• 18 de julio de 2018, 9:23
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No lloren por mí, Selección Argentina

Por Alfredo Grande


Escuché desde  mi infancia, no siempre tierna, que el futbol era  pasión de multitudes. Y durante décadas, fue mía esa pasión. Pasiones muchas veces contrariadas, pero más intentas, mas verdaderas, mas permanentes que los amores. Y especialmente los de estudiantes, que como cantaba Carlitos, aseguraban hoy un juramente y mañana una traición. Y aunque ya no somos estudiantes, al menos jóvenes estudiante, seguimos entre juramentos y traiciones. Cuando era niño íbamos a jugar a la pelota a la plaza Irlanda, enfrente del Policlínico Bancario. Que supo dirigir Zanola, hoy en gayola. Era eso: jugar. Y el dueño de la pelota, siempre jugaba. Aunque jugara mal. Jugaba. Sin pelota nadie podía jugar. A veces lo metíamos de arquero y si ni siquiera sabía parar una pelota liviana, iba al destierro de un delantero al que nadie le daba un pase jamás. Era un juego. Y lo siguió siendo incluso en la secundaria. Juego no siempre limpio, muchas veces desleal. Pero juego al fin.

Luego el pasaje de jugar a la pelota a practicar un deporte. Aparecieron las ligas de fútbol, incluso amateur. Los clubes tenían en sus equipos de fútbol sus aves de los huevos de oro. No digo gallinas, por las razones que los futboleros conocemos. Pero en los clubes la camiseta era sagrada. Un jugador no se ponía la camiseta de un clásico rival. La camiseta se transpiraba y se veneraba. Era sudor bendito. El que jugaba en un club, era hincha de ese club. No había tregua entre canallas y leprosos, santos y quemeros, el rojo y la academia, bosteros y millonarios. Seguía siendo un juego, quizá el más hermoso dispositivo grupal jamás construido. Pero lo importante no era ganar, al menos no solamente. Nadie gritaba o festejaba un gol de penal. Y menos aún un gol en contra.

Si Maradona en el 86 inmortalizó el dedo de dios, el tarzán Roma inmortalizó en el 62 la mano de Dios. Se adelantó tres metros y le  atajó un penal a Delem. Las leyendas eran vivientes. Los estadios catedrales. Los hinchas feligreses. Era la pasión que explotaba no en el calvario, sino en el gol. Una de las pocas muestras de orgasmo colectivo no prohibido. Pero entonces el deporte dio paso a la industria del deporte. O sea: de jugar a la pelota a jugar al lucro. Pases de jugadores, incluso durante el campeonato. Cedrés empezó un campeonato jugando en River  y en la mitad pasó a jugar en Boca. Décadas antes de la pos verdad. Se llamó “fútbol espectáculo”.

Alberto J Armando, presidente de Boca Junior,  inventó los bonos del empréstito para un nuevo estadio. Una estafa anticipatoria de los saqueos actuales. El “futbol espectáculo” fue la transición hacia la industria: el pasado del juego pasión al deporte negocio. La televisión puso lo suyo y el esponsoreo empezó a tener su lugar en el mundo futbolero. Pero otra clonación era necesaria. El paso de la industria a la corporación. La AFA (NA). La asociación del fútbol argentino, realizando un pacto perverso con la dictadura genocida. El Ente Autárquico Mundial 1978- (EAM 78) Brigadier Lacoste al frente de la operación publicitaria más formidable. Enmascarar un genocidio con un partido que jugamos todos. Torturadores y torturados. La fiesta de todos. Aprendí a odiar a Kempes, a Menotti. Quizá injustamente, pero blanquearon a la Junta Militar. Por eso nunca sentí que la selección nacional nos representara. Y en la actualidad de la cultura represora, es quizá lo más opuesto a una representación: es un simulacro, una estafa, un extravío moral.

La Corporación Internacional del Fútbol es apenas la fachada de los delitos económicos más graves. Agreguemos el abuso sexual sistemático de los púberes y adolescentes que buscan horizontes en el deporte, y son secuestrados por otras formas de prostitución. Los mundiales, que ahora con las eliminatorias son cada dos años, son las orgías mediáticas y turísticas que tienen como  misión principal, y lamentablemente logran, sepultar multitud de ilícitos. Los que se descubren, apenas sirven para la impunidad de los miles que se cometen. No solamente la selección nacional no nos representa, sino que además nos oculta. Son la nobleza, y no precisamente gaucha. Aristócratas de patas blancas, y su cohorte de parásitos y delincuentes a sueldo. No nos representan. Nos ocultan.

Valentino, nene de 5 años, asesinado por  Edesur, no sabrá que la tan ansiada clasificación ha llegado. Pero es primer plano que se filtra un golpe de estado contra el zar San Paoli perpetrado por el soviet de jugadores. Liderados por el mejor de todos. Aunque pateara un penal como en un picado casados versus solteros. O quizá peor. Se rebelan cuando todas las complicidades se cayeron con un 0 – 3 que nunca debió suceder. El Caballero pasó a caballo, y nunca pudieron entender, dirigentes, jugadores, técnicos, que un deportista también tiene síntomas. O sea: que el inconsciente juega a favor (el dedo/mano de dios) o en contra (pase gol a un delantero contrario) En realidad, ni siquiera es un golpe de estado. El golpe de estado fue ponerlo a Sampaoli. Ahora estamos ante la rebelión, pero no de la granja, sino de la nobleza humillada. No nos representan.

Solo me cabe decir: que el hoy gane el mejor. Sin saber demasiado el mejor en qué. ¿Originarios contra huincas? No creo que dé para tanto, pero lo que yo creo mucho no importa. Lo que importa es que el partido que debemos jugar todos es la huelga del 25 de junio. Y mañana será otro día, donde el circo tendrá su legión de aulladores. Pero, al menos yo, no quiero que lloren por mi selección argentina. 


Foto tomada de Diario El Mundo

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