• 23 de octubre de 2018, 11:42
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Lo que más disfruto en la vida es el anonimato.

Por Entrevista de Mónica Maristain a Alma Guillermoprieto


La escritura "clara, rotunda y comprometida" y el "enorme coraje" con el que ha dado a conocer la difícil realidad de Iberoamérica llevaron a la periodista mexicana Alma Estela Guillermo Prieto a ser galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018. El fallo del jurado reconoce también la "larga trayectoria profesional", su "profundo conocimiento de la compleja realidad" latinoamericana y la forma en la que supo transmitirlo a los lectores angloparlantes, "tendiendo, de ese modo, puentes en todo el continente".

 

Miembro honoraria de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias, Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949) inició su trayectoria como periodista cubriendo la insurrección nicaragüense de finales de los 70 para The Guardian y fue una de las dos reporteras que desveló, en su caso en The Washington Post, la masacre de civiles en El Mozote (El Salvador), con la muerte de unas mil personas en 1981.

 

  “No creo que mi nota sea más importante que la vida de un entrevistado”

 

Por Mónica Maristain

 

Tiene un rostro perfectamente delineado, con una armonía de rasgos que pareciera esculpida con un cincel de artista. Sus movimientos de gacela y su voz entre tenue y susurrante le dan un aire abstracto que cobra materialidad y rotunda presencia cuando Alma Guillermoprieto sonríe. La célebre periodista mexicana, una de las reporteras más admiradas por sus colegas y por el mundo lector que sigue línea a línea sus deslumbrantes crónicas en The New Yorker o en The Washington Post, no parece estar presa de esa personalidad fascinante que la ha puesto en el centro de atención desde que se dedicara con pasión y rigurosidad, hace de esto 38 años, al oficio de reportera. Hablando de su jardín, de cómo las plantas reverdecen aun cuando ya no se lo espera, de cómo podría haber sido, sin falsa modestia, una muy buena cantante de blues, la periodista le hace frente a su propio mito y se yergue frente a la vida con una energía que desmiente la edad que dice su fecha de nacimiento.

 

Nacida en 1949, Alma, quien a lo largo de su carrera ha recibido, entre otras distinciones, el premio de la Latin American Studies Association y el Doctorado Honoris Causa por la Baruch University, habla en esta entrevista de su pasión  por Latinoamérica y de cómo en México, su país natal, todo reverdece, a pesar de todo.

 

MUJER DE FE, PERIODISTA DE RAZA

 

–¿Sigue teniendo tan poca fe en el futuro del periodismo como cuando dio aquella entrevista en El País?

–Tal vez me he consolado un poco y me haya hecho más optimista con la publicación de este libro, Desde el país de nunca jamás (Random House Mondadori), porque veo que ahí hay relatos que tienen 30 años y a lo mejor la gente todavía quiere leer. Entonces pienso que el relato impreso puede tener cierta vida. Por otro lado, también veo que la gente lee en Internet, lee libros electrónicos, que Amazon está vendiendo más libros que nunca y eso también refuerza la fe en la lectura. Además, he empezado a hacer ciertos experimentos en Internet que no han salido tan mal y veo desventajas y desventajas.

–¿La fe en la profesión podría también darse a partir de las nuevas generaciones?

–Absolutamente. Ese pesimismo que yo reflejaba, hablando de aquella nota en El País, tenía que ver sobre todo con mi generación. Los jóvenes tienen el mundo por inventar y lo van a inventar. Periodismo siempre va a haber, porque necesitamos información. Y literatura de no ficción como los textos que están reunidos en mi libro, también va a haber, porque necesitamos no sólo información, sino también necesitamos experimentar el placer de la lectura, necesitamos reflexión, que nos cuenten un cuento, es uno de los impulsos fundamentales del ser humano: contar el cuento y escuchar el cuento.

 

–Es muy interesante su método en el taller de periodismo para jóvenes que consiste en que se critiquen los textos entre ellos…

 

–Cuando empecé esa experiencia, en los primeros dos talleres, los hombres sobre todo se rebelaban. Ellos no querían exponerse así, no conocían el sistema de que alguien les editara un texto, pero insisto en que el periodismo es un oficio, no es una profesión y obviamente tampoco un arte, aunque tiene mucho de artístico. Los oficios se aprenden artesanalmente, siendo aprendiz de oficio. Y se aprenden también reuniéndose con los otros zapateros, con los otros reporteros, a tomarse una cerveza y hablar del asunto. Y un taller, finalmente, en la Fundación de Nuevo Periodismo, es una oportunidad de reunirse a hablar del oficio entre reporteros jóvenes de toda América Latina.

