• 18 de noviembre de 2018, 3:03
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Inficionados

Por Eduardo de la Serna




Una de las cosas que nos dejó clara la dictadura cívico-militar era que muchos, casi todos quizás, estábamos “inficionados” de marxismo. Puesto que el marxismo campeaba, según ellos, fue tarea ardua “desinfectar” a la sociedad. Otra dictadura, la paraguaya, después de “sólo” 40 años de desertificar las mentes guaraníes, afirmó, poco antes de caer, que había que eliminar a los marxistas, a los filo-marxistas, a los cripto-marxistas y a los para-marxistas.

A Orlando Yorio, en la tortura le dijeron “sabemos que ustedes no son guerrilleros, ni están armados, pero hacen pensar a la gente y eso es subversivo”. Además, había que sumar a los “idiotas útiles”. La cosa es que, para la intelectualidad armada, pocos son los que se salvan en ese extraño occidente cristiano “avant la lettre” o “a la carta”, o “de diseño”…

La cosa es que millones estaban (estábamos) infectados de ese perverso mal. Infectado, infiltrado es lo mismo. Lo que importa es el mal a erradicar.

Claro que, peut être, quizás, a lo mejor, el problema era la infición que había en la “mente” (sic) o ideología que sustentaba la dictadura con iniciativa y aliento civil y bendición eclesiástica (para las cuales el marxismo era la mismísima encarnación de Satán, Belzebú, Lucifer, Belial, o todos ellos insieme). Y, entonces, lo que no encajaba en su esquema inficionado era tenido por marxismo, o leninismo, o guevarismo, o castrismo, o maoísmo, o estalinismo, o trotskismo que es todo igual y lo mismo como cualquiera sabe. ¡Zurdos y listo!

Pero, aparentemente, terminó la dictadura, y la infección que nos inficionaba parece no haber hecho estragos infectando la sociedad. ¿O sí? ¿O qué otra cosa es el castro-chavismo-lula-kirchnerismo, sino? (y sumemos luguismo, correísmo, evismo, y cientos de otros ismos perversos que se resumen en el más perverso de todos: el populismo).

Quizás, sólo quizás, la dictadura haya terminado, aunque los desaparecidos siguen desaparecidos, los niños apropiados siguen mayoritariamente apropiados, y muchas creaciones dictatoriales reviven como la deuda externa, la represión chocobárica, lacrimógena o “a la pimienta” o sencillamente los presos políticos o asesinados que “no le importan a nadie” de los inficionados de dictadura.

Puesto que algunos lo repetirán (incluso intraeclesialmente) quiero decirlo yo anticipadamente ya que “a confesión de parte, relevo de prueba”: estoy inficionado, infectado, infiltrado. El Evangelio que Jesús, el mesías de los pobres que quiere comunicarles a ellos “buenas noticias” es mi lugar desde el que quiero vivir, celebrar, sufrir, militar "malgré tout". Sé que en mi vida he tenido errores, pecados, metidas de pata, y hasta miserias. Cuando he podido creo haberlas remediado. Pero no tengo en mi conciencia haber negado, traicionado, ignorado el mundo de los pobres. Tampoco niego errores pasados, presentes y seguramente futuros en esto. Pero siempre (hasta ahora al menos) creyendo y convencido de estar, pensar y obrar “desde el lugar del pobre”. Y no quiero vacunarme.

Estoy inficionado. Lo repito. Los curas opp estamos inficionados. Y quisiéramos que esa infección infecte todo, esa infiltración se infiltre por doquier. Sabemos que eso es subversivo. Lo somos. Queremos subvertir este sistema en el que los pobres no cuentan más que a la hora de votar (o de decir que lo hicieron, voto electrónico mediante); queremos subvertir un mundo en el que los negros, bolitas-paraguas, villeros, cabecitas o kabezas, choriplaneros o simplemente “los nadies” no existen porque sabemos que “otro mundo es posible”, porque queremos “un mundo en el que quepan muchos mundos”; queremos subvertir una Iglesia vertical (o verticalista) donde hay arriba y abajo, para soñar una Iglesia de los pobres, una casa de los hermanos y las hermanas. No estoy dispuesto a pedir perdón si alguien se ofende por eso, sí a llamarlo a conversión; pedir perdón por celebrar una misa por la paz, el pan y el trabajo porque algunos se sintieron mal me suena a “agachada”. Y creo que, si a algunos les molesta, deberíamos inocularles una buena dosis de Evangelio para que se infecten del hedor de los pobres, se inficionen de barro y mates, se infiltren de esa enfermedad que contagia el Nazareno marginal que se llama solidaridad. C’est tout!


Foto tomada de ABC.es
Fuente: Blog 1 de Eduardo de la Serna

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