• June 25, 2021 at 2:50 AM
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La sociedad ante la desaceleración forzada: una interpretación sociológica de la crisis del coronavirus.

Por Hartmut Rosa * Trad. del alemán: Alexis E. Gros

Resumen

En este artículo, el autor intenta definir la esencia y forma de manifestación de la crisis del coronavirus con ayuda de instrumentos de la teoría de la aceleración social, concentrándose no en la dimensión virológico-médica sino en el costado sociopolítico del fenómeno. Su tesis principal es que nos enfrentamos a un proceso de desaceleración forzada sin precedentes históricos. El artículo intenta mostrar las posibilidades de un cambio de rumbo y de sistema que resultan de la crisis y analizar el rol que le corresponde a la sociología en este punto de quiebre histórico.

1. Definición de la crisis: la cesura del Covid-19

No cabe duda de que el virus SARS-CoV-2 implica, lisa y llanamente, una tremenda tragedia humana. Ha traído y sigue trayendo gran sufrimiento al mundo: enfermedad, muerte, pobreza y violencia. Además, le genera enormes problemas a un sistema económico mundial que ya estaba trastabillando antes de la crisis y trae consigo graves peligros políticos como la transformación de estructuras democráticas en autoritarias, la suspensión de derechos civiles elementales y el regreso parcial a formas primitivas de clausura de los Estados nacionales. En una primera instancia, quiero dejar de lado este aspecto de los acontecimientos para analizar el significado sistémico-estructural de la crisis actual desde la sobria perspectiva de la teoría de la sociedad. Contraponiéndome a las posiciones de la teoría de sistemas y la teoría ortodoxa del capitalismo, quiero sostener la siguiente tesis: nos enfrentamos a una tremenda sacudida y desestabilización estructural del sistema social globalmente dominante. Y esto porque este sistema se caracteriza por un modo específico de estabilización que he intentado definir en muchas publicaciones como modo de estabilización dinámica.

La estabilización dinámica significa que las instituciones básicas de la sociedad –la economía capitalista, la organización democrático-representativa de la política, la investigación científica, la administración del Estado, la educación y la cultura– solo pueden reproducirse y conservarse en el modo del incremento. En este sentido, dependen sistemáticamente del crecimiento (económico), la aceleración (técnica y cultural), la activación política y la continua innovación para estabilizar su status quo y mantener su estructura. Esto produce como resultado una genuina tendencia escalatoria que ha hecho crecer sustancialmente los rendimientos incrementales en varios ámbitos (el volumen de tráfico vehicular, el uso de materias primas, la producción de bienes, etc.) a lo largo de varias décadas de manera no lineal sino exponencial.1

Las sociedades modernas, así puede resumirse esta idea, necesitan crecer y dinamizarse para conservarse: dependen de un aumento constante de su energía cinética. Las consecuencias reales, físico-económicas, de este modo de estabilización quedan claras con un breve vistazo  a los datos. En este sentido, es especialmente relevante el perfil mundial de movimientos materiales: desde el siglo XVIII el mundo (mirado “desde afuera” como una totalidad) se encuentra en un proceso –irregular, no simultáneo y a menudo violento– de dinamización que, literalmente, lo lleva a acelerarse cada vez más. Desde 1800 la producción mundial de bienes y servicios, el movimiento físico del suelo, el metabolismo técnicamente mediado con la naturaleza y la emisión de sustancias tóxicas y nocivas han aumentado de manera ininterrumpida y casi exponencial, multiplicándose por cien y hasta por mil. Cuando se echa un vistazo al perfil mundial de movimientos, esto es, a la masa promedio de seres humanos, materias primas y bienes que se mueven y a la velocidad de este movimiento, se obtiene una curva de crecimiento exponencial que –con excepción de algunas fluctuaciones– prácticamente no conoce pausas ni límites. Sin dudas, las recesiones económicas o las guerras han reducido temporalmente, por cortos períodos y de manera mayormente local, la velocidad de la producción y el movimiento; sin embargo, esto generó casi siempre nuevas oportunidades para más crecimiento y aceleración. Como lo mostró Paul Virilio (1980; 1994) en sus trabajos, las guerras han servido casi invariablemente como poderosos motores de aceleración y movilización.

Mi tesis de un corte abrupto del sistema como consecuencia de la reacción mundial al SARS-CoV-2 puede demostrarse de manera exacta en el perfil mundial de movimientos físicos, esto es, de acuerdo con criterios científico-naturales. De repente, luego de dos siglos de aceleración y dinamización prácticamente ininterrumpida, el mundo frena; sus movimientos físico-materiales se ralentizan abrupta y radicalmente. Pareciera como si alguien hubiera aplicado frenos gigantescos sobre las ruedas de la producción, el transporte, la vida social y cultural. Esta tesis es válida a pesar de que no todos los ámbitos del transporte, la producción y la vida social hayan sido afectados de igual modo: especialmente en el sistema de salud y, en menor medida, en rubros como la producción de alimentos básicos, artefactos digitales e incluso papel higiénico, se constatan procesos significativos de crecimiento y aceleración. Y también se asiste a un incremento considerable de los procesos de producción y comunicación por medios digitales. De hecho, me parece que el tajante desacople entre la ralentización de los intercambios físico-reales y la aceleración de la circulación, comunicación y producción digitales constituye una de las consecuencias colaterales más significativas de la crisis actual. Esto encarna en parte aquello que Virilio (1992) ya postulaba en 1990 con su visión de una “paralización frenética” entendida como el estadío final distópico de la civilización: una sociedad en la cual el radio de movimiento físico de los seres humanos se reduce cada vez más, al tiempo que el “bramado” y la velocidad de las corrientes digitales aumenta progresivamente.

El cumplimiento real de la primera parte de esta visión –la “paralización” parcial de las corrientes humanas y la ralentización del perfil mundial de movimiento–, algo que hasta aquí parecía una mera utopía o distopía, puede servir como indicador de esta novedosa situación. La ralentización o la desaceleración forzada se pone de manifiesto en todos los ámbitos de la vida y la movilidad. Esto se observa de manera espectacular en el tráfico aéreo: hasta el 85% de los vuelos han sido cancelados. El cielo sobre Europa ha sido vaciado en pocos días. ¿Quién hubiera creído esto posible hace cuatro meses?

La desaceleración constituye entonces un hecho social, material, duro y globalmente observable. Diagnosticarla no es una fantasía restrospectiva, nostálgica o reaccionaria como afirman los críticos. Especialmente en el mundo de la producción y el transporte pueden observarse reducciones globales de un volumen algo mayor al 80%. Y también la cultura y la educación se han paralizado casi totalmente en muchos lugares (Dambeck y Tack, 2020).Ni el efecto invernadero ni el calentamiento global, y mucho menos el movimiento Friday for Future o las conferencias climáticas, han logrado antes una ralentización digna de mención.