 

–Dicen que nunca el tiempo pasado fue mejor, pero era lindo aquel mundo en el que predominaban los oficios…

 

–Sí, claro. Creo que una de las grandes equivocaciones de los modelos económicos que se adaptaron en América Latina, en México, en los ´40, fue fabricar licenciados y desconocer la enorme tradición artesanal que había en todos nuestros países, destruir una tradición artesanal y crear con ello ejércitos de desempleados.

 

–Cuando tuvo su reciente libro en la mano y lo recorrió desde El Salvador a Ciudad Juárez, como sus crónicas, ¿Cómo se sintió?

 

–Me sentí vieja, porque son 38 años de oficio y me sentí también un poquito orgullosa no por los textos en sí, sino del sudor, del trabajo, que les he invertido. Cada texto me llevó tres meses de reportería, de caminar, de esfuerzo, a veces también de riesgo. Y luego de sufrimiento a la hora de escribir, de trabajo colectivo con la revista, con el editor para pulir el texto, con los verificadores de datos para que no vaya con errores. Son textos muy trabajados, muy esforzados.

 

–¿Volvió a leer todos los textos para la publicación del libro?

 

–Sí. Mucha gente piensa que lo que hay en el libro son dramas y desastres, que los hay, claro, pero lo que me llamó la atención es el humor que hay por ejemplo en los retratos de Carlos Menem (ex presidente de Argentina), de Alberto Fujimori (ex presidente del Perú), del líder de los pepenadores, en el relato del Brasil, de las situaciones absurdas de un presidente que está por ser despedido y la gente que se interesa más por el drama de una telenovela. Me he reído mucho a lo largo de estos años y eso también está reflejado en El país de nunca jamás.

 

–Lo que sí parece viejo es ese anhelo de pensar en Latinoamérica como un país. México, por ejemplo, está tan lejos de la experiencia latinoamericana…

 

–México siempre ha mirado hacia el Norte. Cuando llegué por primera vez a Nicaragua, yo sabía que estaba en Centroamérica y lo que hice en el aeropuerto fue fijarme si Nicaragua quedaba adelante o atrás de Costa Rica y son nuestros vecinos más inmediatos. No sólo México ha mirado siempre hacia otro lado. Brasil tardó en reconocer que es parte de este hemisferio. Argentina se ha creído siempre parte del Cono Sur…

 

–Cuando no se cree parte de Europa

 

–Justamente. Para mí lo interesante, gracias al privilegio de ser una reportera, es haber caminado país por país, recorrido los territorios en buses, en taxis destartalados, y ver lo parecidos que éramos. Digo siempre que me siento latinoamericana porque he vivido en muchos países, como Nicaragua, El Salvador, Colombia, en Brasil, pero también porque es cierto. Nos parecemos.

 

–En estas dos visiones que hay sobre el periodismo de reportaje, una que plantea que no hay que involucrarse y la otra que sí, ¿dónde se encuentra usted?

 

–Procuro escribir a partir de lo que recuerdo de mis reportajes. Porque lo que recuerdo es lo que me conmovió, es lo que me impresionó y le va a dar impulso a las palabras que voy a usar. Y después, tomo el cuaderno, reviso mis notas y veo que no inventé nada, pero mi impulso primero es la memoria; trato sí, de ser clara con mis entrevistados, muchos de los cuales se encuentran a menudo en situaciones límite. Yo no los puedo ayudar. Eso para mí es lo más difícil, lo más terrible, de mi trabajo como reportera. No los puedo ayudar. Les estoy quitando tiempo y ellos muchas veces quedarán con la esperanza de que a lo mejor de ese artículo que voy a publicar va a salir algo bueno. No es cierto: y quiero que les quede claro. Eso es terrible y por eso agradezco tan profundamente a mis entrevistados, porque su generosidad es pura y simple.

 

–Frente al entrevistado, ¿cuándo parar?

 

–Trato siempre de respetar la vulnerabilidad de mis entrevistados. No quiero que nadie corra el menor riesgo por hablar conmigo. No creo que mi nota sea más importante que la vida de un entrevistado o que la paliza que le puedan dar por hablar conmigo. Lo que sí procuro es quedarme más allá de mi propio aburrimiento y del aburrimiento de los entrevistados. Después de 38 de años de oficio, uno corre el peligro de escuchar siempre las mismas respuestas y en medio de un calor sofocante, que detesto el calor, en medio de un lugar lleno de polvo, mi impulso es cerrar el cuaderno y decir: -vámonos de aquí, me está esperando en el hotel un buen trago frío. Hay que quedarse más allá de eso, hasta que uno escucha la respuesta sorprendente.

