• 23 de octubre de 2018, 11:23
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Una reflexión a partir del cambio de Paco

Por Pbro. Dr. Eduardo de la Serna

El cambio de parroquia del amigo Paco me invita a algunas breves reflexiones en “voz alta”.


Los cambios de curas son frecuentes, habituales y muchas veces deseables. No voy a presentar los cientos de motivos que pueden provocarlos: agotamiento, malestar, sensación de “deber cumplido”, necesidad de contar con alguien en otro lugar, etc. A estos cambios hay que sumar otros más preocupantes, como es el caso – lamentablemente conocido – de curas abusadores cambiados a otro lugar donde seguramente reincidirán.


Algunas aclaraciones para entender (a los que no están en la “interna” eclesial): Todo cura pertenece a un obispado (diócesis) o a una congregación religiosa, y los cambios sólo pueden hacerse dentro de ese ambiente: es decir, el obispo que considera el cambio de un cura sólo puede hacerlo a otra comunidad de su diócesis; el religioso, a una casa de la congregación. Puede darse el caso que un obispo, por ejemplo necesitado de clero, pida a otro algún cura, pero éste no puede ser destinado sin su consentimiento. También puede darse el caso de que un cura pida ir a otra diócesis, sea permanentemente (en cuyo caso se “inscribe” en la diócesis y cambia de titularidad, se lo llama “incardinación”) o temporalmente, en cuyo caso, siempre referido a la diócesis de origen, permanecerá mientras dure su “contrato”. En el caso de Paco, pertenece a la diócesis de Merlo-Moreno y estaba prestando temporalmente un servicio en la diócesis de Avellaneda-Lanús. Si por algún motivo el obispo decide ya no contar con él, como lo ha hecho, la diócesis de origen está obligada a recibirlo salvo que hubiera alguna pena canónica que determinara su expulsión del estado eclesiástico (como es el caso de lo que se debe hacer con los pederastas); ciertamente este no es el caso. 


Como grupo de curas en opción por los pobres no pretendemos contar con los aplausos de la mayoría de los obispos argentinos. Ciertamente no se trata de malquistarse, ni tampoco conformar una suerte de sindicato clerical; se trata, simplemente, de ser fieles a lo que estamos convencidos es el proyecto de Jesús y su militante compromiso en favor de los pobres.


Que no gocemos de la amistad de algunos obispos ciertamente no implica que estemos en “otra vereda” o en “otra Iglesia”; y tampoco significa – no en todos los casos, al menos – que algún obispo nos haga “la guerra”. En el caso de Paco, no dudo que él y el obispo tengan miradas muy diferentes sobre muchos temas y que esto puede haber sido determinante en el pedido de que terminara su ministerio en la Isla Maciel. Sin duda creo que no obró bien, que no miró el bien de los pobres, o que se dejó guiar por el temor, algo, lamentablemente, frecuente en ambientes episcopales (y reitero que no creo que todos los obispos lo sean, el episcopado – como el clero – no es un cuerpo uniforme y monolítico). Sin duda también es bueno preguntarse de dónde se informa el obispo – este o cualquier otro – a la hora de tomar este tipo de decisiones. Porque, por ejemplo, una cosa es si lo hace luego de frecuentes visitas a la Isla Maciel y charlas y mates con la gente, y otra es si se deja influir por Infobae, La Nación o alguna voz timoratamente eclesiástica. No puedo menos que recordar a Carlos Mugica cuando luego del funeral por Abal Medina y Ramus el obispo Aramburu se dejó influir por la noticia comentada por el diario La Razón (ligado a la Marina) y lo sancionó con un tiempo de silencio. Nada importaba que no hubiera dicho lo que La Razón dijo que había dicho, no importaban los testimonios (e incluso hay un video que lo confirma) que lo desmentían; el obispo eligió creer lo que quería creer. Y – por lo mismo – no puedo menos que recordar lo que el obispo Casaldáliga cantaba al referirse a monseñor Romero, ahora a días de su canonización (el próximo 14 de octubre): “Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo”.


En lo personal debo confesar que no creo que el obispo Frassia pase a la historia. Quedará en los anales de los papeles, no más. Los pobres de Avellaneda-Lanús (¡nada menos!) dudo que lo recuerden cuando dentro de 2 años presente la renuncia a la diócesis (el 1 de diciembre de 2020), mientras que muchos ya están llorando otro 1 de diciembre, el próximo, cuando Paco deje pastoralmente la Isla Maciel.


Lamentablemente la situación actual, esa misma frente a la cual no se escuchan voces críticas del episcopado de Avellaneda, se agrava de día en día y Paco podrá desplegar su iniciativa, su corazón pastoral en muchos lugares - cada vez más - donde los pobres encontrarán en él un hermano. Paco se irá “con su música a otra parte”, y allí cantará con otras voces. Una pena que los pobres de la Isla no hayan sido escuchados. Pero ya es sabido: los curas como Abraham no molestan, su campaña por el macrismo no es mal mirada por su obispo. Las voces que molestan son aquellas que, como se decía antes (por ejemplo, de Evita) y se repetía de Romero, quieren “ser voz de los que no tienen voz”. Aunque nos equivoquemos, metamos la pata, y sea bueno, en ese caso, recibir una palabra fraterna de amigos que nos inviten a mejorar la puntería. El corazón con los pobres no se negocia, porque sería negociar el Evangelio. ¡No quisiera ser la almohada de algún obispo!

Fuente: Blog de Eduardo de la Serna

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