Como segundo hecho significativo debe reconocerse que la ralentización no es un efecto inmediato del virus mismo, sino la consecuencia de decisiones y acciones políticas de gobiernos que, en su mayor parte, han sido elegidos democráticamente. Son ellos los que aplicaron los frenos, y esto con la aprobación del parlamento y la mayoría de los ciudadanos. No fue el virus el que sacó los aviones del aire y detuvo las ligas de fútbol, sino la acción política estatal. ¿Por qué esto es destacable? Porque son los mismos actores políticos que, desde hace más de cincuenta años, se muestran deseosos pero incapaces de hacer algo, ni siquiera lo más mínimo, contra el engranaje de la aceleración (fundamentalmente impulsado por la acumulación de capital) y sus consecuencias perjudiciales para la ecología. Desde el informe del Club de Roma han aparecido autores, partidos y movimientos que escriben, gritan y luchan contra la lógica del incremento y el consumo de recursos ligado a ella (Meadows, 1972). Una conferencia climática sigue a la otra, una declaración política es reemplazada por la siguiente; pero en principio no cambia nada. Los autos producidos y las calles asfaltadas, las toneladas de carga de los camiones, la cantidad de barcos con containers y los cruceros, el número de pasajeros del transporte de corta y larga distancia, la producción de trenes de alta velocidad: todo esto se ha incrementado rápidamente no solo en Asia sino también en Europa. Y en el tránsito aéreo, la esfera de movilización física surgida más recientemente, se ha registrado un crecimiento exponencial del número de viajeros y vuelos a nivel global. Los mecanismos impulsores de este proceso parecen ser completamente inmunes a toda crítica del crecimiento y la aceleración. También las consecuencias cada vez más claras de la crisis climática y las decisiones y declaraciones políticas en respuesta a ella chocan contra la lógica del incremento dura como el acero de la sociedad moderna y la economía capitalista. En abril de 2020, sin embargo, un parte considerable de este engranaje se paralizó de repente, o al menos su fuerza impulsora se redujo claramente.

El hecho innegable de que no todo el mundo se ha detenido no quita que, por primera vez en la historia de la modernidad, el movimiento físico-material sobre la tierra ha sido ralentizado por la acción política consciente (y no como consecuencia colateral de crisis económicas o militares). La reducción del volumen de emisión global diaria de CO2 ha alcanzado “solo” un 17%. Sin embargo, como lo estima un equipo de autores dirigido por Corinne Le Quéré et al. (2020) en un artículo publicado en la revista Nature que se basa en los datos del Global Carbon Project, se trata de más de un billón de toneladas de emisión, las cuales fueron ahorradas como consecuencia inmediata de una acción consciente de ralentización. En contraste, la crisis financiera de 2008, contra la cual se tomaron todas las medidas políticas pensables, solo influyó débilmente en el perfil de movimiento global: en 2009 se observó una reducción transitoria del 1,4% de las emisiones de CO2 que fue seguida en 2010 por un nuevo aumento del 5,1%.2

2. Consecuencias teórico-sociales

Para decirlo una vez más: este corte abrupto en las rutinas de acción y los procesos de la modernidad, que modifica profundamente las prácticas cotidianas y las lógicas habituales de acción e interacción en varios ámbitos de la sociedad, fue y es el resultado de la acción política deliberada y planeada. Esto parece sorpresivo: se trata de la misma acción estatal que se presentó y demostró como completamente impotente ante la crisis climática global –considerada por los votantes alemanes en 2019 como la cuestión política más urgente (Die Zeit, 2019)–3 y otro problema también percibido socialmente como grave: la desigualdad e injusticia (nacional y global) en la distribución de ingresos y riqueza. Frente a la lógica propia de los mercados (financieros), el desarrollo de la técnica y las costumbres de consumo, la acción política parecía prácticamente inefectiva: nada podía hacerse contra la “carcaza dura como el acero” de la lógica del incremento capitalista. Existen dos abordajes teórico-sociales muy influyentes que explican esta impotencia de manera aparentemente plausible: la teoría de sistemas y el (neo)marxismo estructural-determinista enfocado en el análisis de la dominación. En vista de la reacción de la sociedad a la crisis del coronavirus, ambos abordajes muestran una fuerza explicativa limitada; como lo mostraré, en ambos casos esta capacidad es de naturaleza sistemática.

La teoría de sistemas luhmanniana, representada entre otros por Armin Nassehi, se basa en la convicción de que la diferenciación funcional constituye el principio medular y la esencia de las sociedades modernas: con el pasaje de una estructuración social regida por el principio del orden estamental-jerárquico de “la vieja Europa” a un modo de diferenciación funcional-sistémico, la sociedad moderna ha perdido su cúspide y centro, convirtiéndose en policontextual y “compleja”. Así reza el mantra ininterrumpidamente repetido por esta corriente teórica. Los sistemas funcionales diferenciados de la economía, la ciencia, la política, el derecho y la religión pueden, como mucho, irritarse o “agitarse” unos a otros de manera problemática, pero no es posible controlarlos de manera deliberada: cada sistema funcional sigue su código operativo de manera obstinada, por no decir caprichosa. Por lo tanto, no hay una perspectiva compartida sobre el mundo, definiciones comunes de problemas ni “acciones concertadas”. Según la teoría de sistemas, las consecuencias de esta diferenciación funcional se ponen de manifiesto, por ejemplo, en la crisis climática. Mientras que el sistema político la interpreta nerviosamente como una “crisis”, para la economía solo es relevante en términos del “cálculo” de la capacidad y voluntad de pago, y este cálculo no puede controlarse políticamente (Luhmann, 1986). De hecho, por mucho tiempo, la realidad pareció darle la razón a esta teoría: el consumo global de materias primas no renovables, la producción de residuos tóxicos y la emisión de gases invernaderos han aumentado año a año, mostrándose inmunes a las conferencias climáticas, las decisiones políticas o las protestas sociales. Contra esto ni siquiera pudieron hacer algo los millones de jóvenes de Friday for Future, que, por otra parte, fueron objeto de burla de los teóricos de sistemas.

El mismo panorama se observa en lo que respecta a los flujos globales de la distribución de riqueza: la brecha entre pobres y ricos crece ininterrumpidamente a pesar de toda protesta y crítica; ocho hombres concentran la misma riqueza que los casi cuatro billones de seres humanos que se cuentan entre la mitad más pobre de la población mundial (Oxfam, 2016).4 Pero en marzo de 2020 esta imagen fue súbitamente trastrocada: la sociedad parece tener una cumbre y un centro; de un día al otro, el Estado se convierte en el actor central y subordina todos los puntos de vista bajo un objetivo: la lucha contra el virus. Sin violencia ni baño de sangre, la acción estatal clausura las fronteras nacionales, cancela el 85% de los vuelos, cierra las escuelas y universidades, detiene las ligas de fútbol e interviene fuertemente en la producción. Y no se trata meramente de un acto destructivo de paralización: implica también la iniciación de procesos de investigación, la activación de sistemas de salud y la producción deliberada de bienes específicos como medicamentos o herramientas.