EL SALVADOR Y MÁS ACÁ

 “Los cuerpos arrojados en el mar de lava salvadoreño”, “Los militares mantienen un frágil control en el pueblo de Perkín”, “Los campesinos describen los asesinatos en masa”, las crónicas que Alma Guillermoprieto ha escrito sobre la Guerra Civil de El Salvador(1980-1992) tienen una actualidad conmovedora y traen al presente la sangrienta historia de un país que aún busca su destino.

–El Salvador sigue siendo la gran cicatriz que no cierra en Latinoamérica…

–Bueno, no podría decir cómo están las cosas ahora, porque no he vuelto desde la Guerra Civil. Ahora, el mes próximo regreso a reencontrarme con ese pueblo…lo que pasa es que El Salvador fue, como Nicaragua, un país donde las grandes potencias jugaron al ajedrez, donde pisotearon a pueblos enteros y luego, cuando se les acabó el interés y terminó la Guerra Fría, nunca se volvió a hablar del asunto. Eso no quiere decir que los países hayan dejado de existir ni que los dramas que transcurrieron allí, tan espantosos, no hayan ocurrido. No creo que el periodismo sirva para gran cosa, pero sí sirve a la larga para decir: esto ocurrió aquí. Nada más.

 

–El periodismo sirve para que el que lo hace se divierta, ¿no?

 

–Sí, para uno sirve mucho, claro. El texto no creo que sirva para gran cosa, más que para hacer un testimonio, pero para nosotros es la forma más divertida de ver el mundo. Esto es como estar permanentemente en un asiento de primera fila ante el gran teatro del mundo. Es un privilegio.

 

–¿Cómo relaciona ese privilegio con el éxito profesional?

 

–No lo relaciono. Nunca se me ocurrió y nunca me propuse el éxito profesional. Hasta hace muy poco me di cuenta de que soy, efectivamente, una periodista exitosa.

 

–¿Disfruta o le pesa este status en el que todos le pedimos opinión acerca de todo?

 

–No me divierte. Siento que me quita una de las cosas que más disfruto en la vida que es el anonimato.

 

–Habla poco del miedo…

 

–Es que me queda claro que en cualquier otra situación parecida, cualquier otro reportero hubiera hecho lo mismo. Entonces, ¿por qué tratar el tema? Se da por hecho de que el miedo o el riesgo son parte del oficio y que si en determinado momento estuvimos en situaciones riesgosas fue porque lo escogimos.

 

 

–¿Un reportero de espectáculos o de cultura es menos reportero?

 

–De ninguna manera. No le concedo ningún prestigio superior a lo que hago. De hecho, me hubiera podido dedicar a la arqueología, a ser cantante de blues, que creo que lo hubiera hecho muy bien o a ser reportera de arte o de comida, que sí he hecho. Y a todos esos oficios me hubiera dedicado de mil amores. Lo que pasa es que no decidí esta tarea a la que me dedico hace 30 años. Fue lo que me tocó. Además, un periódico tiene la obligación de presentar el mundo ante los lectores. Leo las noticias de sociales, leo la revista Hola!, leo la sección de cine del New York Times, es importante para mí.

 

–¿Quiénes son sus cantantes de blues favoritos?

 

–Escucho a los viejos, por supuesto, como Howlin Wolf, como John Lee Hooker, ahora estoy escuchando muchísimo a Lowell Fulson, es un súper cantante. Sorprendentemente, Ike & Tina Turner eran grandes cantantes de blues, me gustan.

 

–En este recorrido por Latinoamérica, ¿hubo algún lugar para quedarse?

 

–El país que más me ha seducido es Colombia. Tiene que ver con los paisajes, con su gente, con su locura…

 

–Se ve muy complicada la situación de México…

 

–Tremendamente complicada, pero no se trata de una situación de México, sino de una situación mundial. El narcotráfico es un problema del mundo consumidor, que no es sólo Estados Unidos, con el mundo productor. Y es el problema de una guerra que inauguró Estados Unidos hace 40 años que no sólo ha resultado una guerra estúpida, sino también una guerra que ha servido para repartir el virus del narcotráfico por todo el mundo.

 

–Vive en México y tiene un jardín…

 

–El jardín es una cosa maravillosa y tener cinco macetas también es maravilloso, porque te da en qué pensar cuando estás tratando de escribir y también porque en un país con ciclos agrícolas tan lentos, en donde por ahí por marzo uno piensa que no va a reverdecer una hoja, uno va a aprendiendo que siempre reverdecen las hojas. Llegan las lluvias y todo se vuelve a cubrir de verde.

 

–¿México reverdecerá?

 

–Ah, sí, espero que así sea.

 

 



Mónica Maristain
Editora
SinEmbargo Cultura & Espectáculos

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