• 24 de mayo de 2019, 5:50
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Cuando un amigo se va... un compañero se queda

Por Alfredo Grande

Cuando el 15 de diciembre de 2016 el Servicio Paz y Justicia me otorgó el reconocimiento por mi compromiso solidario con la causa de los pueblos, tuve varias sensaciones contradictorias. La generosidad extrema de los compañeros, en especial de Adolfo Pérez Esquivel de otorgarme esa distinción no impidió, más bien acentuó, la incomodidad que sentía de estar en el lugar adecuado, en el momento oportuno, pero que yo era la persona equivocada. Dicen que dicen…pero sigo soportando síntomas de timidez y humildad patológica. O quizá no sea tan patológica, y apenas sea una cabal conciencia de la inmensa pequeñez de mis acciones. Y esa sensación se acentuó cuando Osvaldo Bayer entró al salón, ya en silla de ruedas, repartiendo sonrisas y saludos.

Lo abracé con la familiaridad que él sabía conseguir. Lo conocí en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, en los años mágicos de la fundación de ese espacio de lucha y resistencia. Osvaldo era titular de la Cátedra de Derechos Humanos. El Director de la UPMPM, el legendario Vicente Zito Lema, me había otorgado la co coordinación de la Carrera de Psicología Social y la coordinación del Seminario “Capitalismo, marxismo, psicoanálisis”. En palabras del poeta militante…”para volver a instalar el tema de la subjetividad en la izquierda”.
Eran tiempos en los cuales si bien no creí que tocaba el cielo con las manos, al menos estaba seguro que no arrastraba los pies en el infierno. Osvaldo estuvo poco tiempo en la coordinación. Viajes, compromisos de todo tipo, conferencias, películas, etc., no le permitían disponer de un tiempo continuo como exigía la flamante epopeya universitaria, popular y revolucionaria.

Cuando en ATICO Cooperativa realizamos una emisión especial por los 100 programas radiales de SUEÑOS POSIBLES, nos acompañó Osvaldo. Una histórica foto con Susana Gerszenzon, Lelia Sarmiento e Irene Antinori lo atestigua. Fue invitado por José Iglesias, con el cual conducía el programa en ese momento. Luego lo seguí encontrando en diversas actividades, siempre con la firmeza, bonhomía y sabiduría serena que sólo los descendientes de Prometeo pueden sostener. En Osvaldo se cumplía el trípode de la implicación: coherencia, o sea, ausencia de contradicciones lógicas entre el decir, el hacer, el pensar y el sentir. La consistencia, que es la coherencia sostenida en el tiempo. En mucho tiempo, hasta diría en todo el tiempo. Y eso tiene efectos de credibilidad. Sin maniobras marketineras.

La credibilidad de Osvaldo y en Osvaldo era absoluta. No un Absoluto Ideal. Sino un absoluto concreto, histórico y político. No era espíritu des encarnado. Más bien, era el espíritu de lo justo, lo necesario, lo valiente y lo bello encarnado en su palabra, en su pluma y en sus espadas ideológicas y doctrinarias. Me detengo antes que el sol queme mis alas. Siempre he dicho que la idealización mata al ideal. Por eso prefiero hablar, mal que me pese y quizá bien que no me pese, de un momento muy doloroso en la vida de Osvaldo.

Como recita el Cyrano de Bergerac, moribundo ante su amada Roxana: “no me hirió paladín fuerte, me hirió un rufián por detrás, para no acertar jamás, tampoco acerté con mi muerte” Yo creo que a Osvaldo lo hirieron a traición. Una madre de la plaza, quizá no solamente una, resolvió que el café literario, antecesor directo de la Universidad Popular, dejara de ser llamado “Osvaldo Bayer”.

La coartada para tamaño agravio fue que Osvaldo había deslizado una mesurada crítica hacia algunas políticas del kirchnerismo. Una madre de la plaza, quizá no solamente una, decretó por necesidad, urgencia y obsecuencia con el poder de turno, que Osvaldo Bayer era gorila. La misma madre que luego se abraza con Milani.

Supongo que para muches y varies esto que escribo es políticamente incorrecto. Sobre todo en los tiempos del cólera fascista. Justamente por eso lo escribo.

“Esas aguas trajeron estos lodos”, solía repetir mi madre. Me consta que esa condena a Osvaldo le causó dolor. No solamente por ser injusta y errónea, sino por haber sido realizada desde el propio nido de las luchadoras contra la dictadura genocida. La diatriba del enemigo entona, la descalificación del compañero abruma. No me consta que Osvaldo haya contestado, al menos en forma pública. Pero creo necesario incluir esta siniestra situación, porque siempre me ha preocupado cómo se cultiva cultura represora en las organizaciones que pretender enfrentarla.

No fue una bala perdida, como la que arrasó con Maite: “A Maite la asesinó una bala perdida. ¿Quién la perdió? ¿Cómo se perdió esa bala sistémica que es capaz de arrasar con una niña de cinco años? Las balas perdidas de este modelo que sólo es capaz de parir violencias se van llevando a las niñas como Maite con la misma pertinacia con que se arrebataron hace cinco años los días de Kevin, de 9, en Villa Zavaleta. O de Serena, de 7, en Santa Fe. De Yamila, de 4 y Vanesa, de 11, durante los festejos que despedían el año 2007. O Julián, de 3, mientras se tributaban balas perdidas al 2009 que empezaba a asomar” Claudia Rafael se pregunta quien perdió esa bala. La tragedia es que la encontró Maite.

Y algunas balas Osvaldo también encontró. Pero como viejo diablo, tenía sabiduría para resistirlas. Estoy seguro de que hubiera temblado de pena e impotencia pensando en Maite y en tanta niñez desperdiciada. Mi amistad con Osvaldo fue siempre “amistad en la tarea”. Y lo seguirá siendo. Porque eso pienso que aunque un amigo se va, el compañero se queda.


Fuente: Agencia de noticias Pelota de Trapo

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