• October 17, 2021 at 7:49 AM
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Fumando porro en la villa

Por E. Raúl Zaffaroni*

Es una pena, pero no puedo fumar marihuana, no porque me lo prohíba la ley ni mucho menos la Constitución, sino porque tengo una tendencia a la hipotensión arterial. Tal vez si pudiese me reiría con más ganas, porque así, apenas puedo sonreír. Quizá con un porro perdería el dejo de amargura que me impide la risa plena, lo que me pasa siempre que verifico la idiotez de algunos humanos y la facilidad con que un aparato publicitario puede llevar a una sociedad a la más disparatada de las paranoias.

Por eso, sin porro no puedo reír con ganas, plenamente, cuando asisto ahora al final de la estupidez de ciertos semejantes, cuya necedad ha costado dolor a muchos otros, torpemente inferido y con total gratuidad.

Ahora, al fin la madurez de nuestra sociedad abre el debate sobre el uso medicinal y “recreativo”, como le dicen, con esa palabra que me recuerda el timbre del final de clase. Y aunque nunca jugué a la quiniela, siempre algunos números me dan vuelta en la cabeza, en especial dos: 20.771 y 20.280.

Son historias que debo contar a los pibes, porque la mayoría de los veteranos se las ocultarán, dado que a nadie le gusta recordar que le hicieron hacer el papel de imbécil. Por eso, si ahora lo escribo es porque quiero contárselas a los pibes de hoy, a quienes otros no se las contarán.

Seguramente no les relatarán que hace cuarenta años o un poco más, en tiempos del “brujo” y luego de la dictadura de seguridad nacional, el porro estaba unido al terrorismo, decían que la marihuana la traían los comunistas, aunque todos sabemos que la plantita no se desarrolla bajo la nieve moscovita, pese a que aquí nunca faltan lobos que “aúllan de hambre” y no son los de Agustín Magaldi, sino los sádicos para los que la alegría de los pobres es un pecado, porque les está prohibido ser felices, ni siquiera sexualmente, por eso se escandalizan de lo que dice festivamente una candidata.

Lo que sucede es que a los “odiadores” de siempre el odio les impide ser felices, porque nadie puede serlo del todo mientras hace sufrir a otros, salvo los psicópatas sádicos, pero como ellos no lo son, sino que sólo se limitan a “psicopatear” (ni siquiera en eso son del todo auténticos), lo que hacen es proyectar su frustración: si yo no consigo ser del todo feliz, que nadie lo sea y menos los que son objeto del odio que me lo impide.

Sí, pibes y pibas de hoy. Tienen que saberlo: hubo tiempos en que por fumar un porro eras un “terrorista”. Estereotipos de otro momento, sí, pero que vinculaban la ley “antidroga” contra la marihuana “moscovita” y el “terrorismo subversivo”. ¿Y quiénes sostenían esa idiotez cósmica? Los jueces entre muchos. No todos, reivindico la querida memoria de Julio Maier, a quien un día le volaron la casa con un bombazo, y a unos muy contados colegas más. Otros me decían por lo bajo: “Raúl, no te metas con eso, que es peligroso, guarda que la mano viene fuerte”.

 Busquen sentencias de la época. Leerán en algunas que hallar restos de marihuana en el bolsillo de un adolescente era un delito contra la “seguridad nacional”. Y condenaban a pibes de catorce años, porque para “prevenir la delincuencia infantil” habían bajado la edad de responsabilidad a catorce años, como no hace mucho quiso hacer una ministra de “seguridad” que en aquellos años militaba en la “subversión”.

Los pibes tienen que saberlo: no era “joda”, te marcaban con una condena penal, te la tatuaban para que te consideres un “perdido”. Y si te pescaban por segunda vez, ibas a prisión efectiva. La estupidez sádica no tenía límites. Por supuesto que caías en ese tatuaje social si fumabas en una plaza o en una esquina, porque eras pobre y no tenías la cobertura de hacerlo a buen resguardo. Y a los pocos que nos animábamos a decir que eso no era un delito, la “tribuna de doctrina” nos estigmatizaba, con artículos o editoriales inspirados por cierto personaje integrista que cerraba telones de teatros donde unas pobres pibas ganaban lo que podían bailando mal y desacompasadamente.

¿Uso “recreativo”? No era recreo ni juego, era un delirio colectivo: el mal “cósmico universal” era la “droga”, palabra misteriosa que abarcaba todo. A la “droga” se atribuía la “subversión”, la “delincuencia”, la “degeneración”, la “promiscuidad”, la “homosexualidad”, el “desenfreno”, mezclado con el “rock” y los moscovitas que nos querían degenerar la “raza”.