En el país quizás más radical en lo concerniente a la libertad de mercado, los EE.UU., el presidente le ordena de un plumazo a uno de los productores automotrices más poderosos, General Motors, pasar a producir respiradores mecánicos en lugar de automóviles. Esta suspensión radical de la lógica de la diferenciación funcional o, mejor dicho, su subordinación bajo una acción política deliberada, concentrada, concertada, y, para sorpresa de los teóricos de sistemas, también eficiente, permite sospechar que la concepción sistémica de la sociedad moderna era simplista: “Está ocurriendo algo que siempre dijimos que no podía ocurrir”, constata de manera tan perpleja como consecuente Armin Nassehi (2020b) en una entrevista de abril de 2020 en Spiegel. El significado de esta afirmación queda claro cuando se lee su último libro, Das große nein (Nassehi, 2020a). Su tesis allí es que en la sociedad moderna es estructuralmente imposible establecer una instancia social de veto (capaz, por ejemplo, de detener la emisión de gases invernaderos). Esto es lo que generaría las continuas protestas sociales.

Una parte de la experiencia fundamental de la modernidad es que el mero esclarecimiento acerca de las malas condiciones sociales o el mero conocimiento sobre aquello que debería hacerse […] no se traduce directamente en acciones. Esta es una experiencia humillante.  Se  contradice  en  última  instancia  con las concepciones de la acción intencional. Pero es […] quizás el hallazgo central de una autoobservación científico-socialmente informada de la sociedad moderna […]. La modernidad societal se parece a aquello que en el ámbito político se denomina división de poderes. Es un proceso de evolución cuya dirección general conduce a la desaparición de las instancias que coordinan y unifican todo en un único principio. […] En términos sociológicos: esta estructura de la diferenciación [...] suspende la posición de la instancia de veto; excluye posiciones capaces de conducir, detener o definir el sistema total. [...] Todas las estructuras llevan a que la sociedad no pueda actuar unificadamente y a que toda iniciativa se estrelle contra la diferencia de perspectiva de la sociedad, la autonomización de sus funciones y, especialmente, contra la imposibilidad de alcanzar el comportamiento concreto de los individuos (Nassehi, 2020a: s/p).

En las últimas décadas, la tesis de Nassehi de la “experiencia humillante” causada por la impotencia e incapacidad de acción de la sociedad ante problemas globales manifiestos se ha mostrado como muy plausible. Precisamente por ello, en mis primeras declaraciones acerca de las consecuencias de la crisis del coronavirus he insistido –contra la protesta de Klaus Dörre (2020a: 31), por ejemplo– en que la eficiencia y el rigor de la acción estatal implica una espectacular experiencia de autoeficacia  política para la sociedad, una experiencia que le hace ver que posee un órgano y un modo para detener procesos sociales y concertar acciones de manera deliberada (alcanzando incluso el comportamiento corporal de los individuos).

Contra lo que supone Nassehi, entonces, se pone de manifiesto que bajo la lógica de la diferenciación funcional y sistémica, y detrás del principio estructural que la teoría de sistemas considera como fundamental, la sociedad moderna dispone de un sentido de su unidad (diferente al sentido obsoleto propio de la vieja Europa), el cual va de la mano con una capacidad de acción política. En tiempos de crisis, el Estado puede operar como una cumbre y un centro con poder de fuego. En este sentido, a comienzos de 2020 la idea de que la política constituye solo un sistema al lado de todos los demás se muestra como un error categorial. Antes bien, se observa que el mantenimiento de la diferenciación funcional, esto es, el funcionamiento sin trabas de los subsistemas, constituye una “institución” creada y garantizada socialmente que solo puede tener vigencia incontestada cuando aparece como deseable o “funcional” a los ojos de los discursos dominantes de legitimación y los actores políticos con poder. Y, por supuesto, en las democracias que funcionan al menos parcialmente este actor es (también) el demos.

Los  representantes  de  la  corriente  teórico-social  que denomino estructural-determinista y enfocada en el análisis de la dominación, entre cuyas filas se cuentan autores tan diferentes como Nancy Fraser, David Harvey y mis dos interlocutores Klaus Dörre y Stephan Lessenich, responden a la perplejidad de la teoría de sistemas con un sobrado“ ¡Te lo habíamos advertido!”. Bajo este título algo inconveniente intento englobar aquellos abordajes teórico-sociales que se encuentran  estructural-analítica  y  social-ontológicamente fijados a un antagonismo “arriba-abajo” que supuestamente  predeterminaría  las  posibilidades  de  la  acción  estatal. Estas posiciones se inspiran generalmente en el neomarxismo, que argumenta desde la teoría de las clases sociales, y  en  posturas  post-estructuralistas  y  gubernamentalistas. Para los representantes de esta corriente de pensamiento, es indudable que el Estado constituye un actor central e influyente, un actor que actúa y reacciona en interés de la  acumulación  de  capital  y/o  de  las  clases  dominantes, interviniendo en todo momento en la autonomía operativa de los subsistemas.

De acuerdo con Klaus Dörre (2020b), por  ejemplo,  es  una  verdad  de  Perogrullo  que,  en  caso necesario, el Estado puede imponer sus objetivos violenta- mente en todos los subsistemas. Para confirmar esto los representantes de esta posición remiten, por ejemplo, a las intervenciones estatales en el rescate de bancos y empresas durante y después de la crisis financiera de 2008/2009, a las medidas “neoliberales”, amigas del capital, tomadas en las últimas décadas en los sectores de salud y educación, y a la regulación violenta de las corrientes migratorias. En esa tremenda crisis económica, también la “relevancia para el sistema” era el criterio decisivo para fundamentar las intervenciones estatales: los bancos y las empresas financieras fueron “rescatadas” porque, supuestamente, eran relevantes para el sistema económico. Si no se lo hacía, este “podía colapsar”.

Consecuentemente, tanto para Klaus Dörre como para Stephan Lessenich, no cabe duda de que la poderosa acción estatal es un instrumento de la clase dominante: impone los intereses de los poderosos de manera rigurosa y aprovecha las ocasiones brindadas por la pandemia como un pretexto bienvenido para reprimir intereses emancipatorios. Los protagonistas de esta forma de pensamiento parten de la siguiente tesis: todo lo que ocurre por o debido a la acción estatal ocurre en última instancia en aras del interés (económico) de los ricos y dominantes, y es también en pos de los intereses de los poderosos que el Estado realiza compromisos de clase, concesiones y flancos ideológicos. La acción estatal está definida por relaciones de fuerza marcadas por situaciones de clase y, en este sentido, se encuentra estructuralmente determinada.

Aquí se muestra un marcado hiato entre los desarrollos teóricos, a menudo muy elaborados, y los análisis y diagnósticos políticos concretos: mientras que los desarrollos teóricos –por ejemplo, las teorías de la regulación, la hegemonía y el capitalismo tardío– generalmente reconocen las dinámicas propias, las ambivalencias y los márgenes de maniobra de la acción estatal y la negociación política, los análisis concretos suelen mostrar una tendencia fatal a un reduccionismo (simplista): al final, los ricos y los poderosos ganarán “de todos modos”.5 Según esta posición, el hecho de que los Estados se muestren actualmente como poderosos actores políticos no es de ninguna manera una ocasión para el optimismo, sino por el contrario una señal de que se desmontarán todas las seguridades que hasta aquí protegían a los dominados de los intereses ilimitados del capital y la dominación. En efecto, me parece que las tomas de posición de Lessenich y Dörre están fijadas de manera casi monomaníaca a esta perspectiva estructural “arriba-abajo”. Y esto se condice con la crítica de Klaus Dörre a mi propia postura (y a todas las otras que producen alguna esperanza): la caracteriza como parte de una nueva ideología alemana en el sentido del joven Marx, una ideología que pasa por alto que el Estado no es más que la extensión del brazo del capital.6 Tal como para la teoría de sistemas, para los representantes del abordaje “estructural-determinista enfocado en el análisis de la dominación”  toda esperanza de cambio o mejoramiento de la sociedad está llamada a fracasar porque choca necesariamente con una “dura ley estructural”.

