• 19 de octubre de 2018, 1:45
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Una breve reflexión a partir del escándalo de los abusos

Por Eduardo de la Serna

 

Hace mucho tiempo ha empezado a salir a la luz – cada vez con más comprensible escándalo – noticias de abusos de niñas, niños o adultos en situación de vulnerabilidad por parte de miembros del clero o consagrados.

 

Se podrá decir que en algunas denuncias hay hipocresía (la misma película Spotlight señala que el tema es muy antiguo y no había sido tenido en cuenta, o el reciente caso de Pensilvania habla de abusos durante 70 años; sin duda “algo” fue desencadenante; ¿la guerra de Irak?). Muchos destacan que la proporción en el clero no es mayor que en otros ambientes (docentes, enfermeros, etc.) y es ciertamente notablemente menor a las situaciones ocurridas en el seno del hogar. Muchos destacan, finalmente, que la proporción en el clero es ínfima en comparación con los miles de curas y religiosos dedicados hasta el heroísmo en su ministerio. Y supongamos que todo esto es cierto (tiendo a creer que lo es), lo que no deja de ser cierto es que hay un preocupante número de religiosos abusadores y – lo que es aún más grave – hay decenas de miles de menores o vulnerables abusados.

 

Y creo que, aunque hubiera sólo un cura que abusó de nada más que un menor, eso es un escándalo. Y ese escándalo debe ser reparado en las heridas provocadas y sancionado para evitar con toda la firmeza posible que no ocurra en adelante. Y acá radica el escándalo: en que no se ha hecho lo necesario o suficiente para que no vuelva a ocurrir. Ninguna institución – tampoco la Iglesia – podría impedir que algún miembro delinca, pero toda institución debe tener los mecanismos para evitar que se reitere y aplicar las sanciones pertinentes a quienes lo hicieran. Viendo la proliferación de casos, viendo que se aplica una dinámica semejante en casi todos ellos, y el ocultamiento por parte de los responsables (superiores de congregaciones, obispos) cabe hasta preguntarse si ellos consideran realmente grave el hecho de los abusos, lo cual duplicaría la gravedad.

 

Sin duda el tema trasciende lo sexual (el Papa en su reciente carta al pueblo de Dios [20 de agosto 2018] habla de “abusos sexuales, de poder y de conciencia”), pero – además – trasciende el tema del “pecado”. A un compañero, cuando nos manifestamos críticamente por el “caso Grassi” (que – dicho sea de paso – sigue sin ser sancionado eclesiásticamente, aunque todas las instancias judiciales lo han reconocido culpable) un cura le dijo “el que esté libre de pecado tire la primera piedra”. Sin duda – y lo he escrito en otra parte – se trata de un pecado, pero ¡además!, se trata de un delito, y la eventual confesión y absolución no reemplaza el fuero civil donde se debe dirimir el hecho. En lo personal, creo que, además, se ha mirado corporativamente: lastima a la “corporación”, por eso el silencio, los traslados, como si no lastimara mucho más el hecho. Y, además, como si no lastimara a las víctimas. Recuerdo cuando un obispo visitó a un cura preso por abuso y señaló que “es de los nuestros” y no había visitado antes a las víctimas; muchos le reclamamos que ellos eran antes y más de “los nuestros” que el cura.

 

En lo personal, creo que hay muchas cosas para pensar, y no sé si realmente se están pensando:

 

·                     Pensar una Iglesia más desde las víctimas que desde la “jerarquía”

·                     Pensar menos en el escándalo que en la humillación de la verdad

·                     Pensar el modo de vida del clero, desde el celibato a la vida comunitaria

·                     Pensar cómo aplicar la “tolerancia cero” desde las mismas estructuras eclesiásticas, no solamente desde las “cabezas” de los eclesiásticos

·                     Pensar el tema desde la sociedad antes que desde lo intraeclesiástico. La insistencia del Papa en el ayuno y la oración me parece insuficiente y pobre. Porque no se trata de medios para “evitar algo en el futuro” sino de pedir perdón por cosas del pasado, y – como ya dije – creo que es mucho más que un tema de “pecado” (¡que lo es!) [dejo de lado que, además, el Papa, para hablar del “ayuno y oración”, cita en nota 1 el texto de Mt 17,21, texto que no figura en los mejores manuscritos; Karadima fue “condenado” a llevar una vida de penitencia y oración, y entretanto el escándalo sigue].

·                     Pensar como purificar, seguramente con vergüenza, la mirada que la sociedad tiene de los eclesiásticos. El “caso Grassi”, que sigue sin ser resuelto intraeclesialmente, más allá de la condena civil, es a todas luces un escándalo; no solamente que conserve sus licencias ministeriales en la cárcel, sino que, además, no haya sido expulsado del estado eclesiástico.

·                     Pensar seriamente todas las causas que puedan contribuir a que esto ocurra para evitarlas en el futuro, o limitarlas al extremo y sancionarlas sin dilación alguna. Por ejemplo, el Papa dijo que no fue bien informado en Chile, pero no ha quedado hasta ahora pública constancia de quiénes son los que lo mal informaron (aunque se sospeche). El escándalo fue público. El secretismo y demás aspectos en los que no sea público lo que debiera serlo solo contribuye al descrédito y al escándalo. Y la demora o lentitud también.

 

 

Sin duda todos son inocentes si no se demuestra su culpabilidad. Pero no puede haber ninguna oportunidad de que aquellos de quienes se sospecha seriamente abusos tengan ninguna ocasión u oportunidad de reiterar sus delitos o continuar los abusos.

 

Es llamativo que muchos casos resonantes de abusos se han gestado en grupos ultraconservadores (incluso algunos que predicaban una moralidad sexual ultramontana); no se ha de descartar que el amiguismo en la curia con estos sectores haya contribuido a su silencio. El caso de la amistad de Marcial Maciel con Juan Pablo II parece repetirse en los casos de “la toca de Asis”, los sodalicios, Karadima, el Verbo Encarnado y otros. En estos casos, quizás resulte ejemplificador no solamente mencionar y sancionar a los responsables sino también a sus amigos, aunque sean jerarcas, o hasta santos.

 

En suma, quizás sea positivo que la Iglesia deba pasar por la crítica – a veces injusta, a veces encarnizada – a fin de mostrarse ante la sociedad con un rostro nuevo y transparente. ¡Oh, feliz culpa! [para evitar mala interpretación, el dicho de la “feliz culpa” se aplica en la liturgia pascual a la “culpa de Adán” que, a partir de ello suscitó “un redentor”. En este caso la aplico a la enorme gravedad del delito que, a lo mejor sirva para que la Iglesia cambie y se muestre renovada ante el mundo al que está llamada a servir].

 



Foto tomada de http://midevocional.org/cuidado-con-las-piedras-de-tropiezo/

Fuente: Blog de Eduardo de la Serna

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