarlos a todas. Sí podemos decir que se trata de un colectivo está siendo violentado por el ajuste y la represión. El primer paro a Macri se lo hicimos las mujeres. ¿Por qué…? Porque su política ataca las condiciones de reproducción de la sociedad. Hay un espacio que se politiza y que no se subordina a los varones de la política, de la CGT, de las cúpulas empresarias. Ese espacio se está construyendo desde abajo y atraviesa a varias generaciones. Las mujeres estamos interpelando eficazmente la injusticia que produce este gobierno y desestabilizando su sentido común machista y xenófobo. Estamos feminizando la política, y eso siempre quiere decir anteponer la vida al capital.

Fuente: SOCOMPA
Fotos: Horacio Paone

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