El  problema, sin  embargo, es  que  esta  estructura  no puede explicar las reacciones sorpresivamente similares de los Estados nacionales ante la aparición del SARS-CoV-2. Sin dudas, también actualmente la relevancia para el sistema es una palabra clave cuando se trata de tomar decisiones políticas sobre aperturas, cierres, apropiaciones, intervenciones y redistribuciones estatales de cara a la crisis del coronavirus. Pero el término tiene ahora un significado totalmente diferente al que poseía durante la crisis financiera. La acción estatal no apunta a garantizar la seguridad de los bancos, los mercados y la acumulación de capital, sino que pone el funcionamiento y la prosperidad económica radicalmente en juego para proteger a las personas más amenazadas por el virus: los ancianos y aquellos con enfermedades previas.

Dejando de lado la cuestión acerca de las consecuencias médicas del COVID-19, todo el mundo concuerda en que los mencionados grupos poblacionales son los que se encuentran en mayor peligro: en la mayoría del resto de la población el coronavirus solo provoca síntomas leves similares a la gripe. Evidentemente, ni la muerte de los ancianos, enfermos y débiles ni la necesidad del triaje médico implican un problema sistémico para los mercados financieros y la acumulación de capital; por el contrario, la pandemia promete eliminar los “desequilibrios demográficos”, sacándoles un peso de encima a las aseguradoras médicas y los sistemas de jubilación. Sin dudas, este modo de ver las cosas es tremendamente cínico, pero estaría en línea con el “interés de la dominación”, sobre todo cuando se piensa este último como regido por la mencionada legalidad estructural.

Lo que la crisis puso en evidencia, entonces, es la aparición de una escisión o un hiato entre la acción estatal y la acumulación de capital: la política se ha impuesto sin escrúpulos contra la lógica del mercado financiero y los intereses de rubros enteros de la economía, y lo ha hecho en nombre de un tipo de relevancia totalmente diferente a la económica. El discurso acerca de la relevancia para el sistema que se escuchó y escucha durante los meses de la crisis refiere a la vida (social), no al sistema económico. Los enfermeros y doctores son relevantes (para el sistema), pero no debido a las tasas de crecimiento y los números de la bolsa. Lo que se muestra o se mostró aquí es la prioridad de la lógica de la reproducción por sobre la de la producción, y la acción estatal defendió la primera, no contra los intereses de los dominados sino en su beneficio. Así como Nassehi debió aceptar que sucedió algo que “no podía ocurrir”, los protagonistas de este abordaje también deberían conceder algo similar. Pero no lo hacen. No explican el brusco corte estructural y estratégico implicado en la suspensión (transitoria) de los principios impulsores de la estabilización dinámica, sino que se limitan a señalar (con razón) que en muchos lugares del mundo esta crisis ha empeorado la situación de los grupos subalternos. Y realizan pronósticos sombríos según los cuales nos esperan “formas masivas de des-solidarización” y de retroceso ecológico (Dörre, 2020a; Lessenich, 2020). Como lo mostraré en breve, estos pronósticos no son solo analíticamente erróneos, sino también devastadores en términos político-normativos.

En términos de la lógica de la subsunción, la crisis es insertada en una narración teórica unificada. Según la misma, la acción política solo puede tener una consecuencia: que los dominantes se hagan más ricos y los débiles, más pobres. “En una palabra: confirmamos lo que siempre fue cierto para las pandemias. La desigualdad aumenta y perjudica sobre todo a quienes les falta un plato de comida caliente”, escribe Klaus Dörre (2020a: 30 y sig.). Y Stephan Lessenich (2020) responde de la siguiente manera a la pregunta sobre quién es el beneficiado por la acción estatal ante la crisis: “En una primera instancia, ganan aquellos beneficiados por las condiciones dominantes. Me refiero a personas como yo. Pero a largo plazo, ganarán muy pocos, aquellos que siempre se enriquecen durante las crisis”. Me parece que quienes aspiran a denunciar la brecha social y política como ideología están fijados obsesivamente al status quo y, como lo mostraré más abajo, terminan defendiendo involuntariamente el negocio de la política conservadora y los intereses del capital.

Un Estado capaz de actuar políticamente representando los intereses del ser humano y la vida contra los intereses del capital: por supuesto, esta no es la imagen políticamente dominante de la modernidad capitalista. Sin embargo, la capacidad para una acción de estas características es parte de la realidad estructural de las sociedades modernas. Y los modelos teóricos para describir esto ya se encuentran disponibles. Me refiero, por ejemplo, a la teoría del capitalismo tardío desarrollada en los años setenta por Jürgen Habermas (1973) y Claus Offe (2006), la que puede explicar la brecha estructural que irrumpe en la crisis del coronavirus como una contraposición entre el principio democrático basado en la igualdad y el principio de la apropiación económica privada como productor de desigualdades. El propio Lessenich ha hecho mucho en los últimos años para mantener con vida esta teoría. Es cierto que los problemas estructurales identificados por Offe y Habermas no se manifestaron tal como ellos lo habían pronosticado en su momento; pero en la contradicción entre la relevancia para el sistema y la relevancia para la vida, actualmente puesta de relieve políticamente, se pone de manifiesto que las pretensiones de la última están vinculadas con un poder de acción estructural.

No es casualidad que tanto los abordajes estructural-deterministas y enfocados en el análisis de la dominación como la teoría de sistemas no den cuenta de esta posibilidad de una acción política contra las lógicas estructurales dominantes (las cuales resultan, sobre todo, de una diferenciación funcional que sirve a los imperativos del incremento de la acumulación capitalista y parece tener la solidez de una ley natural). Debido a la path dependence o dependencia del camino, una acción concertada contra los principios estructurales dominantes de la sociedad y los imperativos de la acción que emanan de ella solo es posible o probable en situaciones históricas de excepción. En el siguiente apartado quiero mostrar que la crisis del coronavirus constituye precisamente un singular estado histórico de excepción que abre la posibilidad de un cambio de rumbo.

3. La crisis como un punto singular de bifurcación histórica

Si bien existen interpretaciones sociológicas muy divergentes, es claro que a comienzos de 2020 el sistema socioeconómico global sufrió un trastorno considerable tanto en sus cadenas globales de producción e interacción como en sus reglas de decisión y rutinas prácticas, vivenciado incluso una inversión parcial de sus imperativos de acción. En el marco de la crisis del coronavirus, el Estado suspende –no completamente pero sí en gran parte– la lógica y dinámica propia de los mercados, la producción cultural, la educación y la ciencia, reestableciendo así el primado societal de la política por sobre los principios fundamentales de la diferenciación funcional y/o la acumulación de capital. La profundidad de esta interrupción se pone de manifiesto en la limitación global de derechos civiles fundamentales como la libertad de reunión y en la regulación estatal del comportamiento corporal en el ámbito privado. Sin embargo, la detención (parcial) de un sistema basado en la estabilización dinámica no significa de ninguna manera su reinvención o reconfiguración; se parece más bien a un accidente. El frenado parece llevar con necesidad estructural a un colapso del sistema; pero esto solo ocurrirá si la ralentización se mantiene durante largo tiempo, no dando lugar a un nuevo salto de la aceleración.

