• June 25, 2021 at 4:27 AM
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Antonella y la muerte en las tomateras de Lavalle

Por Silvana Melo

En uno de los últimos días del abril pandémico murió Antonella. Tenía 16 años y vivía en Lavalle, entre las tomateras que hacen correr el veneno en los surcos hasta las casitas de alrededorEn 2012 murió José Kily Rivero, su hermanito. Como Nicolás Arévalo y su prima Celeste, un año antes, jugaban en el patio de casa, rodeado de cultivos, donde el barro es de tierra y veneno. Los dos chiquitos murieron y Celeste tiene secuelas hoy, después de diez años. Cuando ya es adolescente como era Antonella, estragada por un cáncer fulminante que asomó desde su pierna en 2020. Y se la fue llevando de a poco, primero en el Garrahan y finalmente en Corrientes, cuando ya no había esperanzas de retener esa vida tan joven. Tan maltratada por un sistema feroz.

La enfermera Mercedes Méndez conoció los casos de Celeste y Kily y los denunció hace diez años. A Antonella la acompañó el año pasado en el Hospital Garrahan. Los chicos de las tomateras fueron su bisagra: ellos parieron a una luchadora enfrentada a un modelo que carcome la vida de los niños. Que los enferma y los mata. Por eso fue a Lavalle y conoció el territorio envenenado, habló con las familias y supo del dolor que crece desde la tierra, como los brotes de la agroindustria.

Mientras tanto, los niños se morían de cáncer, de leucemia sin detectar las causas de esas enfermedades. Después de 25 años de la entrada al país de la soja transgénica y su maridaje fatal, el glifosato, ya deberían existir laboratorios en determinados hospitales públicos para detectar tóxicos ambientales en la sangre de las víctimas. Y establecer asociaciones con los síntomas y las patologías de los pacientes, como una política sanitaria urgente. Laboratorios de acceso libre y gratuito, divorciados de los intereses económicos.
Lavalle, rodeado por venenos

Después de la denuncia de la enfermera Mercedes Méndez ante la Defensoría del Pueblo de la Nación en 2013, el organismo dictó una resolución en 2018 en la que recomendaba el control del uso de agrotóxicos y un camino imprescindible hacia la agroecología en esa región de Corrientes. Un año después, en noviembre de 2019, los funcionarios viajaron a Corrientes y recorrieron el pueblo de Lavalle y las tomateras, fatalmente inescindibles: los tomates y los pimientos se producen a diez o veinte metros de las casitas de madera y chapa de la gente que vive en las periferias, las fumigaciones ni siquiera necesitan de las derivas para alcanzar a los niños como Kily o Nicolás o Celeste, que juegan en los pantanos plagados de agua con veneno. O que reciben directamente en sus patios la lluvia que enferma. Pero también hay cultivos en la zona urbana, a orillas de las calles.

Las viviendas de los trabajadores rurales y de la gente de los pueblos cercanos están implantadas en medio de las plantaciones. El costo en salud es incalculable. A la vez la escasez de información y conciencia de los riesgos por parte de la mayoría de los trabajadores, los expone a las fumigaciones sin la protección imprescindible y al temor de perder el trabajo.

El informe de la Defensoría, aclara que parte del recorrido se concretó bajo la lluvia. “De aplicarse agroquímicos en las plantaciones –dice-, la exposición a ellos por parte de la población es inevitable, ya que además de la deriva primaria al momento de la aplicación, la deriva secundaria y el propio arrastre del agua de lluvia que pasa por la tierra sembrada y corre por todo el territorio, alcanzarían fácilmente los espacios públicos de circulación y los terrenos vecinos, incluidos los de viviendas particulares”. Los vecinos les hablaron de surcos de “agua colorada” que invaden, desde los campos, las casitas de la gente. Esas mismas aguas van a parar al Paraná.

A las tomateras, la región correntina suma el maíz y el arroz. En este último caso, la fumigación es por vía aérea. Los trabajadores les hablaron de endosulfán entre los químicos que se aplican en Lavalle. El mismo veneno que inundó el cuerpito de Nicolás Arévalo en 2011, que sobre su martirio se prohibió pero con la franquicia de liquidar el stock hasta el 2013. Aparentemente, según la Defensoría del Pueblo, se seguiría utilizando en algunos cultivos de Lavalle. “Se han detectado elevadas concentraciones del mismo en frutas y verduras adquiridas en comercios, llegando incluso a ser el plaguicida con mayor frecuencia de detección en uno de los análisis realizados”, determina el informe.

La incidencia del cáncer en el sistema de salud en esa región es escalofriante: “en sólo una semana, la Municipalidad ha debido costear los viáticos de aproximadamente unas 60 personas para que estas accedan a atención oncológica en la ciudad de Corrientes (ubicada a unos 200kms), ya que en los establecimientos más cercanos no cuentan con disponibilidad para tal asistencia”. ¿Cuánto de estas cifras surge de la aplicación de agrotóxicos? El informe no responde a esta pregunta crucial.

Pero además, se pone en debate la potabilidad del agua y el supuesto reciclado de los envases, amontonados sin catalogar, con restos de químicos y las tapas abiertas. Las niñas y los niños de Lavalle están expuestos al veneno del agua que toman, del barro que pisan, de la lluvia que les cae, de los bidones amontonados, de los tomates que sufren y de los tomates que comen. En semejante contexto Mercedes “Meche” Méndez considera inexplicable “que las investigaciones sólo apunten a tratar la enfermedad”.

En sus últimos tiempos Antonella debía ser trasladada en ambulancia hasta el hospital donde la atendían. Y sufrió las consecuencias de una sociedad deshumanizada: vecinos le cerraban la calle para que no pasara. Argumentan que es un espacio privado. No existe otra calle por donde pueda transitar una ambulancia. El día de su entierro –dice su madre: “sufrió hasta último momento”- habían cavado una fosa de cinco centímetros. Con sus propias manos y una pala desafilada la misma familia tuvo que ahondar el pozo donde se quedaría Anto, desairada y zaherida hasta su día final por un sistema perverso.

Consciente del después, Antonella soñaba el cielo con Kily tocando la guitarra y ella el ukelele. En un tiempo y un lugar sin venenos, sin dolores.

Fuente: APe

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