Se afirmaba, con la acostumbrada seriedad adusta de los inconscientes, que si fumabas un porro quedabas “pegado” y se suponía que sentías la necesidad de fumar todo el día, de afanar guita para conseguir el porro, de matar a tu vecino, tocabas algo que te atrapaba para toda la vida. Y cuando mirabas al delirante y le decías que no era para tanto, que la marihuana no tenía ese efecto, te decía que si empezabas con el porro no parabas hasta el opio y la morfina, aunque nunca se vio un morfinómano en la Argentina, al punto que cuando aparecía algún gringo morfinómano los médicos lo estudiaban, porque aquí no se conocían.

La paranoia inducida no tiene límites o, mejor dicho, la idiotez humana no lo tiene. Todo era “droga”, hasta las hojas de coca, sí, el tecito de coca que te dan en Bolivia para curarte el “soroche”. En el decreto que precisaba qué era “droga” en la famosa 20.771 habían incluido las hojas de coca. ¿Por qué? Porque con un kilogramo de esas hojas en un laboratorio se consigue producir un gramo de clorhidrato de cocaína. ¿Te imaginás lo que sería masticar un kilo de hojas de coca? Además, la cocaína no entra por el estómago, sino por los pulmones. Menos mal que no se les ocurrió hacer lo mismo con cualquier otro estimulante, como el café, porque del café se obtiene la cafeína, o con el mate, que tiene mateína, claro que no con el té, que es más fino, pero tiene teína, que es igual a la cafeína.

Y sostuve –con elemental lógica- que no era lo mismo la coca que el clorhidrato de cocaína y que el “coqueo” era inocuo. Lo probaba con una investigación del Instituto de Patología Regional del Norte, que entre cincuenta policías que coqueaban y otros cincuenta que no coqueaban, la única diferencia que encontraron fue que los primeros tenían un poco menos de colesterol.

Pero me revocaron la sentencia y condenaron a un matrimonio de ancianos bolivianos que en la audiencia me miraban como a un marciano, porque no entendían por qué estaban en un juzgado y, a decir verdad, yo tampoco cuando miraba la bolsita de plástico secuestrada con 20 gramos de hojas de coca. Los jueces serios y formales me dijeron a mí, al juez “desviado”, que si mañana el ejecutivo ponía el café en la lista de estupefacientes, estaba bien y había que condenar a los que tomasen café. Y la “tribuna de doctrina” los aplaudió.     

Y aunque no lo crean, pibes y pibas de hoy, había también médicos diciendo todas esas insensateces, porque a veces son más peligrosos que nosotros los abogados. No se olviden que fueron ellos los que inventaron todas esas falsedades que en Europa llevaban a miles de seres humanos a los campos de exterminio mientras yo ya era un nene que estaba haciendo palotes en la escuela pública de mi barrio. No sólo los abogados cargamos con la inquisición. ¡Ojo a esto! La estupidez no se limita a algunas cátedras jurídicas ni se oculta únicamente bajo las togas.

Me cansé de leer expedientes con muertos, de ver fotos de cadáveres apuñalados entre borrachos, pero del alcohol nadie hablaba. No hay tóxico más criminógeno en nuestro país que el alcohol y desafío hasta ahora a cualquiera a que revisemos números y procesos. Pero la marihuana sí, para los delirantes era generadora de delitos y de todos los males. Esa era la mentira absurda, ridícula, sostenida por descerebrados con una copa de whisky en la mano y voz ronca por los que antes habían pasado por su garganta.

Y ahora, cuando la sociedad parece ir saliendo de su delirio insensato y con mínima madurez se puede discutir la cuestión, me dicen que no es lo mismo fumar un porro en el barrio norte que en una villa de emergencia. Claro, porque en la villa hay “dealers”. ¿Acaso en el barrio norte la compran en el supermercado? Y, además, si querés acabar con los “dealers” y el tráfico, creo que a cualquiera con sentido común se le ocurre que lo mejor es reguilar la venta. El juego prohibido acabó cuando el juego se oficializó. ¿O no? ¿O se quiere decir otra cosa? ¿Acaso se quiere decir que en la villa el piberío sólo puede mambearse con pegamento y “paco”, que les hacen pelota las neuronas? Prefiero no creer que se quiso decir semejante atrocidad. 