Esto significa que parece haber dos posibilidades: o bien un cambio revolucionario del modo de estabilización societal, o bien la rápida restitución de los imperativos de la dinamización. Precisamente por esto, la aparición del virus podría ser un punto de quiebre político-social y marcar un cambio de paradigma. Esto se debe, por un lado, a una experiencia inesperada de autoeficacia colectiva y capacidad de acción política que hasta aquí era considerada como imposible –especialmente por los sociólogos–, una experiencia que se puso de relieve cuando se aplicaron los frenos sobre las ruedas impulsoras de la estabilización dinámica. Estructuralmente, nada puede impedir que los actores sociales transfieran esta experiencia de poder de acción, por ejemplo, a su manejo de la crisis climática o de la escandalosa desigualdad de la riqueza. Por otro lado, la misma crisis abre la oportunidad para un cambio de paradigma societal.

Según el modelo del historiador de la ciencia Thomas Kuhn (1989), los cambios de paradigma sociopolíticos acontecen cuando un paradigma operativo entra en una crisis pronunciada.7 En los momentos “normales”, las instituciones sociales y los acto- res que actúan en ellas proceden según las reglas y rutinas habituales; en sus percepciones de problemas, definiciones de tareas y patrones de procesamiento, siguen los caminos prefijados, los cuales están tan enraizados que un cambio parece impensable, incluso ante la aparición de dificultades novedosas. En las ciencias sociales se ha popularizado por tanto el concepto de path dependence o dependencia del camino: cuando las instituciones y las interacciones ligadas a ellas funcionan al menos parcialmente, el precio para un cambio de rumbo parece demasiado alto; sobre todo en vista de la tremenda complejidad de la sociedad, los riesgos de intentar algo nuevo son muy grandes. Sin embargo, en determinadas constelaciones o momentos del transcurso histórico que pueden comprenderse como “puntos de bifurcación”, de repente se abren oportunidades para un cambio de rumbo, puesto que las anomalías ya no pueden ser ignoradas (ver Knöbl, 2010; Goldstone, 1998).

Se trata de momentos de crisis en los que se pone en cuestión la continuación de las operaciones: no está claro cómo seguir porque la cadena de procesos se ha roto. En estos puntos de ruptura, a muchos actores les parece deseable retornar al viejo camino y revivir tan rápido comos sea posible las rutinas habituales. Pero también es posible tomar un nuevo rumbo. Estos son los raros momentos históricos en los cuales los actores sociales realmente pueden hacer historia; su acción es importan- te porque se trata de momentos de indecisión y apertura histórica. Tanto Dörre como Nassehi subrayan que, en última instancia, las buenas intenciones de los activistas políticos y los críticos sociales chocan necesariamente con las lógicas estructurales sistémicas o materiales (y, por tanto, las caracterizan como ideología).

Mi contratesis es la siguiente: la acción política orquestada, configuradora de lo social, se encuentra inscripta estructuralmente en la sociedad moderna, pudiendo volverse efectiva en los momentos de crisis de los procesos sistémicos. Kuhn identifica estos momentos como puntos de partida de las revoluciones científicas, aunque señala que ha tomado este modelo del mundo político. Por tanto, no es sorpresivo que autores como Sheldon Wolin (en Gutting, 1980: 160-191), Gary Gutting (1980) o Joachim Raschke (1980) retransfieran estas ideas –la operación procesual en “tiempos de normalidad” y el cambio de paradigma disruptivo en tiempos de crisis– al análisis del procesamiento societal en las ciencias sociales.

Mi diagnóstico de época es entonces el siguiente: ante la paralización y crisis actual de instituciones sociales centrales nos encontramos en uno de esos puntos de bifurcación históricos. Aquí no hay modelos sociológicos ni económicos que puedan predecir cómo seguirá la cosa. Precisamente porque  la  continuación  de  los  procesos  sociales  –y,  por tanto, la continuación de la historia– se encuentra abierta, un pronóstico científico serio es constitutivamente imposible. Lo importante no es el conocimiento sino la acción. Aquí entra en juego aquello que Hans Joas (1992) ha denominado la creatividad de la acción y Hannah Arendt (1994) ha identificado como la natalidad  del ser humano. Esto es, la capacidad de los actores sociales para abandonar creativamente los caminos habituales, suspender las formas y cadenas de reacción vigentes y crear algo genuinamente nuevo. Por supuesto, lo genuinamente nuevo solo es posible cuando se modifican las estructuras existentes: las estructuras de propiedad, producción y distribución, los patrones de consumo y las instituciones políticas. Un cambio de paradigma solo en el plano de la acción es impensable.

4. El rol de la sociología en la encrucijada

Si es cierto que en un punto de bifurcación histórica no hay ningún modelo ni teoría científica capaz de prever cómo se desenvolverán las cosas, y si tampoco existen conocimientos serios ni datos confiables acerca del transcurso de la crisis actual, ¿no debería entonces la sociología abstenerse de realizar diagnósticos y de tomar posición públicamente? Actualmente, esta mesura es sugerida de manera urgente por muchos colegas. Jürgen Habermas (2020), por ejemplo, afirma lo siguiente:

Nuestras sociedades complejas se enfrentan constantemente con grandes inseguridades, pero estas aparecen de manera local y no simultánea, y son procesadas de modo más o menos imperceptible por los especialistas responsables en alguno de los subsistemas de la sociedad. En contraste, ahora la inseguridad existencial se expande de manera global y simultánea en las cabezas de los individuos mediáticamente conectados. [...] Además, esta inseguridad no tiene que ver solamente con el manejo de los peligros provocados por la epidemia, sino también con las impredecibles consecuencias económicas y sociales. En contraste con lo que ocurre con el virus, sabemos que no existen expertos que puedan calcular estas consecuencias con seguridad. Los expertos de las ciencias económicas y sociales deben abstenerse de realizar pronósticos descuidados. Solo puede decir- se una cosa: nunca hubo tanto conocimiento sobre nuestro desconocimiento y sobre el constreñimiento a actuar y vivir en una situación insegura.

Con esta declaración, Habermas parece confirmar el diagnóstico de un punto de bifurcación social. Ahora bien, de nuestro desconocimiento acerca de cómo enfrentar la crisis, ¿se sigue que la sociología debe callar? A mi parecer, esto equivaldría a una declaración de incapacidad por parte de la Public Sociology, propugnada por Michael Burawoy (2015) y representada en Alemania sobre todo por Klaus Dörre y Stephan Lessenich. Si la ciencia de la sociedad no tiene nada para decir en el contexto de una crisis social funda- mental, ¿para qué sirve la sociología? ¿para qué se les paga a sus representantes?.

