• 18 de julio de 2018, 9:07
Inicio | Política

Morir dos veces

Por María Soledad Escobar, co-autora del libro “Inundados La Plata: Lo que el agua no encubrió”

 
 
 
 
 
Las inundaciones del 2 de abril de 2013 fueron catastróficas, tanto en vidas humanas como en pérdidas materiales. Y el desastre se magnificó por el mal manejo de la información: nos hablaron de 51 fallecidos. A mí me pueden mentir con la inflación, pero no con mis vecinos muertos. Así, empecé a recorrer las comisarías para constatar el número de víctimas y grabar a los comisarios correspondientes. Me puse en contacto con Luis Arias, el único juez comprometido con la causa y comencé a investigar con él.
 
 
Los primeros casos que encontré tenían irregularidades en los causales de deceso. Por ejemplo, figuraban como fallecidos por causas naturales, cuando en realidad se habían ahogado. Un día me llamó una mujer y me dijo que enterró a su papá dos veces. Constatamos en los papeles que eso era cierto: entonces, había una doble inscripción por la muerte de una misma persona, una era legal y la otra la hizo la policía a través de un instrumento llamado “formulario 25”, que permite, con el testimonio de dos personas que acrediten la identidad del fallecido, obtener una licencia de inhumación para enterrarlo en cualquier cementerio. 
 
 
A partir de ahí no paramos hasta allanar la morgue. Cuando lo hicimos, ya había registrado cinco licencias de inhumación que la Bonaerense había obtenido con ese formulario, con testigos que eran siempre policías y daban domicilio en la morgue policial, para cuerpos que no estaban ahí. Es decir, cinco cheques en blanco para enterrar cadáveres con falsa identidad y hacer desaparecer personas. De esos cinco se habían enterrado dos, dos cuerpos que no sabemos de qué fueron víctimas, porque no hubo forma de probar nada. Lo que vi en esa morgue era el horror. El 30% de los muertos no estaban rotulados o tenían rótulos erróneos, como el cadáver de un adulto cuyos documentos aseguran que se trata de un niño quemado y entregado a su familia. ¿De quién era ese cadáver? No había forma de saber, así como con otros veinte cuerpos que no se podían identificar. 
 
 
La catástrofe del 2 de abril desnudó estos procedimientos atroces de la Policía para desaparecer personas en democracia. Y acá surge una pregunta fundamental. ¿Dónde está Jorge Julio López? En la investigación registramos un cuerpo con el número 13520: se trataba de un cadáver antiguo que decía “Fernández”, pero en los papeles el 13520 correspondía a Matías Cañedo, que había sido entregado a los familiares. El tal Fernández llevaba el número 13528, enterrado con este método irregular. O sea, no era ni Cañedo ni Fernández, y la fecha databa del 26 de septiembre de 2006, 10 días después de la desaparición de López. Esta información la tiene el Poder Judicial.
 
 
 
 
Además del formulario 25, encontramos otros métodos que las Fuerzas utiliza para esconder los cuerpos, como cambiar el lugar de defunción y acreditar que murieron en otro lado, o quitarles la identidad y enterrarlos como NN, como pasó en la dictadura e igual que hicieron con Luciano Arruga. Otra cosa que vimos que hacía la Policía, entre estas irregularidades gravísimas, era buscar en los padrones y las guías telefónicas padres falsos para pibes desaparecidos, con los cuales acreditar apariciones falsas. 
 
 
Por supuesto, en el medio de esto recibí todo tipo de amenazas e intimidaciones. A las 24 horas que salí de la morgue recibí por Facebook la primera amenaza de muerte. Días después, la misma noche en que Arias presentó la sentencia, tenía efectivos apostados en la puerta de mi casa que me miraban y se reían. Un día en que llamé al cementerio de Cañuelas por un caso, se comunicaron con la morgue porque me confundieron con alguien de ahí: esa noche un tipo casi me tira abajo la puerta.
 
 
Es insólito que la Policía tenga ese poder.
 
 
No deberían manejar las morgues ni la investigación penal. Eso tiene que estar a cargo de jurisdicciones civiles y judiciales. No se puede inscribir una propiedad dos veces en el registro de la propiedad, tampoco un automotor, pero sí se puede inscribir una defunción dos veces. Entonces ¿Qué es lo que más valora esta sociedad? ¿Dónde queda la vida?
Fuente: La Poderosa

Política