• 23 de octubre de 2018, 11:40
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Un tiempo abyecto

Por Jorge Elbaum*

Habrá historiadores que estudiarán este lapso cronológico argentino. Este cuatrienio infame será descripto a través del latrocinio se pretendió esconder detrás de acusaciones en espejo. Dispositivos comunicaciones dispuestos para escamotear confusamente la realidad mediante un bombardeo permanente, reiterado y discrecional de aseveraciones irreales. El momento de la historización será el tiempo para develar la crudeza de una realidad psicotizda, atravesada por nominaciones inciertas, subterfugios de medias verdades e imposiciones de sentido basadas en dogmas fútiles y construcciones de sentido común racialistas. Los historiadores analizarán la etapa, sin duda, como un momento clave en la conformación de una nueva metafísica abyecta: globos que se transmutan en balas, bailecitos que asumen el carácter de represiones, promesas de crecimiento que terminan en achicamientos, destrucciones y dolor social acumulado.

Tendrán mucho trabajo: deberán encontrar la punta del ovillo de una fetichización de época, marcada por una superficialidad tecnocrática arraigada –eufemizada, disimulada-- por el odio de clase. Al fin y al cabo, gran parte de lo que se podrá (d)escribir caerá en la cuenta de la vieja disputa de la acumulación/propiedad del esfuerzo social acumulado. Sus investigadores, seguramente, intentarán especificar los mecanismos invertidos en la brutal lucha cultural orientada a darle legitimidad a la inequidad, sobre la base de relatos basados en falsas superioridades, justificaciones metafísicas de privilegios, superioridades, noblezas estamentales lingüísticas o engreídas portaciones oligárquicas de origen. Todos ellos basadas en privilegios pretendidamente inmodificables, naturalizados.   

Es muy factible que los historiadores dedicados al relevamiento del pasado argentino construyan analogías, correlaciones, vínculos. Y en ese marco, es harto probable que liguen al macrismo con la década infame, sobre todo en lo relativo al vaciamiento de la voluntad popular. Que también tracen nexos con la dictadura genocida de los años 70, dada la continuidad del programa económico sustentado por Martínez de Hoz. La década infame, posterior al golpe de Uriburu contra Yrigoyen, se caracterizó por condicionar el voto mediante la utilización de artilugios electorales fraudulentos y someter la economía nacional a los intereses foráneos. Es previsibles que quienes aborden este periodo de 2015/2019 vinculen el fraude a la malversación mediática, al engaño de las redes sociales, al fantasma de los miedos de una latinoamericanización fantasmagórica. Se verán en la necesidad, además de describir la siembra de odios y la apelación a las paranoias sociales dispuestas para ampliar los terrores ancestrales de las clases medias a perder lo poco que habían reconquistado a partir de la crisis de 2001.

Se verán en la obligación, además, a explicar la deriva confusa de un sector parcial del sujeto popular que fue cooptado por la discursividad fetichizada de un optimismo fraguado, y que terminó siendo víctima del saqueo planificado, rumiando su desazón y su culpa. Deberán esmerarse –en el marco de la historiografía al uso— por tratar de especificar cuáles fueron los contenidos más punzantes y epidérmicos que permitieron conectar expectativas conurbanas con lo más rancio del sistema concentrado y oligárquico local. No les alcanzará sin duda con el duranbarbismo proactivo para develar dónde pudo ser alojado ese masoquismo autovictimizador.  

Pero los historiadores deberán explicar el entramado que permitió la llegada al poder –más allá del fraude mediático y la traición a la voluntad popular, expresada en el engaño de las promesas electorales—. Y deberán hacer ejercicios teóricos arriesgados para describir su continuidad pese a la persistente presencia de millones de argentinos que poblaron las anchas avenidas de la Patria. No podrán dejar de lado la lucha callejera que resistió en forma pacífica cada afrenta salarial, laboral y conculcadora de derechos que atravesó el cuatrienio. Sin duda, tendrán que reservar capítulos de dolor y de memoria verdad y justicia para la nueva siembra de cuerpos asesinados (Maldonado, Nahuel, Burgos), imposible de desconectar de la herencia genocida de los años 70. Si la historia, como sugería Hegel, es la evidencia de una lucha por la construcción de la libertad, de la felicidad, deberán hacer un esfuerzo (nuestros historiadores) para mostrar cómo, de qué manera, y bajo qué condiciones se produjo este hueco, este bache, esta recaída, en la búsqueda del bien común.

No hay historia sin nombres. Sin identidades. Sin sujetos que logran expresar esas luchas retrógradas o libertarias: les será muy difícil escribir un relato estructural sin portadores sintomáticos de esas posiciones: la brecha, el antagonismo, la grieta, la lucha de clases, la polaridad entre Patria o colonia, la enemistad entre San Martin y Rivadavia. Una larga y reciente serie de nombres concatenados para dotar a este país de un camino emancipado o sometido. Ya se está pergeñando el relato de la historia que hoy transitamos. Sus métodos, sus datos, sus fuentes, sus protagonistas: Macri será –sin dudas-- Rivadavia, Mitre, Rauch, Roca, Videla, Martínez de Hoz y Cavallo, todos ellos continuidades de una caterva neocolonial. Y muchos sabemos quiénes serán los Moreno, los Dorrego, los Chacho, los Radowitsky. Cada uno, expresado en la herencia amalgamada de 30 mil, continuadores, junto con Madres, Abuelas e Hijxs, capaces de refundar la dignidad de una Nación. Ya habrá buenos historiadores para dar cuenta de esta pelea. La tapa de sus libros, seguramente, graficará multitudes en colores de consignas recordables. No faltarán rabias fotografías de sentido histórico. Eso que podrá tener epígrafes de un tiempo abyecto al cual le dimos pelea. 


**Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la). 

Foto tomada de Tiempo Argentino



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