Para responder la pregunta acerca de las posibles contribuciones de la sociología en esta situación debe definirse el rol que esta debe asumir en la crisis. Siguiendo a Max Weber y Charles Tayor, mi propuesta es la siguiente: la sociología no debe comprenderse a sí misma como una instancia de saber autoritativo, sino como una institución de auto-interpretación societal. Como lo ha formulado Taylor, los seres humanos son fundamentalmente animales auto-interpretativos; la situación (de crisis) en la que se encuentra una sociedad está siempre co-determinada por el proceso de su interpretación colectiva y discursiva. Por esta razón, autores como Taylor (1975: 154-219), Giddens (1977: 12) y Habermas (1981: 159) han acuñado el concepto de doble hermenéutica en las ciencias sociales.

Los sociólogos reinterpretan con instrumentos científico-sociales una auto-interpretación  de la sociedad que se ha coagulado como realidad institucional. Su tarea es sugerir propuestas para un “best account”, es decir, para la mejor interpretación posible de la situación social en un momento histórico determinado. Como lo observa Manfred Prisching (2018), esto se corresponde con lo que esperan las personas de la sociología (pública), especialmente en situaciones de crisis: “de cara a una sociedad que se ha convertido en incomprensible, quieren saber simplemente qué es lo que pasa” (p. 147).8 La calidad de estas propuestas se mide de acuerdo con su plausibilidad a la luz de todos los datos, fuentes de conocimiento, experiencias y hallazgos disponibles. Como lo muestra Max Weber (1988: 489-540) en su apasionada defensa de una ciencia comprometida pero exenta de juicios de valor, esta calidad aumenta cuando se sigue estrictamente el principio de honestidad intelectual, el cual exige prestarles especial atención a aquellos argumentos y hallazgos que contradicen las propias convicciones y posiciones (cf. también Müller, 2020: 58-66).

En relación con la crisis del coronavirus, esto significa que debe recurrirse a todo aquello que, a la luz del conocimiento sociológico disponible, pueda ayudar a comprender teóricamente la situación de crisis y su dinámica y desarrollos. Las propuestas interpretativas que así se generan están en todo momento abiertas a la revisión y tienen necesariamente un carácter ad hoc: puede que mañana un nuevo fenómeno, acontecimiento o hallazgo haga aparecer la interpretación vigente como desactualizada o falsa. Como se dijo, estas propuestas interpretativas son comprendidas no como un saber sacrosanto, sino como lo que verdaderamente son: interpretaciones que se someten a la crítica constante en el discurso público, aspirando precisamente a ser modificadas y “mejoradas” a través de objeciones y críticas.

De esta manera, los análisis sociológicos contribuyen (en las sociedades modernas) a esos “accounts” que terminan convirtiéndose en auto-interpretaciones influyentes y socialmente operativas, y coagulándose en (nuevas) instituciones. Los sociólogos tienen una ventaja frente a otros grupos de la población –por ejemplo, políticos y periodistas—: la sociedad les pone a disposición los recursos necesarios para cumplir con esta tarea. Tienen tiempo, un salario seguro (al menos cuando son profesores), acceso a bases de datos y recursos intelectuales, y un know how metodológico y teórico; esto es, todo lo necesario para formular propuestas interpretativas fundadas a la luz de los “problemas culturales urgentes”. Y cuentan, además, con la reputación necesaria para que sus ideas sean escuchadas. Según creo, una sociología que calla precisamente ahora no les hace justicia a estos recursos.

Para desarrollar un “best account” (siempre transitorio) de la crisis actual, es preciso responder dos preguntas fundamentales: (a) ¿hacia dónde debe mirar la sociología para entender la dinámica que se está desarrollando? (b)

¿(Cómo) puede ayudar a los actores sociales a encontrar una salida creativa a la crisis? ¿Puede y debe posicionar- se normativamente a la luz de las alternativas posibles? Por supuesto, aquí no podré responder exhaustivamente estas preguntas. Sin embargo, quiero realizar un par de reflexio- nes sobre cada uno de estos puntos, persiguiendo un objetivo doble: en primer lugar, contribuir a la formulación de un “best account” y, en segundo término, mostrar qué es lo que actualmente puede y debe hacer la sociología.

(a) ¿Hacia dónde mirar?

La pandemia del coronavirus tomó desprevenida a la sociedad y, de una día para el otro, afectó y modificó profun- damente todos sus planos operativos, desde la geopolítica hasta las acciones cotidianas más íntimas. Ante esto, una pregunta común que los periodistas suelen hacerles a los sociólogos es la siguiente: ¿Qué está pasando con nosotros?

¿Qué pasa con la sociedad? Mi respuesta, que claramente está preformada por mis trabajos previos, reza: nos encontramos en un proceso de desaceleración sin precedentes históricos. Las reacciones que obtengo, especialmente de los colegas, me han sorprendido e incluso irritado un poco. El diagnóstico de la desaceleración ha sido difamado como una fantasía romántico-política de un determinado milieu (Nassehi, 2020c) o, lo que es peor, como una ideología regre- siva que unifica a los demagogos de derecha y los nostálgicos de izquierda en un frente transversal (Balzer, 2020). Esta descripción de la situación, se afirma, sería totalmente falsa: la desaceleración solo es un hecho para las clases medias y altas saturadas. Klaus Dörre (2020c) sigue esta línea cuando me reprocha que represento “la perspectiva ombliguista de un ambiente saturado”, la cual es necesariamente “percibida como cínica” por “todos los que sufren tremendamente debido a las restricciones”. Estas objeciones no solo apuntan a la difamación moral (el profesor rico que solo piensa en sí mismo) y a la desacreditación intelectual (el profesor rico que, además, es tan tonto como para generalizar su propia perspectiva); también son objetivamente falsas en un sentido doble, lo cual es muy importante para el punto que quiero discutir aquí.

En primer lugar, la desaceleración provocada por la crisis del coronavirus no es un concepto normativo ni una fantasía de derecha o izquierda, sino mera facticidad. Sin dudas, que las personas sean despedidas de sus empleos y confinadas en sus hogares no es algo positivo, pero sí una forma de paralización de la movilidad física y la productividad económica. Y la detención de innumerables cadenas de procesos a nivel mundial lleva, en primera instancia, a una liberación inédita de recursos temporales. Si bien dichos recursos son gastados en nuevas tareas y desafíos, esto conduce a una experiencia extendida de desaceleración (aunque sea transitoria): las agendas en muchos ambientes y espacios experienciales se vacían en lugar de llenarse, lo cual para muchos actores es un fenómeno sustancialmente nuevo.

