• August 9, 2020 at 2:55 AM
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La distopía macrista

Por Fernando Urribarri


Notas provisorias para un psicoanálisis del neoliberalismo

El poder precisa operar sobre los sujetos en la conjunción del afecto y la imaginación. Su potencia está tanto en hacer temer como en hacer desear. Gobernar es, siempre —aunque no sólo—, priorizar, promover y gestionar ciertas pasiones, articuladas en un imaginario social, al servicio de un proyecto.

La política macrista ha basado parte de su potencia en la instauración de una distopía, de un imaginario distópico. La distopía devino el género paradigmático de la vida social en la globalización neoliberal. Es el relato del fin de las utopías y las anti-utopías: del arrasador triunfo de las corporaciones y del “realismo capitalista” (Fisher) que procura erradicar los deseos libertarios del alma humana, clausurando los proyectos individuales y colectivos de autonomía a los que históricamente dieron lugar.

En última instancia, el neoliberalismo es una máquina de guerra de clase para instaurar y normalizar la percepción de la desigualdad extrema. “La economía es el método, el objetivo es el alma”, sintetizó Margaret Tatcher. Por eso desde Blade Runner hasta Black Mirror la distopía contemporánea tematiza la colonización de la subjetividad en el capitalismo tardío: los sueños son capturados y formateados por la sociedad del espectáculo. El macrismo fue la importación y aplicación nacional de este imaginario y sus dispositivos.

Puede decirse que lo que Franz Kafka y G. Orwell fueron al totalitarismo burocrático de la primera mitad del siglo XX, Philip Dick lo es a las sociedades de control (Deleuze), al mundo “pos-industrial”. En la distopía todo parece normal, pero no lo es, aunque no se consiga decir por qué. Se vive la experiencia de que lo familiar se vuelve inquietantemente extraño, tiñendo la existencia con el sentimiento de lo siniestro.

En la génesis de la vivencia de lo siniestro, Freud distingue, al menos, dos dinámicas: el retorno de lo reprimido y el retorno del animismo. Esquemáticamente: en el primer caso, el Yo se topa con la aparición de lo ”perverso polimorfo” (los violentos impulsos infantiles, incestuosos y homicidas, que debió reprimir y sublimar para acceder a la cultura). En el segundo, el sujeto recae en el pensamiento mágico y vivencia la invasión de fuerzas oscuras que lo descolocan. La “omnipotencia infantil” retorna desde el afuera, con un signo negativo, provocando sentimientos de ajenidad y desamparo. Por un instante de vértigo, que pone en jaque la propia identidad, el principio de realidad deja su lugar a la violenta emergencia de potencias extrañas. Así, Freud relata la sensación de pesadilla diurna en una ciudad italiana que deviene laberinto: queriendo alejarse de un barrio vuelve a caer una y otra vez en él.

La vida bajo el macrismo dio lugar a ambas vertientes de lo siniestro. Por un lado, el animismo dolarizador, reedición de la subjetividad menemista, con su aspiración de primer mundo “made in Miami”. Su reverso es la ominosa y omnipresente “mano del mercado” que, mientras segrega a los excluidos, a los “prescindibles”, impone su lógica monetaria hasta en lo más íntimo de la relación del sujeto consigo mismo y con los otros. Por otro lado, el retorno de lo reprimido y de lo represor: el ataque a la política de derechos humanos (juicios, etc.), la violencia estatal (Maldonado desaparecido y asesinado), la doctrina Chocobar/Bullrich, etc.

Retorno de la violencia estatal y del pensamiento mágico. Ambas vertientes se conjugan en la versión corporativa del deseo micro-fascista 2.0 de un “país normal”, del restablecimiento conservador de un orden represivo que instaure un buen «clima de negocios». Para ello se explotó e instrumentalizó el odio. Este culto y uso del odio es uno de los rasgos más distintivos del macrismo. Es donde el menemismo se conjuga con la resurrección de un racismo y un gorilismo que desde el ’55 y el ’76 no se veían (Diarios del odio se titula la instalación de Roberto Jacoby basada en la recolección de los dichos odiosos que traman el alma del manifestante PRO).

La construcción de la distopía macrista se completa con la impostura sistemática: perseguir y victimizarse al mismo tiempo; hablar de libertad practicando la censura; destruir declamando progreso; robar acusando a los otros de ladrones; judicializar la política con coreografía de fiesta de quince y globos amarillos; etc. La distopía macrista supuso un ataque sistemático al principio de realidad como matriz de sentido que funda la vida en común: el reino troll de las fake news y el blindaje mediático —que son esenciales a la contra revolución neoliberal. La batalla no es tanto discursiva, “ideológica”, sino perceptiva. La práctica gubernamental y la promoción social del mecanismo de desmentida (Freud) son su clave. El rechazo psíquico de lo insufrible proyectado con odio sobre los otros/enemigos es uno de sus pilares. El retorno de lo desmentido —el fracaso de la negación— es fuente de una vivencia de desamparo. Para evitarla, los individuos suelen aceptar, mientras les sea posible, el pacto siniestro de desmentida. Es una pieza clave de la “servidumbre voluntaria” a la que los explotados, a veces, pueden entregarse.

Conocíamos el oxímoron “inteligencia militar” y con el macrismo se suma otro: “la cultura empresarial”. Una “cultura” (discurso) que aspira a formatear lo social, lo común, según el imaginario corporativo. Así es posible sostener que los explotados (“los pobres”) no son víctimas de un sistema injusto de concentración de la riqueza, sino fracasados en la gestión de sus carreras/vidas.

Anotemos por último que la biopolítica distópica macrista tuvo dos grandes armas de asalto a la subjetividad: la psiquiatría neuro-farmacológica y el coaching.

Para bajar los salarios hay que bajar la moral, hay que impedir soñar, hay que deprimir. La depresión es un arma biopolítica de destrucción masiva. El círculo vicioso de los anti-depresivos y los ansiolíticos (drogas para subir y bajar, para aguantar) es el “crimen perfecto” de los laboratorios que promueven la medicalización de la existencia (ADD, etc.) y hacen negocio con los psicofármacos, transformando a los psiquiatras (y hasta a los médicos clínicos de cualquier guardia hospitalaria) en su tropa de asalto.

La otra fuerza de choque, “soft”, son los “Coach” (mutación new age managerial del psicólogo de empresas y el especialista en recursos humanos), agentes de transmisión y aplicación del discurso de la auto-ayuda y el emprendedurismo. “Eres tu propia empresa” y, como tal, debes tratarte. No queremos explotarte, sino que te sientas realizado… explotándote. Si no sabés o no podés, aquí está el coach para mejorar tu rendimiento. “Rindo, luego existo”. De modo extendido y creciente, las empresas hoy someten a sus empleados a alguna variante de coaching. Es la “barbarie (corporativa) con rostro humano (new age)”. La vida es un micro-emprendimiento. Los estragos de este potente imaginario neoliberal están todavía por verse, pero son sin duda inmensos. Es un “espejo negro” en cuya opacidad cuesta y duele ver las fuerzas oscuras que nos atraviesan. La distopía macrista puso en juego una maquinaria estatal y mediática de violencia material y simbólica inéditas desde el ’83. Recién despertamos de la pesadilla, pero (como en la micro-novela de Monterroso) el dinosaurio todavía está aquí.

Imagen de Caro Lagos C.
Fuente: Revista Humo

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