• 18 de noviembre de 2018, 2:43
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Ismael

Por Jorge Elbaum*

                                                                                                                


Ismael Ramírez tenía 13 años. Su vida asesinada prologa el probable incendio de furia que terminará con este nuevo experimento neoliberal. Como en oportunidades anteriores, la divinización acrítica del capitalismo financiero cegará vidas en nombre de una eficiencia comprobadamente ficticia: redundará en inversiones inexistentes, apelará a innovadoras “timbas” de LEBACS, a endeudamientos múltiples y a discursos psicóticos, atrapados en realidades vacías e inexistentes.  Pero no nos devolverán la vida de Ismael.

No sabemos si el gobierno de Macri terminará su mandato en tiempo y forma. Si siquiera si adelantará las elecciones como aporte para evitar más muertes, más sometimiento al Fondo Monetario, más estrangulamiento del aparato productivo. Tampoco sabemos si se irá languideciendo hasta el año que viene tragando vidas a su paso. Solo sabemos –con certeza crítica— que un pibe argentino de 13 años ya no volverá a jugar en la plaza del Barrio Obrero de Sáenz Peña, donde nació y vivió Ismael.

En ese hueco que dejó la bala que le travesó el esternón –debiéramos ver-- la imagen más dolorosa de una Patria cuyos gobernantes han decidido –con ligereza, cerrazón ideológica y negación de la realidad-- llevarnos hacia los márgenes de la desesperación: Ismael –como en 2001 lo fueron otrxs 40 compatriotas —son los muertos de un sistema que desprecia la soberanía y endiosa políticas cuyos beneficiarios son únicamente los más acaudalados y privilegiados. No sabemos si el pueblo argentino va a soportar más pillaje industrial de guante blanco. Lo que sí sabemos es que Ismael ya no visitará el supermercado del barrio “713 Viviendas” para hacer las compras donde su mamá lo mandaba semanalmente.

Sabemos, con íntima certeza y dolor, que el modelo económico del macrismo es el mismo de la dictadura militar: un esquema neocolonial que nos pretende precarizados, endeudados, pasivos y sometidos. Conocemos sus buscados efectos en nuestra subjetividad: la doctrina del silencio hacia los temas relevantes, el escondrijo de agendas ajenas a nuestras necesidades más imperiosas, la fabricación de columnas de humo mediáticas dispuestas para confundirnos, aislarnos y fragmentarnos. Nos quieren con la cabeza gacha ajenos al gran desfalco nacional, sostenido por los beneficiarios de un saqueo eufemizado, de camisas planchaditas, que recogen los frutos de sus negocios, apuntalados por el trabajo social acumulado de los argentinos. El balazo de 9 milímetros que asesinó a Ismael no es más que el testimonio aterrador de un gobierno que ha decidido, desde fines de 2015, valorar los productos de un supermercado como superiores a la vida de un adolescente. Que es capaz de referirse a su homicidio como parte una trama –tal cual lo hizo el dirigente de Cambiemos, Yamil Santoro—como una elucubración de “legítima defensa” de un policía (o un comerciante) frente a un chico desarmado.

La contracara de este proyecto neoliberal supone detenerse en Ismael. En su vida en el Barrio Obrero. Y en el estallido vecinal larvado que se organiza frente a unas “señales de mercado” que les otorga tiempo a los grandes capitales para trasladar sus riquezas a plazas más redituables. pero que no autoriza a los pobres a buscar alternativas frente al hambre, los despidos, el miedo a perder el trabajo, la inflación, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios (celebrado recientemente como un mérito por Caputo) y/o el aumento potencial de las tarifas, que cada día se hacen más impagables. Los poderosos tienen alternativas. Los pobres balazos. Familias destrozadas como la de Ismael, que recordarán al macrismo en su identidad primigenia: insensibilidad manifiesta, dramaturgia cínica, tierra arrasada. 

Tenemos la certidumbre de que “el mejor equipo de los últimos 50 años” necesita en forma creciente y brutal con la colaboración blindada de las fuerzas de seguridad concentradas en vigilar y reprimir al pueblo y desatender el crimen organizado que festeja la detallista preocupación de la policía, la gendarmería y la prefectura en otros pibes como Ismael. La ceocracia busca naturalizar la presencia de efectivos frente a las marchas, mostrando un “orden” basado en el disciplinamiento. Macri ha decidido suplantar las nociones de esfuerzo, trabajo y toda expectativa de futuro --como ordenadores de los intercambios sociales— para reconvertirlos en incertidumbre, volatilidad y “cosas que pasan” similares a las fantasmagorías de “las manos invisibles del mercado”. Ninguno de esos subterfugios ni artificios ni maquillajes nos devolverán la vida de Ismael. Peor aún: fabricarán más muertes rodeadas de ficciones dispuestas para continuar con el auténtico saqueo, aquel que esclaviza a toda la sociedad a 30 años de deuda a ser oblado, prioritariamente, por quienes no pueden fugar sus (módicos) recursos a paraísos fiscales porque los tienen que utilizar para sobrevivir.

Ismael (al igual que Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y Facundo Burgos) son la expresión luctuosa de un tiempo bipolar en el que se pretende legitimar la carencia entre las víctimas. Se busca que se acostumbren a derivar el esfuerzo de su trabajo hacia los más acaudalados en nombre de un crecimiento que nunca llega. En el medio de esa esquizofrenia –como subrayó Raúl Zaffaroni a fines de 2015--, los muertos siempre los entrega el pueblo: cuerpos provenientes de familias populares apilados en las morgues judiciales, como verdaderos testimonios de angustia de un tiempo abyecto.

 Ni Ismael ni su familia tenían bonos, ni dólares, ni LEBACS dispuestas para recuperar o salvar algo de su poder de compra de alimentos. Apenas contaban con salarios ínfimos que le permitían seguir escolarizándose en su ciudad natal de Sáenz Peña, cuando el presidente decía por la tele que “pasaron cosas”.  Lo que sucedió y todos debemos saber es que llegaron ellos: armados con sus repetidas herramientas de exclusión y muerte, maquillados con discursos mendaces dispuestos a esconder lo que verdaderamente vinieron a hacer.  Vinieron a inclinar los recursos hacia sus bolsillos, a imponer un entramado en el que quedemos atrapados por decenios. Vieron a clausurar toda esperanza y hacerle creer a la gente que la década ganada fue una ilusión y que sus referentes “se robaron todo”.  Vinieron a hacerles creer a los argentinos que Ismael era un asesino que está bien muerto, motivo por el cual fueron capaces de difundir fotos con las cuales lo representaron armado y violento. Vieron a convertir a las víctimas en victimarios y a los privilegiados en “honestos” servidores públicos. Vinieron, sobre todo, para que no nos conmueva la muerte, ni el hambre ni la perdida de trabajo de nuestros hermanxs. Pero el hechizo se está difuminando. Y nosotrxs –a pesar de ustedes, pretendidos dueños de la vida y el dinero— no vamos a dejar de recordarles (en las paredes, en las voces doloridas de quienes sostenemos la memoria) quienes fueron los que realmente asesinaron a Ismael: esos que llegaron de la mano de globos, bailes y fetichismos múltiples, para sembrar de sufrimiento a los sectores más humildes de nuestra Patria. 



                                                                                                            



*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la). 

Foto tomada de Tiempo Argentino










                                                                                                       

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