• 18 de julio de 2018, 9:10
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La resistencia al discurso hegemónico

Por Eduardo de la Serna



Comentando un libro de Anathea E. Poirter-Young (1)


Eduardo de la Serna



Hace unos meses, la Revista Bíblica de Argentina me dio, para comentar, un libro: Apocalipsis contra Imperio. No haré aquí el comentario que ya he presentado y – seguramente – será publicado en el próximo número. Pero sí creo que el libro es lo suficientemente sugerente como para, a partir de él, hacer una serie de comentarios mirando nuestra realidad. Esto pretendo aquí, y continuaré en otras entregas.

Anathea E. Portier-Young, Apocalipsis contra Imperio. Teologías de resistencia en el judaísmo antiguo (traducción: Serafín Fernández), colección agora 39, editorial Verbo Divino, Estella (Navarra) 2016, págs. 701.

La primera de las tres partes de la obra (la que aquí quiero tener en cuenta) presenta las diferentes teorías de la resistencia para lo que recurre, obviamente, a las ciencias sociales. Sin duda – y lo señala – las diferentes resistencias remiten, para empezar, a los diferentes modos de dominación. Recién a partir de éstos modos concretos de dominación se darán éstas formas de resistencia. El objetivo de la misma es poner un límite al poder, el cual será mayor o menor según las posibilidades, las capacidades resistentes, las fuerzas de la dominación, etc. De las dos puntas del contexto se trata: del que ejerce el dominio y de quienes lo padecen.

Señala detalladamente la dominación y la hegemonía y la confrontación con las mismas como punto de partida. La hegemonía, señala, son “formas no violentas de control ejercidas mediante todo el abanico de instituciones culturales y prácticas sociales dominantes, desde centros de enseñanza, museos y partidos políticos hasta práctica (sic) religiosa, formas arquitectónicas y medios de comunicación” (p.40). La hegemonía sostiene como “normativos y universales modos de percibir el mundo (…) la suma total de las tesis tácitamente postuladas del lado ‘de acá’ de toda investigación (…) en la medida en que se asume esta lógica, lo meramente posible se antoja necesario; lo contingente, absoluto, y los modos de ordenar la vida que se han configurado a lo largo del tiempo parecen ser parte de la ‘naturaleza’…” (p.41). Se ha interiorizado la estructura dominante. Contra esto – repite, por ser el tema de su trabajo – reaccionan los diferentes escritos apocalípticos considerados en su obra.

La resistencia es posible, insiste, porque el discurse hegemónico es binario: dentro/fuera, centro/periferia, bien/mal, civilizado/bárbaro, normal/aberrante para lo cual se remodelan mitos y se asignan nuevos valores a símbolos (pone, como ejemplo de esta resistencia, el símbolo de la cruz, p.44). La clave está en impugnar y poner en evidencia las mitologías que están en la base de la hegemonía imperial. Esa hegemonía se pone en crisis a partir de “contradiscursos” que articulan nuevos parámetros. La valorización de los mártires, por ejemplo (libro de Daniel) permite echar por tierra el valor absoluto del discurso y poder imperial.

La resistencia (y sigue en parte a J. C. Scott) se hace fuerte en el discurso oculto (puede ser en el chisme, los grafitti, las canciones populares, etc.) y el anonimato (que garantiza la vida del emisor) sea escondido en un “dicen”, o en textos anónimos. En este sentido, la autora señala, con razón, que la apocalíptica no es anónima sino seudónima, lo cual ubica el texto en una “tradición teológica”. Esto permite que la autoridad imperial se vuelva relativa (y si remite a una autoridad antigua sea Daniel, Henoc u otro la vuelve secundaria y desplaza su valor).

Es partiendo de esta primera parte que quisiera comentar algunos elementos.

Sin duda hay un “discurso hegemónico” que ha calado en nuestras sociedades. Se ha naturalizado que cosas pasadas “no podían ser” o que cosas contemporáneas “es lo que se puede / debe / conviene”. Escuchamos decenas de ideas introyectadas que no son sometidas a un discurso crítico resistente o contrahegemónico: “pagábamos poco” (las tarifas), “había que ordenar las cuentas”, “se robaron todo”, o que son mitologizadas positiva o negativamente como el “demonio” del populismo, o el mito de la fiesta de globos y bailes, fiesta a la que la inmensa mayoría no está invitada, por cierto. Ciertamente esto está introyectado con la fuerza de la imagen que muestra, por ejemplo, a Cristina enojada, con deditos alzados, y colores agresivos, mientras se muestran las caras sonrientes de Macri o Vidal, con colores tenues, o palabras clave ligadas a uno u otro para que se las relaciones mentalmente en el inconsciente (robo, corrupción, cárcel, por un lado, o moderación, transparencia, diálogo, por el otro). Y – precisamente por ser hegemónico – es visto como natural / antinatural lo que es claramente funcional al imperio.

Esto lleva (me lleva) a pensar por otro lado en el rol de la institución eclesial. Institución que, lamentablemente, en muchos casos es funcional al imperio, y hace suyo el discurso hegemónico. Y quiero empezar con un ejemplo muy evidente: me resulta sumamente preocupante ver en América Latina voces eclesiales críticas de Correa, de Evo Morales, de Chávez / Maduro, de Lula / Dilma, de Néstor / Cristina y ser testigo azorado de la falta de voces (al menos voces tan potentes como las anteriores) críticas de Piñera, Macri, Cartes, Temer, Uribe, Fujimori / Kuczynski, Peña Nieto. Entiendo que los venezolanos o peruanos tengan una opinión sobre sus gobiernos, pero no son solo venezolanos los que gritan contra Maduro, y no escucho a esas mismas voces hablar de Kuczynski, para poner un ejemplo. Ver a gran parte de la Iglesia jerárquica colombiana tomando posturas uribistas (y “ordoñistas”) contra los acuerdos de Paz (¡de paz!, sí… la hegemonía hace ver como natural la guerra y como “subversiva” ¡¡¡la paz!!! [sic]) o escuchar un grito casi unánime contra el aborto de obispos argentinos y el silencio frente al hambre, la falta de salud, la desocupación y la desesperanza lleva a saber que, lamentablemente, no parece que en estos sectores eclesiales (“sectores”, porque no son “la Iglesia”) haya de poner esperanza o confianza en que levanten una voz de parte de Dios en favor de las víctimas.

Curiosamente, sectores eclesiales que levantamos voces aparecemos como “rara avis”, casi herejes, o de rebeldía e infidelidad que se desean sancionados. Pero la historia de la Iglesia, incluso la contemporánea, sabe mostrar voces contrahegemónicas y contraculturales. Y los mártires de ayer y de hoy saben iluminar caminos que no podrán desnaturalizar las voces oficiales por más que domestiquen a Brochero o a Romero, a Mugica o a Angelelli. Allí están sus voces y gestos desmitologizando el imperio, “en nombre de Dios y de este sufrido pueblo”. De eso se tratan los profetas, aunque hoy se naturalice su silencio.




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Publicado por Blog de Eduardo para Blog de Eduardo de la Serna el 4/05/2018 10:18:00 a. m.

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