• 18 de agosto de 2018, 19:01
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Me tienen cansado los negros

Por Eduardo de la Serna

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Lo quiero decir de una, sin ningún preámbulo: me tienen podridos los negros.

 

Lloran en la villa 31 por el bien pegado balazo a Ramiro Ruiz (22) por reclamar que la policía hubiera atropellado a una nena de 4 años.

 

Se queja Roque Azcurraire porque entraron a patadas a su casilla en la villa 21, manosearon a su hermana, y en la comisaría lo patearon en la cabeza (que tiene lesionada) y le aplicaron un “levantamuertos”.

 

Se quejan los negros de Bernal oeste porque se niegan a convivir con la basura que está hace solo unos 3 meses. Y – además – se las dan de guapos y las mujeres huyen como ratas cuando ven una ídem del tamaño de un gato.

 

Se quejan los vagos de la Sarita cuando caen 3 gotas y el agua les entra por todos lados, y porque hace semanas que no pueden bajar la heladera (¡tienen heladera, además!) de arriba de la mesa.

 

Se quejan los vagos bolivianos (¿alguien vio alguna vez un boliviano trabajador?, ¿eh?) y los paraguayos (¡otros vagos!) porque los dignísimos argentinos borran de la constitución el párrafo que habla de “todos los habitantes del mundo que quieran habitar en suelo argentino”. Convengamos de una vez por todas que no es lo mismo un paraguayito que Benetton, o una boliviana que Lewis. ¡Estos son extranjeros de verdad!

 

Se quejan los que van a la 9 de julio movidos por la consigna de que “¡La patria está en peligro!” y no se acuerdan que la patria estuvo en peligro antes, cuando casi explota el país con la 125, o cuando asesinaron un fiscal, o cuando estuvimos a punto de ser Venezuela y fuimos salvados primero por un pro-hombre mendocino y ahora por un presidente de excelencia que nos enorgullece.

 

Se quejan los que argumentan que no pueden pagar las tarifas que antes estaban subsidiadas. Si no las pueden pagar, que no las usen, ya lo dijo con toda sabiduría el ministro.

 

Se quejan los que no tienen trabajo porque fueron echados por ñoquis. Deberían aprender de una vez por todas que la fiesta hay que pagarla.

 

Se quejan los que tienen trabajo en talleres (todavía no legalizados hasta que tengamos confianza en el país) y trabajan 12 o 14 horitas, además de otros que fueron forzados a trabajar porque se resistían, de puro vagos que son, olvidando el sabio axioma que ilustraba Auschwitz: “Arbeit macht frei” (el trabajo nos hace libres).

 

Se quejan los subversivos de La Cámpora, y quiero repetirles el profético grito del super ministro: “¡háganse cargo!”

 

Se quejan de que no hay remedios para los jubilados, y no quieren recordar que “se robaron todo”.

 

Se quejan de que “preventivamente” recurrimos al FMI, que ahora es bueno y nos va a ordenar las cuentas y va a ayudar a un país que vuelve al mundo, olvidando que el populismo nos había aislado de las grandes potencias amigas.

 

Se quejan, se quejan y no dejan de quejarse. Parece el principal deporte nacional en el que quizás seamos campeones mundiales.

 

Y yo me quiero quejar, porque todavía quedan algunos que pretenden convencer que no estamos en el mejor de los países posibles; afortunadamente son cada vez menos, ya radio del Plata está cerrando, y el grupo Indalo está en terapia. Después vamos por Página 12 y la 750 y podremos estar un poco en paz. El resto lo arreglamos con las redes sociales que son bastante amigables desde Facebook y Twitter y la base de datos del ANSES. Si hasta Clarín nos dice que tiene acceso al Big Data.

 

Por suerte yo vivo en paz. Que los demás se arreglen. Cada uno a lo suyo. No leo noticias, no veo canales disonantes, y en El Grupo me hablan de lo bien que estamos, aunque haya que arreglar cositas que quedan del desaguisado que nos dejaron las “Kukas” y los choriplaneros. Y si algunas cosas me perjudican, como que en casa dos quedaron sin trabajo, que tengo que andar a oscuras y con frio, que no puedo comprar pan, ni lechuga (la carne es un pretérito pluscuamperfecto), que no me puedo vacunar contra la gripe o que tengo que caminar 15 cuadras para tomar un solo colectivo para ir a buscar trabajo, eso es el sacrificio que vale la pena hacer parta tener “un país”. Ver cuánto trabaja el presidente para sacarnos adelante es un orgullo. Lo dijo la eminencia que tenemos por vicepresidenta: “hay que predicar con el ejemplo”.

 

[y antes de ser insultado por personas sin sentido del humor les aclaro: todo es irónico; si perdemos el humor, fuimos derrotados]

 

 

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