Publicado el Apr 15, 2026 | Cultura
Pensemos en una escena cotidiana. Una familia sentada a la mesa con la comida servida.
Alguien, de repente, dice que no tiene hambre. O come sin parar sin poder explicar por qué.
O lleva semanas contando cada caloría con una precisión que ya no tiene nada que ver con
la salud.
Casi nunca el problema está en el plato.
Comencemos por algo muy simple, hay algo en la boca humana que vale la pena observar.
Sirve para comer y también para hablar. Es el lugar por donde el mundo entra en nosotros y
por donde nosotros salimos al mundo con la palabra.
Eso ya nos dice algo importante. En el ser humano, la comida nunca es solo comida.
Desde el comienzo de la vida, comer ocurre en una escena donde hay alguien que ofrece,
alguien que mira, alguien que espera algo. Por eso aceptar o rechazar el alimento nunca es
un gesto puramente biológico. Siempre hay algo más en juego.
Y cuando esa relación con la comida se vuelve conflictiva, muchas veces el cuerpo está
diciendo algo que todavía no encontró palabras para expresarse de otra manera.
Actualmente vivimos tensionados bajo una serie de contradicciones que nos bombardean
todo el tiempo, desde la pantalla del celular hasta la góndola del supermercado.
Consumí sin límite. Pero controlá tu cuerpo.
Disfrutá. Pero disciplinate.
Comé. Pero no engordes.
Esto no es solo una tensión cultural. Es una estructura que nos atraviesa.
El sistema produce objetos sin parar y cada vez que aparece una sensación de vacío,
ofrece algo nuevo para llenarlo. Comida, dietas, suplementos, promesas de bienestar…
siempre hay algo más. El capitalismo funciona particularmente bien con esta lógica. Si el
deseo se engancha en una cadena infinita de productos, la rueda no se detiene (D. R.
Dufour, “El fenómeno trans”).
Pero ese vacío insiste. Porque no es un error ni una carencia que haya que corregir.Es
parte de nuestra estructura. Ningún objeto lo llena del todo. Siempre queda un resto.
Cuando ese vacío no encuentra palabras, muchas veces habla a través del cuerpo.
En la práctica clínica en la Fundación vemos esto cada vez con más frecuencia. No solo en
adolescentes, como suele pensarse, sino también en adultos, y en niños cada vez más
pequeños.
La anorexia, la bulimia, la alimentación compulsiva no son simplemente hábitos patológicos.
Son síntomas. Y los síntomas siempre dicen algo para quien quiera escuchar.
Hay una formulación del psicoanálisis que parece contradictoria pero apunta a algo muy
preciso. En la anorexia la persona no simplemente deja de comer. En cierto sentido, come
nada (J. Lacan, Seminario 4, “La relación de objeto”).
Cuando alguien rechaza el alimento que se le ofrece, no siempre está rechazando
únicamente la comida. En ese plato muchas veces se pone en juego el deseo del otro, sus
expectativas, sus demandas. Al introducir la nada en ese lugar, el sujeto está respondiendo
de la única manera que encontró. Está diciendo: sobre mi cuerpo, no decidís vos.
En una sociedad organizada alrededor del consumo permanente, ese gesto resulta
particularmente inquietante. Mientras el mundo insiste en que siempre hay algo más que
incorporar, la anorexia responde introduciendo la nada donde el sistema impone objetos
infinitos. La bulimia, por su parte, queda atrapada en un circuito de consumir y expulsar que
reproduce la lógica misma del mercado sin filtros. La alimentación compulsiva intenta
taponar con comida un agujero que ninguna cantidad de alimento logra cerrar, muchas
veces generando cuadros severos de obesidad, con toda una serie de patologías
asociadas.
Respuestas distintas a la misma imposibilidad de habitar un mundo que ofrece objetos para
tapar lo que es intapable.
Hay algo que conviene nombrar porque en nuestro país es especialmente visible. Mientras
ciertos sectores desarrollan síntomas ligados al exceso y al control obsesivo del cuerpo, en
los barrios populares conviven el hambre y la obesidad infantil. No porque los chicos coman
demasiado, sino porque lo único accesible suelen ser alimentos ultraprocesados, baratos y
de bajísima calidad nutricional.
El capitalismo produce simultáneamente abundancia y exclusión. Algunos quedan
atrapados en el exceso de consumo. Otros caen directamente fuera de la rueda. En todos
los casos, el cuerpo termina pagando el precio.
El problema entonces, no es cuánto se come, sino cómo el sistema organiza la alimentación
de manera profundamente desigual.
En este contexto hay que estar atento, ya que cuidar el propio cuerpo no tiene nada de
malo. El problema aparece cuando ese cuidado se transforma en vigilancia permanente, en
culpa constante frente a la comida o en una relación de sufrimiento sin salida visible.
Cuando la comida deja de ser una experiencia compartida y se convierte en una ecuación.
Cuando el cuerpo deja de ser algo que habitamos y pasa a ser algo que administramos.
Ahí conviene detenerse y buscar con quién hablar.
Porque detrás de lo que parece solo un problema alimentario, muchas veces hay algo que
está buscando palabras. Para eso existe el trabajo terapéutico, para que eso que el cuerpo
dice en silencio pueda empezar a hablar.
*Miembro Adherente de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, que ofrece atención clínica y espacios de formación en Buenos Aires.
Fuente: Liliana López Foresi