Declarar esta experiencia y estos hechos como irrelevantes porque también existen situaciones sociales en las que escasea el tiempo y aumenta el estrés (lo cual sin dudas es cierto porque los recursos temporales liberados se reparten desigualmente a nivel socio-estructural, siendo experimentados como amenaza existencial o pacificación beneficiosa según la posición social),9 es un camino ilegítimo cuando se trata de brindar un análisis adecuado de las condiciones dadas. Esta perspectiva obtiene instantáneamente la simpa- tía del público porque se muestra preocupada por la suerte de  los  socialmente  más  vulnerables. Dicha  preocupación está sin dudas justificada, y un “best account” (mejor cuenta) de la crisis incapaz de dar cuenta del tremendo sufrimiento de quienes caen en una situación de emergencia existencial, económica, física o psicosocial por la pandemia no sería un “best account”. Sin embargo, tampoco lo es una interpretación que debido a su fijación excesiva en este sufrimiento, niega o ignora los procesos y fenómenos reales de desaceleración y, con ellos, las experiencias, percepciones e interpretaciones de otros sectores, estratos o situaciones sociales.10 Desde el punto de vista de varios abordajes sociológicos –como la Teoría Crítica, de la que yo mismo me considero parte, o la Public Sociology desarrollada por Burawoy–, una toma de partido normativa por los desfavorecidos es completamente justificable. En contraste, un estrechamiento unilateral de la perspectiva analítica a la realidad experiencial de los sectores subalternos puede parecer retóricamente conveniente, pero es poco profesional en términos sociológicos; como lo mostraré enseguida, lleva a la formulación de propuestas interpretativas distorsionadas que van en detrimento precisamente de aquellos que se cree defender.

Por supuesto, un best account de la crisis como desaceleración sería incompleto si no diera cuenta también de la contra-tendencia de la aceleración digital. Mientras que la dinámica físico-material se ha ralentizado y el radio de movimiento de muchas personas se ha encogido a un pequeño círculo alrededor de su vivienda, los eventos, producciones e interacciones digitales se han incrementado considerablemente en muchos ámbitos. Como se mostró, un best account de la pandemia podría interpretar esto en términos de la visión de Virilio de una paralización frenética: mientras que la movilidad física se ha detenido, las corrientes de datos van a la velocidad de la luz. Además, una propuesta interpretativa socio-estructuralmente sensible de la pandemia debería dar cuenta del arriba discutido cambio de rol de los Estados (nacionales) en la vida social. La integración de estos dos puntos de vista en la optimización y, por tanto, de los factores generadores de estrés: la desaceleración dentro de esas estructuras no es una solución sino un problema disfuncional.

Un best account debería considerar que no es el virus lo que ha producido el frenado, sino más bien la reacción política al mismo (la cual es apoyada mayoritariamente por todas las poblaciones). Para comprender los recursos motivacionales de esta reacción, la sociología debe combinar la perspectiva analítica de “tercera persona” –que describe el acontecer social “desde afuera” sobre la base de datos mensurables– con la perspectiva de las “primera persona” de las ciencias culturales y/o con un punto de vista centrado en la teoría de la acción. Mi propuesta interpretativa es la siguiente: esta reacción política puede entenderse como un intento desesperado de puesta a disposición (médica, técnica y política) del virus, entendido como un fenómeno que simboliza una forma monstruosa de indisponibilidad que encarna la pesadilla de la modernidad (Rosa, 2020). Ningún intento de brindar un best account puede ser jamás totalmente completo e indiscutido: las auto-interpretaciones sociales se desenvuelven en una disputa discursiva sin fin entre las perspectivas más heterogéneas. La tarea de la sociología consiste en ofrecer recursos argumentativos para esta disputa, contribuyendo así a que las interpretaciones dominantes y/o influyentes no sean reduccionistas, simplistas e ideológicas.

(b) ¿Cómo interpretar?. ¿Contribuir a qué?

Según el modelo de Kuhn, existe una alternación entre “fases sociales normales” y fases de crisis o “revolucionarias”. En las primeras, las cadenas de procesos están operativamente cerradas y la acción de los actores sigue rutinas fijadas y habitualizadas; en las segundas, esas reglas repentinamente dejan de funcionar y los patrones habituales de reacción se ven irritados o trastornados. Como se mostró, si se aplica este modelo a la crisis actual, se sigue necesariamente que no puede saberse cómo seguirá la cosa, puesto que el modo de continuación de las cadenas de procesos depende  también  de  contingencias  y  momentos  decisionistas. Refiriéndose a la situación de un potencial cambio de paradigma en la ciencia, el propio Kuhn (1989: 105 y sig. y 168) habla de procesos de conversión y persuasión de las masas que no obedecen a algoritmos fijos. En una palabra: la pregunta acerca de si la sociedad retornará luego de la pandemia al viejo camino de la estabilización dinámica o tomará un nuevo rumbo en el sentido de la “natalidad” depende de la acción política. Esto significa, obviamente, que  no  existe  ningún  método  sociológico  para  decidir  la disputa acerca del camino a seguir. Lo que la sociología sí puede hacer es embarcarse en una “discusión e interpretación de valores” en el sentido de Max Weber (1988: 510 y sig.), quien consideraba que la misión “pública” principal de la disciplina consiste en brindar claridad analítica acerca de aquello que está en juego y de la posibles alternativas a seguir en el marco de una situación social confusa.

Concretamente aplicado a la situación actual, esto significa que la sociología debe ocuparse de analizar la alternativa entre regresar al viejo camino y el atrevimiento de emprender una reinvención creativa; y, sobre todo, debe mostrar que el “paradigma operativo” dominante de la estabilización dinámica ya causaba graves problemas y estaba en grandes dificultades antes de la crisis del coronavirus. El constante constreñimiento al crecimiento, la aceleración y la innovación, efectivo desde hace siglos, ha generado una realidad social caracterizada por la preeminencia del modo de la agresión en todos sus planos operativos y por fenómenos de crisis que se siguen de ello. Puede constatarse fácilmente que la relación con el mundo basada en el incremento, dominante en la tardo-modernidad, produce la quemadura (burn out) en el plano de lo micro y el calentamiento (burn up) en el plano macro de lo climático y meso de lo político.11 Pero esto no es todo: a pesar de la inversión constantemente creciente de energía física, política y psíquica, no pueden alcanzarse las tasas de crecimiento necesarias. A las crisis ecológica, democrática y psicológica de la tardo-modernidad se le agrega, independientemente de la pandemia, una marcada crisis económica que se expresa sobre todo en una anomalía capitalista: ni siquiera los intereses negativos logran generar impulsos suficientes para el crecimiento. Por lo tanto, el regreso al status quo ante luego del esperado final de la crisis del coronavirus parece ser una alternativa social poco promisoria.

Muchos sociólogos anuncian con total convicción que la crisis no es una oportunidad para cambiar y mejorar las condiciones sociales de los desfavorecidos sino una profundización de su situación. Luego de la crisis, se afirma, el capitalismo será aún más brutal; el egoísmo de los Estados nacionales y los individuos, mayor; los conflictos de distribución, más duros; y la solidaridad, más improbable. Esto me parece analíticamente falso y político-normativamente devastador, puesto que contribuye a cementar las condiciones vigentes y a legitimar “científicamente” el regreso a los caminos habituales en el marco de una situación que está socialmente abierta. Quienes argumentan de este modo son funcionales (sin quererlo) al negocio de la reificación e, incluso, de la “reacción”: paralizan todos los impulsos sociales que podrían motorizar un cambio de paradigma y entierran todas las esperanzas. Terminan dejando a las personas por las que supuestamente se preocupan del lado de los perdedores; los abandonan a su suerte y contribuyen a pacificar la sociedad justamente en un momento en que sería posible un cambio.

