• 21 de febrero de 2019, 14:36
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Apuntes de sociología militante Prioridades

Por Jorge Elbaum*

Un paneo por los debates militantes, un termómetro de las redes sociales sumado a una escucha atenta de las tertulias militantes (tanto de base como de cuadros medios) sugiere un nerviosismo y un malestar mal dirigido. Ya Jauretche y Deleuze sugirieron que la tristeza, la depresión y la melancolización son consecuencias buscadas del poder hegemónico.

 

La administración de la bronca, tanto en términos personales como colectivos es parte de a la educación emocional de quienes pretenden dedicar parte o toda su vida al servicio del cambio social y de las luchas emancipatorias.

 

Uno de los logros más eficientes del esquema mediático-judicial que impera en nuestro país ha sido alojar las luchas fratricidas (sorotricidas) logrando que el odio se convierta en un dispositivo de fragmentación horizontal capaz de entretener y direccionar las pulsiones de muerte en sentido contrario al que la opresión reclama. Eso supone guerra entre transeúntes y colectiveros, entre tacheros y uberistas, entre trabajadores (apurados por llegar a su laburo) e integrantes de los movimientos sociales que pujan por la sobrevivencia, entre feministas pacientes y radicales, entre puristas y amplios.

 

Esas derivaciones son funcionales a la continuidad del sistema (y también el gobierno macrista) porque desvían la atención del punto nodal del poder. Eso no supone aceptar que las contradicciones secundarias, terciarias o cuaternarias no sean legítimas y no contribuyan (en forma paralela) a la conquista de derechos. Pero terminan volviéndose simpáticas a los ojos del poder cuando la mayoría del esfuerzo militante se orienta a la pelea doméstica. Para decirlo más fácil: si dos tercios del tiempo de persuasión, de militancia y de construcción colectiva se dedica al conflicto interno, al destripamiento de compañerxs, a los codazos desesperados por el ascenso en la pirámide del reconocimiento personal y el hundimiento del supuesto competidor, estamos jugando el tiempo –el único capital verdadero del que disponemos—bajo la atenta risa cómplice de quienes disfrutan la escena.

 

Cuando un señor llamado Ernesto habló de endurecerse sin perder la ternura, orientaba la primera parte de su lúcido y blindado mandato hacia quienes comparten la ruta libertaria. Dejaba el segundo término del precepto para quienes comerciaban con la vida de terceros.

 

La ternura, la sensibilidad, el afecto, la generosidad y la solidaridad son herramienta que tiene que estar disponibles para conformar la base moral y emocional de una construcción emancipadora. Su argamasa no puede disolverse en reyertas ínfimas que arrancan alegrías de los enemigos del pueblo: duros con quienes nos someten; compasivos, piadosos y fraternos con quienes están luchando a nuestro lado, incluso con sus contradicciones y sus taras. Obvio, sin renunciar a la crítica, a la reconfiguración permanente de una fortaleza moral capaz de construir seguridad y confianza en “un nosotrxs”, múltiple, plástico, creativo, pero al mismo tiempo coherente con las jerarquías del conflicto.

 

No se puede dedicar la mayoría del tiempo a definir internas. No es funcional a ninguna lógica emancipatoria insistir en cuál es el límite alianzas. No se logra nada con las batallas cariocinéticas (tan caras al trotskismo, que postula el purismo por sobre el enfrentamiento a quienes concentran el poder). Quizás se trate de anotar y objetivar las prioridades. De analizar con honestidad cuál es el destino prioritario de nuestros dardos. No sea cosa que en el trayecto crítico, nos diésemos cuenta de que invertimos más dedicación en los posibles (o fácticos) compañeros que en los enemigos de la vida, que celebran y brindan por nuestras ínfimas diferencias constituidas en guerras primitivas. 


*Sociólogo. Analista Senior en Centro Latinoamericano de Análisis y Estrategia (CLAE).  Presidente del Llamamiento Argentino Judío

Foto: Película "Melancolía", de Lars Von Trier

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