Es imposible que los países de América Latina
(y del Sur Global en general) practiquen la democracia cuando el imperio más poderoso y letal del mundo interviene constantemente en sus elecciones, los ataca, les impone sanciones y financia desestabilizaciones y golpes de Estado.
La verdadera democracia no existirá
mientras exista el imperialismo
Benjamín Norton
Asistimos estos días a la puesta en marcha de la nueva estrategia de Wild Power enunciada por Donald Trump y sus secuaces, en la recientemente difundida Nueva Estrategia de Seguridad Nacional 2025.
Como bien señala el historiador estadounidense Greg Grandin, tanto en su libro “América, América”, publicado en mayo de 2025, donde describe con lujo de detalles las atrocidades de Estados Unidos en nuestra región, como antes también en su galardonado “El Fin del Mito”, y antes aun en “El Taller del Imperio: América Latina, Estados Unidos y el Auge del Nuevo Imperialismo”, “Estados Unidos se ha acostumbrado a su brutalidad y a una prerrogativa única: su capacidad para organizar su propia política interna en torno a la promesa de una expansión constante e interminable”.
La invasión a Venezuela, el secuestro de su Presidente legítimo y el asesinato de por lo menos sesenta (60) venezolanos, es la puesta en marcha de un nuevo plan para nuestra región en el que Donald Trump ha asumido, por propia decisión, su papel de Presidente de toda América Latina, asignándose prerrogativas de mandatos, políticas públicas, decisiones geopolíticas, persecución política y criminal, instrucciones judiciales y todo lo demás correspondiente a las atribuciones de gobiernos soberanos que EE.UU. ha decidido que ya no lo serán, transformándolos en delegaciones del Departamento de Estado.
La novedad, en todo caso, de este nuevo escenario, de un país que ha masacrado, invadido, torturado, bombardeado y asesinado por el mundo como ningún otro en los últimos ochenta años, es la muestra de sinceridad explícita del presidente de Estados Unidos.
La decisión de Trump de exponer sin filtros las intenciones de su gobierno y su país, incomodan mucho a sus hipócritas aliados, acostumbrados a esconder las atrocidades del Grupo de los 7 y la OTAN en “la defensa de la democracia y los DD. HH”, hoy valores irrelevantes e innecesarios en el accionar y en la propia comunicación del inquilino de la Casa Blanca.
Sin embargo, esa brutalidad que resulta incómoda para los “viejos aliados”, significa un bálsamo protector y justificante de gobiernos como los de Netanyahu, Milei, Kast y similares, que son los que Trump busca expandir en América Latina, Europa y Medio Oriente.
La Casa Blanca ha decidido que su política exterior se dedicará, en el futuro cercano, a imponer gobiernos de máxima obediencia y brutalidad política, por cualquier medio y en todos los países posibles. No hay ningún interés en contener en su accionar a aquellos valores que los demócratas transformaron en el concepto de “soft power” y que tanto bienestar les produjeron a miles de políticos, periodistas y jueces alrededor del mundo, a sueldo de la USAID y las demás agencias estadounidenses de influencia, “blindados” entonces por el propio Estados Unidos como defensores de “la libertad y la democracia”.
Un baño de realismo para los supuestos aliados de la “democracia occidental” que ahora verifican el desprecio de Trump para con ellos y con sus ideas.
La resolución de Trump de transformar, en los hechos y en el marco de su política exterior, a los “intereses permanentes” de Estados Unidos en los “intereses circunstanciales” de su facción política, es ya una decisión tomada.
La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional no habla ya de aquellos “viejos valores”. No se trata de apoyar la democracia. No se trata de defender principios que el llamado “occidente” ha dado por sentados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de proyectar un poder global que sólo refleje los intereses económicos temporales estadounidenses. De hecho, Trump mencionó, en su conferencia de prensa posterior a la invasión a Venezuela, veintisiete (27) veces la palabra petróleo y ninguna la palabra democracia. Punto final al soft power, bienvenida triunfal al wild power.