Desde la torre de marfil del puesto de profesor parte el mensaje: Váyanse a casa; no hay ninguna oportunidad de mejorar su suerte; todo va a empeorar. Esa no es Public Sociology sino cinismo académico: una renuncia a toda esperanza de mejoramiento de la sociedad formula- da en forma de crítica profunda que termina favoreciendo la restauración. Por esta razón, me parece que aquello que Richard Bernstein (1976) constataba en 1976 respecto a las ciencias sociales aplica íntegramente a las posiciones actuales de la teoría de sistemas y el abordaje estructural-determinista centrado en la dominación:

Ha habido una tendencia avasallante en el mainstream (convencional) de las ciencias sociales hacia la reificación, hacia confundir patrones sociales y políticos históricamente condicionados con una realidad bruta, imposible de cambiar, que está simplemente “allí afuera” y debe ser confrontada. [...] Ha habido una tendencia a generalizar las regularidades de un paradigma moral reinante y a sostener que estamos descubriendo leyes universales [...]. El defecto más serio de esta empresa son las bases ideológicas escondidas [...], las cuales tienen consecuencias perniciosas en la medida en que limitan la imaginación humana y las posibilidades sociales y políticas (p. 106).

En cambio, una sociología responsable y al servicio de la claridad weberiana debe concentrarse en la doble fisura que se pone de manifiesto en la crisis del coronavirus. Me refiero, por un lado, a la grieta entre la relevancia sistémica -o la dinámica del incremento forzada por la economía– y la relevancia para la reproducción o la vida; y, por otro, al hiato entre el fenómeno global de la crisis (el virus SARS-CoV-2) y las reacciones limitadas al plano de los Estados nacionales. De esta manera, la sociología puede contribuir a fomentar la liberación y aplicación creativa de recursos sociales creativos para un cambio de paradigma. Este análisis también debe advertir que el paradigma dominante de la sociedad ha entrado en una severa crisis: el modo normal de operación ha sido suspendido en muchos ámbitos, por lo cual ahora se presenta la oportunidad para un cambio de rumbo. La reacción política a la crisis nos ha mostrado que la acción estatal es un instrumento disponible y efectivo para este cambio. Solo una sociología de estas características es capaz de aportar indirectamente a mejorar la suerte de los pobres, los oprimidos y los privados de sus derechos, ayudándolos a convertirse en sujetos políticos influyentes.


1-En Bernd Sommer y Harald Welzer (2014: 425) se encuentran doce impresionantes curvas que muestran este crecimiento exponencial. Para más ejemplos y datos, ver Wagner (2018: 43-66). Según este último, la actividad económica en los Estados tempranamente industrializados se ha multiplicado setenta veces entre 1820 y 1980.

2- En Le Quéré et al. (2020) se encuentran muchos más datos que demuestran de manera impresionante la drástica “desaceleración” en los sectores de la producción, el transporte y el consumo de energía

3-En una encuesta del FORSA (Gesellschaft für Sozialforschung und statistische Analysen) realizada en Alemania en el verano de 2019, un 37% de los encuestados mencionaban el cuidado del medioambiente y del clima como el tema más importante; un 29%, la inmigración e integración de refugiados; y, sorprendentemente, solo un 13%, la pobreza y la desigualdad social. Ver Die Zeit (2019).

4- Así lo calcula el informe acerca de la riqueza de Oxfam del año 2016 (Oxfam, 2016). Si bien la fundamentación de este cálculo pueden discutirse en detalle, no existen dudas acerca de la tendencia general. Al respecto, ver Piketty (2016).

5-Un ejemplo de este hiato entre complejidad teórica y diagnósticos reduccionistas se observa en el desfasaje entre la teoría del capitalismo tardío [Spätkapitalismus] de Stephan Lessenich (2016) y su análisis de las “sociedad de la externalización” [Externalisierungsgesellschaft] en clave de la teoría de la dependencia. También se vislumbra este reduccionismo cuando Klaus Dörre (2020a: 31) define el Estado meramente como el resultado estructural –o la “fijación” material– de relaciones desiguales de fuerza entre las clases sociales. Es precisamente esta operación reductiva la que hace aparecer la acción estatal como estructuralmente determinada.

6-Marx y Engels (2014) desarrollan por primera vez su concepción de la estructura y la superstructura, y del rol del Estado como parte de esta última en La ideología alemana. Ver Dörre (2020a: 26).

7-Esta concepción de los paradigmas y sus cambios revolucionarios la desarrolló Kuhn (1989) en su libro La estructura de las revoluciones científicas. Respecto a su transferencia a las sociedades y formas de vida, ver Rosa (2012: 19-59; 1995: 59-94).

8-  Le agradezco a Richard Antony Brand por esta referencia. En su Tesis de Maestría “Öffentliche Soziologie zwischen Autonomie und Engagement”, presentada en la Friedrich-Schiller-Universität Jena en 2020, se analizan las posibilidades y límites de una Public Sociology y se sugiere retornar de Burawoy a Weber.

9-  De hecho, en una sociedad que solo puede estabilizarse dinámicamente, la ausencia de crecimiento económico produce a largo plazo un incremento de los constreñimientos al incremento la optimización y, por tanto, de los factores generadores de estrés: la desaceleración dentro de esas estructuras no es una solución sino un problema disfuncional.

10-En este sentido, vale mencionar lo que arrojó el estudio del estado de ánimo [Stimmungskurve] de la población que realiza desde hace tres años Die Zeit. (Se trata de un estudio que consulta a los lectores su estado de ánimo por medio de un click). A mediados de marzo, esto es, precisamente en el punto más alto de las restricciones por la pandemia, el número de personas que afirmaban estar de buen ánimo pasó del 66%--el porcentaje en que suele mantenerse usualmente- a más del 74% para luego bajar de nuevo (Morasch, 2020). Por supuesto, esto solo dice algo acerca de las sensaciones de los lectores Die Zeit; pero las mismas son analíticamente tan relevantes como la infelicidad de otros grupos de la población.

11- Digo esto apoyándome en el proyecto ERC dirigido por el politólogo británico Michael Bruter en la London School of Economics: “The Age of Hostlity: Understanding the Nature, Dynamics, Determinants, and Consequences of Citizens’ Electoral Hostility in 27 Democracies”.

Autor:Hartmut Rosa Es profesor titular de Sociología en la Friedrich-Schiller-Universität-Jena y director del Max-Weber-Kolleg de la Universität Erfurt. Se ocupa de temáticas vinculadas a la Teoría Crítica, la sociología del tiempo, la teoría de la tardomodernidad y la sociología de las relaciones con el mundo. Tres de sus libros han sido editados en lengua castellana: Resonancia: Una sociología de la relación con el mundo (Ed. Katz), Lo indisponible (Ed. Herder) y Alienación y aceleración: Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía (Ed. Katz).

Rosa, H. (2020). La sociedad ante la desaceleración forzada. Una interpreta- ción sociológica de la crísis del Coronavirus. Diferencia(s). Revista de teoría social

contemporánea, N. 11, pp. 19-32.

Imagen: Negro, 104 x 82 cm. Óleo sobre tela, 2017- de Víctor Florido

Fuente: Revista Diferencia(s)

Opinión