Pero la historia es más larga, por cierto. La marihuana se prohibió en Estados Unidos antes que el opio, porque la llevaban los mexicanos. Las prohibiciones de tóxicos que de allí se expandieron al mundo no respondieron a razones de salud, sino al rechazo de inmigrantes por una sociedad discriminadora. Cuando los “puritanos” prohibieron allí el alcohol, era porque lo consumían los inmigrantes europeos católicos y protestantes con cultura de taberna y el resultado fue crear la “mafia” y dejar ciegas a miles de personas por consumir alcohol metílico, porque como era obvio, nadie controlaba la calidad de la producción clandestina

Pero el norte civilizado no penaba el uso del opio, porque los ingleses lo producían en la India, donde representaba un 15% de sus exportaciones, y lo siguieron haciendo hasta 1931, acompañado por falsos informes médicos que decían que no era perjudicial. Por eso habían invadido dos veces a China, para imponerle la supresión del impuesto a su importación. ¿O se olvidaron de las “guerras del opio”?   

Pero volvamos a nuestro país, porque los pibes y pibas tienen que saber que detrás del porro hay un problema más fundamental, deben saber que en esa discusión, que parece tan pequeña y limitada, se juega todo el sentido del derecho argentino, o sea, del “¿para qué?” mismo de nuestro derecho.

Seguro que se lo explican en los colegios, pero no sé si lo hacen bien, si le dan la importancia que la cuestión tiene. Seguramente les recuerdan que hay un artículo 19º en la Constitución. Se los repito: “Las acciones privadas de los hombres (y de las mujeres, claro) que de ningún modo ofendan el orden ni la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados”.

¿Sabés lo que esto significa? Que sos una persona, con derechos por el sólo hecho de ser humano, que tenés conciencia moral, que podés decidir qué es lo bueno y lo malo con tal que no jodas a nadie, y que todo el derecho vigente debe servir para garantizarte eso, que no sos un bicho al servicio de ningún ente superior inventado por cualquier mal nacido, sino que podés elegir y proyectar ser lo que elijas ser, que sos responsable de tu existencia.

Este artículo, que nos viene desde los primeros balbuceos de nuestro derecho independiente, es el eje central de todo nuestro orden jurídico, como lo señaló alguien a quien nadie osará decir que era un marxista, nada menos que José Manuel Estrada, el único de nuestros constitucionalistas de la primera generación que se dio cuenta de la trascendencia central de este artículo.

Detrás del simple derecho que tenés a fumar un porro “recreativamente”, en el barrio norte o en la villa, está la eficacia de este artículo. ¿Te parece mucho? No, creéme que no exagero ni en lo más mínimo. Detrás de las insensateces y falsedades de hace cuarenta años, estaba escondida la pretensión de anular este artículo, porque los insensatos “odiadores” no sólo criminalizaban fumar un porro, sino que acabaron con 30.000 vidas humanas, no te olvides.

¿Se escandalizan los “liberales” de hoy? ¿Sólo quieren libertad en el barrio norte? Se olvidan los “odiadores” que usurpan en nombre de “liberales” de que el 19º es la consagración misma de ese liberalismo “político”, del bueno, del de la impronta liberadora de las mujeres pobres que avanzaban allá lejos cantando la Marsellesa, del único que puede garantizar una sociedad con democracia plural. No nos llame la atención que se escandalicen, pues en nuestro país los usurpadores del nombre de “liberales” fueron los que bombardearon la Plaza de Mayo, los que fusilaron sin proceso y sólo por orden del dictador de turno, los que proscribieron al radicalismo yrigoyenista y al peronismo, los que en 1930 dieron un golpe de estado fascista, los que encarcelaron y exiliaron opositores masivamente y los que después mandaron armamento al régimen golpista boliviano y hoy siguen persiguiendo con el “lawfare”, los que siguen teniendo presa a Milagro Sala con un poder judicial de “pseudojueces” emparentados, porque ahora ya no es la guerra a la marihuana moscovita, sino que el nuevo Satán es la “corrupción”, la que le inventan a los otros en toda Latinoamérica, pero no la real y propia, la de los que endeudan y hacen desaparecer mágicamente los millones de dólares de la deuda que tendremos que pagar todos.   

Pibes y pibas: ¡Pónganse las pilas! Tienen que saberlo. Por eso se los cuento, porque detrás del simple porro hay mucho más que hace a sus vidas futuras en una sociedad democrática. La pelea no es sólo por el porro, sino por el derecho a ser libre sin joder al prójimo y por eso responsable.  

*Profesor Emérito de la UBA.   

Fuente: La Tecl@ Eñe

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