Este relanzamiento de Trump también coincide, tal vez no casualmente, con una crisis política y económica interna que lo acosa, marcada por la sucesión ininterrumpida de derrotas electorales de todo tipo, iniciadas en Nueva Jersey y Virginia, a la que se sumaron la pérdida de la Alcaldía de Nueva York ante su archirrival Zohran Mamdani, la disputa por los límites de los circuitos electorales de California, de la que también salió derrotado ante Gavin Newsom, e incluso la inesperada derrota en Miami ante la demócrata Eilen Higgins. Frente a este panorama, los muchachos del MAGA aspiran a salir adelante buscando e instalando de facto fronteras afuera, nuevos aliados, fraudes, invasiones y asesinatos mediante de ser necesario.
El plan en marcha aspira a que empresas estadounidenses controlen todos los recursos naturales estratégicos de la región latinoamericana, incluidos, sobre todo, el petróleo, los minerales críticos y las tierras raras. Su gobierno pretende crear una nueva cadena de suministro latinoamericano, con delegados como Javier Milei, que finjan como presidentes y con mano de obra cuasi esclava, desregulaciones laborales mediante, que le permita sustituir importaciones desde China, hoy aun imprescindibles para hacer funcionar la economía de Estados Unidos.
Mientras todo esto sucede, la política latinoamericana del siglo XXI, salvo honrosas y escasas excepciones, oscila entre propuestas medievales que se identifican con Trump y actores políticos que le hablan a un mundo que ya no existe, y que pretenden el cumplimiento de normas que ya nadie cumplirá, recitando un mantra de propuestas de solución que hoy no pueden reclamarse en ningún lugar ni tribunal. Los creyentes y devotos de la Gobernanza Global, la Carta de Naciones Unidas y el Derecho Internacional están hoy como aquellos sacerdotes que quieren convencer a los ateos de la existencia de Dios. Nadie cree ya que eso que enuncian como existente, realmente exista.
En las Universidades de Relaciones Internacionales se estudian muchas teorías políticas e históricas de los sucesos y épocas del mundo. Entre ellas el realismo político, que nace como una escuela de pensamiento en la teoría de las Relaciones Internacionales y que percibe al Estado y a su control como entidad suprema de ordenamiento social y planificación económica. Surge en respuesta al Idealismo Político, centrado en una idea de convivencia pacífica y armoniosa de la sociedad, cuya verificación histórica es bastante difícil de hallar.
Nuestros idealistas políticos del siglo XXI son como lobos aullándole a la luna, sin entender lo que está sucediendo. Los tiempos de Rousseau y el contractualismo parecieran hoy herramientas arqueológicas ante la vigencia brutal de los diagnósticos de Maquiavelo, Hobbes y Carl Schmitt sobre el mundo real.
Las historias de las insubordinaciones fundantes que permitieron que hoy sean países centrales los que lo son, deben ser el espejo donde mirar nuestro futuro, pero el realismo periférico que nos acompañe debe hacernos comprender que, como bien dijera Carlos Escudé, las autonomías relativas de países periféricos como el nuestro se han recortado a instancias mínimas, y por ende la profundización de alianzas internacionales más explicitas es el único futuro que puede mirar con esperanza el pueblo trabajador argentino.
Quienes aspiren a ser su dirigencia deberán asumir nuestro realismo periférico, que nos condiciona en nuestro accionar, aunque nuestra orilla deba estar del otro lado del río de Escudé, junto a los BRICS y sobre todo a Rusia y China, y lejos del sometimiento a Estados Unidos.
Fingir demencia y suponer que sin aliados estratégicos externos podremos volver a tener por la vía electoral un gobierno popular y antiimperialista, no es nada más que política metafísica, alejada de la realidad de este tiempo que nos toca y encaminada por esa errónea vía a nuevas frustraciones y debacles sociales.
*Analista político.



