• 17 de diciembre de 2018, 0:58
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Autocrítica

Por Eduardo de la Serna

"La autocrítica es propia de una dialéctica de izquierda que yo no practico"
(María Julia Alsogaray, 1999).

Se ha dicho que una autocrítica – por ejemplo, del gobierno anterior – es necesaria. Y, de entrada, debo decir que coincido con eso. Creo que hacer autocríticas es fundamental para crecer, para no repetir errores pasados, para repetir o fortalecer los aciertos o simplemente para mejorar. En el lenguaje de la catequesis es lo que se llamaba “examen de conciencia”.

Ahora bien, si yo hago una autocrítica de mi pasado como párroco en tal parroquia, o de una clase que di, o de mi relación interpersonal con Fulano, ¿debo hacerla pública? Ciertamente ese es otro tema. Una de las patologías contemporáneas es la incapacidad de “privacidad”; pareciera que todo debe hacerse público y conseguir la mayor cantidad posible de “me gusta”. Algo que en tiempos de Big Data es peligrosísimo.

El poder inteligente, de apariencia libre y amable, que estimula y seduce, es más efectivo que el poder que clasifica, amenaza y prescribe. El botón de me gusta es su signo. Uno se somete al entramado de poder consumiendo y comunicándose, incluso haciendo clic en el botón de me gusta. El neoliberalismo es el capitalismo del me gusta. Se diferencia sustancialmente del capitalismo del siglo XIX, que operaba con coacciones y prohibiciones disciplinarias. [Byung-Chul Han, Psicopolítica (Herder 2014) 17]

Creo que la autocrítica es necesaria, publicarla no. De esto habló Raúl Zaffaroni hace tiempo con su reconocida sensatez y lucidez.

Teniendo esto en cuenta, me limito a señalar algunos ambientes en los cuales me gustaría que haya una autocrítica -o deseo que la haya habido- aunque esta no sea pública.

  • Quisiera una urgente autocrítica del gremio docente (e incluyo a gremialistas). Fue uno de los sectores que más votos aportó para que hoy, el cerrador y la cerradora de escuelas sean gobierno. Es cierto que, por ejemplo, Daniel Scioli fue un desastre, que Cristina tuvo frases poco felices con los docentes, pero no es menos cierto que se abrieron más de 1000 escuelas, a lo que debe sumarse los jardines de infantes y las Universidades públicas. Tampoco es de olvidar el aumento sistemático de los salarios docentes. Ahora se cierran escuelas por “poca matrícula” (es decir por “costos”, porque la educación es un costo, no un derecho, ni siquiera una inversión), o para que pase el Metrobus (engendro porteño que es utilizado en muchísimas ciudades pero que en la CABA fue reformulado de modo de no perjudicar a las empresas de transporte). Hoy no hay paritarias nacionales docentes, y hasta escuchamos ridículamente la oferta del 12% (CABA) argumentando que ganan bien (es decir: con una inflación que el mismo gobierno afirma del 15%, y nadie cree, se les avisa que sus sueldos bajarán de poder adquisitivo).
  • Quisiera otra autocrítica de los sectores jubilados. Creyeron el slogan vacío de un 82% móvil y ahora se encuentran (nos encontramos) con una variación de precios por debajo de la inflación. Es decir, un descuento del estilo de aquel 13% que realizó la alianza (Gerardo Morales y Patricia Bullrich especialmente), sólo que -como tantas cosas del gobierno- se hace, pero no se dice (como la pena de muerte o el estado de sitio), o -peor aún- se dice exactamente lo contrario con la connivencia cómplice de los Medios de Comunicación.
  • Quisiera una autocrítica de cierto empresariado (de otro sector no espero nada) que se encuentra con que debe despedir empleador y hasta de formatear su empresa productora en una empresa importadora. Y pienso, además, en sectores afines como taxistas, comerciantes y otros sectores de la llamada “clase media”, hoy “ex”.
  • Quisiera una autocrítica de algunos sectores eclesiásticos (lamentablemente de otras tampoco espero demasiado). Tristemente, pseudo autocríticas, como la de su “silencio” en la dictadura cívico-eclesiástico-militar (por no hablar de participación, que la hubo) que muchos juzgamos insuficiente no nos permiten alentar demasiada confianza en que la habrá. Pero la “Iglesia de los pobres” no puede permanecer callada ante tanta abominación (decía en otra ocasión el beato mártir Oscar Romero). No se trata sólo de hablar (cada tanto) de los pobres, ni siquiera se trata solo de amarlos, Puebla (1142) destaca también la necesidad de “salir en su defensa”. Y – se me concederá – los pobres son indefensos en esta sociedad de impunidad neoliberal.

Es cierto que, si la autocrítica se realiza, pero no se hace pública no tendremos forma de saberlo. Pero no es menos cierto que “en la cancha se ven los pingos”, “el movimiento se demuestra andando”, es decir, “por los frutos se conoce el árbol”. Ya vemos los frutos de lo que se ha hecho (aunque ahora cada vez más se manifieste en actos públicos con el “hit del verano”), y ojalá podamos desear ver pronto otros frutos de justicia, de verdad, de paz. La susodicha grieta (en la que no creo, pero sirve para pensar) sólo puede cerrarse si estos frutos empiezan a aparecer por todas partes. Y ver lo sembrado y – autocríticamente – cambiar la semilla por una donde quepan todas y todos parece bastante sensato. Aunque no le guste a María Julia (ni a María Eugenia, su clon).

Foto tomada de Editorial Buen Camino

Fuente: Blog de Eduardo de la Serna

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