• 20 de julio de 2019, 19:07
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Apuntes de sociología militante III

Por Jorge Elbaum

Escenarios de unidad y disputa de calle

 

Luego de tres años de agresividad neoliberal hacia los sectores populares, en los que todas las variables económicas y sociales se han visto vieron despedazadas, se impone la convocatoria a “la unidad”, con el objeto de volver al sendero del Proyecto Nacional. La unidad es uno de los conceptos que se encuentran en el centro el debate político y su dilucidación genera rispideces y especulaciones diversas. El problema central es que los diferentes sectores definen “unidad” de forma no coincidente.

Mauricio Macri, sus socios radiales (su radicalidad brilla –cada vez más-- por su ausencia) y los lilitos que amenazan con dar el portazo pero siempre son funcionales a “la embajada”, son conscientes que al única oportunidad de continuar con la desestructuración de la sociedad argentina, debilitando a los sectores del trabajo, es mediante el fraccionamiento del voto al interior del campo popular.

La existencia de varios peronismos, o de varias listas dispuestas a desperdigar el voto nacional y popular ha sido –y sigue siendo—la principal estrategia del modelo hegemónico para quebrar la voluntad soberana que abreva en las democracias emergentes. Las mentiras jurídicas, la despolitización, la permanente ficcionalización mediática y la empecinada búsqueda por  erosionar los liderazgos opuestos a los fines neocoloniales, son las táctica básica empleada para darle continuidad a su control gubernamental.

Frente a esa realidad, el campo nacional y popular vislumbra dos alternativas de éxito: (a) la posibilidad de que una de las fracciones logre concentrar la voluntad mayoritaria, desplazando a las minoritarias, y (b) que se lleve a cabo un proceso de confluencia simultaneo. El primero de esos esquemas tiene el riesgo de la irrupción de “apéndices descarriados”, es decir, la posibilidad de que grupos funcionales al macrismo (con la colaboración de los medios) logren financiar e inflar a los nuevos Bossios funcionales al régimen. Pero estos “corredores de colectora” pueden también –en la medida que la crisis se acelere—obtener una porción del electorado proveniente de votantes macristas en 2015 y 2017. Su posicionamiento es frágil y depende básicamente del resultado económico de los primeros cinco meses del 2019.

La segunda opción –la que supone un articulación totalizadora mediante PASO o un acuerdo múltiple dirigencial— implica menos riesgos pero pospone algunos debate para aun futuro poselectoral. Este esquema está más condicionado por las bases: en al medida que las luchas callejeras y las movilizaciones se acrecienten en la primera parte del año, los referentes de las distintas fracciones se verán obligados a sentarse a negociar presionados por las demandas populares.  Esta última tiene el costo de asumir negociaciones con actores que claramente han habilitado (con más o menos disimulo) el andamiaje macrista. Eso supone juntar piezas que claramente no encastran adecuadamente y que prevén fuertes internas luego de un posible triunfo popular. Pero ninguno de esos conflictos son asemejables a la continuidad del actual modelo financiarista, aperturista y destructiva del mercado interno y el salario. Más aún, Cristina fue presidenta mientras Urtubey era gobernador y la recibía en su provincia con discursos halagatorios de “la mejor presidencia de la historia argentina”.

Es verdad que ninguna de las dos garantiza un aterrizaje sosegado abierto a la recuperación de los resortes soberanos. Pero la primera es probablemente la más riesgosa dada la incidencia de la oligarquía articulado al aparato tecnológico (incluido el despliegue de instrumentos de ciberguerra) que Estados Unidos volcará para garantizarse la continuidad del control hemisférico. El departamento de Estado, sabe, sin embargo, que ningún arsenal podría  resquebrajar un estado de ánimo dispuesto a castigar el deterioro socioeconómico iniciado en diciembre de 2015. En el lenguaje callejero: billetera podría matar a propaganda mediática. Y Washington, al igual que en 2001 intentará sacar los pies del plato para no hundirse con sus títeres locales.

En el centro de la operación oligárquica se encentra el bombardeo ligado a emparentar a Cristina Fernández de Kirchner con la corrupción, pese a que no han podido encontrar los tesoros enterrados ni han logrado quebrar su espíritu de defensa de la soberanía nacional. A medida que se sucedan los primeros capítulos de 2019 se irán deteriorando las capacidades carcelarias del gobierno: la parafernalia judicial empezará a dotar de somnolencia a los  expedientes, buscando algún lugar de sombra frente a al posibilidad de un retorno del campo popular. Eso mismo sucederá también en el Senado, cuyos alfiles se entregarán a la especulación más estricta de los gobernadores provinciales que querrán ganar sus respectivas elecciones, incluso a costa de tener que traicionar a sus aliados macristas. Esta es la  preocupación fundamental del establishment ceocrático: en la medida que se acerquen las elecciones y más se estabilice o crezca el voto potencial a Cristina Fernández de Kirchner, más se coartan las posibilidades de poder desaforarla. El primer trimestre de año será la última oportunidad que de “Cambiemos” para golpear las puertas del despacho de Pichetto. Es probable que a esa altura el legislador rionegrino nacido en Banfield no pueda atenderlos: estará haciendo cuentas con los gobernadores acerca de cómo sobrevivir a la tormenta que el kirchnerismo desplegará en cada uno de sus distritos. 

Esta realidad que va de la amenaza de encarcelamiento (propia y de sus hijxs) al encumbramiento presidencial (casi sin solución de continuidad, en la típica odisea que describe el lugar de la heroína clásica), es el que explica probablemente el “silencio electoral” de CFK. No es su voz la que debe latir estos meses. Es la de la calle, y la demanda social organizada, la que debe enmarcar el año electoral, para lograr una unidad forjada por las demandas, que logre anular o por lo menos postergar las iniciativas tramitadas por la especulación político-corporativa.

Unidad estratégica con afluentes convergentes y monitoreo táctico parece ser la combinación de la hora. La construcción política exige siempre un ejercicio de timing, una capacidad para leer los signos del tiempo. Cabeza fría y corazón caliente. Así le decían en el barrio. 


Foto tomada de El Español


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