• 20 de junio de 2018, 17:41
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“En México vivimos en el infierno”

Por Mónica Maristain.

Vive en Ciudad de México desde 1976, cuando era apenas una niña y cuando no sabía si se iba a dedicar a las Letras. Recuerda una canción que tarareaba en el avión y hacerse mujer e intelectual en México, un país que como bien sabe decir el periodista Jesús Lemus, “está resquebrajado”.
Dice ser “argenmex”, alguien que está a camino de las dos nacionalidades, pero a veces suena tan mexicana, tan de aquí, que no se corresponde con su partida de nacimiento.
En otras oportunidades, su decir canyengue, su ser prima hermana de Lalo Schifrin, el famoso autor de la melodía de Misión Imposible que ha recorrido el mundo y la historia, la hace nacida específicamente en Buenos Aires, en pleno centro de la capital y no en Pacheco, desde donde vino su padre médico, su madre artista plástica, sus tres hermanos, huyendo de los militares.

Sandra Lorenzano nació en 1960, se doctoró en Letras por la UNAM, aquí aprendió amar a Los Pumas (tiene el gen futbolero en activo y sin remedio), aquí creció su única hija, Mariana y es aquí donde se convirtió en una escritora inquieta y prolífica, que lo mismo explora el intrincado territorio del ensayo (ganó Mención Especial en el Premio Nacional José Revueltas por su trabajo >Escrituras de sobrevivencia>. Narrativa argentina y dictadura, en 2001), el frondoso bosque de la novela (en 2007 dio a conocer Saudades) o el inasible lenguaje poético con Vestigios, su libro del 2010.
Ha sido elegida una de las 100 mujeres líderes de México en una lista confeccionada por el periódico El Universal y hoy dirige el centro de comunicación de la UNAM Tlatelolco.
Fuga en Mí menor (Tusquets) y la reciente La estirpe del silencio (Seix Barral) confirman su labor de escritora a tiempo completo. “Escribo y escribo”, afirma.

–En el avión, cuando viniste para México, ¿pensabas en ser escritora o en salvar la vida?

–Tenía 16 años. En realidad es una reconstrucción lo que puedo hacer. En ese momento se me cruzaba una inmensa tristeza por lo que estaba dejando. Veníamos en el avión y yo me cantaba bajito durante todo el vuelo: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir”. Que es una letra de Horacio Ferrer. Ahora suena como puesta en escena, pero yo estaba muy triste, nos habíamos despedido de los abuelos, del perro, de los amigos y al mismo tiempo yo estaba asustada, las últimas semanas en Argentina habían sido semanas muy tensas, habíamos tenido que dejar la casa. Habíamos dormido en la casa de mi abuela materna, porque mis abuelos paternos ya se estaban ocupando de mi tío que ya vivía en México y de mi tía, que ya era una desaparecida. Todo era angustiante. Lo que sí pensaba es que iba a volver a enseguida, que esto era un momento, porque tampoco entendía mucho lo que pasaba. Tomamos el vuelo en julio y aterrizamos el 9 de julio de 1976. No me imaginaba que casi 42 años después, te iba a estar contando esto, en México, muy feliz de estar aquí. Entonces todo era tan raro, tan ajeno, que pensaba, ¿cómo vamos a hacer para vivir acá?

–En todos estos años has podido ver la represión del Estado, tanto en uno como en otro lado. ¿Qué piensas de todo esto? En Argentina se dio más bien a nivel de clase media…

–Estoy de acuerdo con una parte. En Argentina no fue sólo de clase media. Hay amplísimos sectores de la clase obrera que fueron masacrados. Hace 10 días salió un artículo de en Página 12 que recién ahora empieza a saberse lo de la masacre de la Ford, en Pacheco. Justo estaba charlando con mi hermano, sobre dos hechos que ocurrieron en Pacheco, uno es la matanza de obreros en la Ford y otro cuando entraron fuerzas de la represión a un local del PRT. Ahora, con los años, el hermano mayor de uno de nuestros compañeritos de escuela, fue reprimido ahí. Entiendo que el centro de la pregunta está puesto en México y diría que el Estado mexicano ha sido sumamente astuto en su construcción del aparato represivo, como ha sido astuto como todo aquello que forma parte del sistema político mexicano. Ha logrado un Estado de múltiples rostros. Existe el logro filantrópico, del que hablaba Octavio Paz y entonces hay apoyo a la cultura, a la educación, propicia las ferias del libro, ese rostro del Estado mexicano no está construido para tapar al otro, sino que convive. Y eso es lo que me parece más impresionante. Es de una sabiduría perversa, impresionante. Muy inquietante, porque puedes quedarte con uno de los rostros. Está el Estado asesino. Mientras México nos recibía a nosotros, exiliados de América Latina, al mismo tiempo combatían con el Ejército a la guerrilla y a los movimientos sociales que se daban en el país. En estos momentos, estamos viviendo en el infierno. Vivimos en pequeñas burbujas de estabilidad a las que nos aferramos con uñas y dientes. Vivimos en un infierno de muertos, torturados, desaparecidos, de hambre, con un nivel de riqueza impresionante. El problema es el reparto y el grado de corrupción que nos impide ver la separación del Estado con el crimen organizado.

–En todo ese contexto decidiste estudiar Letras, ¿cómo fue?

¬–Yo soy una enamorada de los libros desde siempre. Cuando llegamos a México, además de leer como desaforada, siempre he creído que la literatura y la vida van juntas, fue empezar a escribir poesía. Primero pensé si quería estudiar Antropología, también la realidad mexicana me provoca una fascinación absoluta, cuando vengo al Centro y es algo que adoro, vengo y miro, soy una voyeur de la cultura. Lo cierto es que antes de decidir carrera, lo primero que sentí es que yo quería estudiar en la UNAM. Cuando conocí la UNAM fue un amor a primera vista. Es un espacio fascinante. El centro, Ciudad Universitaria y el Desierto de los Leones son mis lugares favoritos de México. Así que me fui a Letras. Y estaba al mismo tiempo muy clavada en la poesía.

¬–Claro que cuando escribes poesía, estudiar Letras no es lo mejor

–Eso es lo que te quería decir, a mí me sirvió la Facultad para aprender mucho, para conocer gente maravillosa y para no escribir durante varios años. El nivel de autocrítica que te genera es pavoroso. Es como entrar hoy a una librería y me sigo preguntando por qué escribo. Uno sabe que escribe por otra cosa. Fue una gran frustración.

¬–Hay como dos corrientes. Hay una teoría que es increíble y por otro lado es la creatividad. No van unidas en la Facultad.

¬–Son varias cosas. Respeto mucho y quiero mucho el ámbito académico. Me parece un ámbito crítico y reflexivo imprescindible. Eso no quiere decir que no haya una Academia insoportable. Hay que pedirle eso a la Academia, que sea inclusiva. Desde muy temprano, yo decidí que se podían juntar las dos cosas. Escribí una tesis rarísima, que tuve que pelear para que me la aceptaran, acerca de una novela de Noé Jitrik, El ojo del Jade. Hice un juego entre crítico y creativo para esa novela. A nadie le gustó demasiado, al propio Noé tampoco, pero me sirvió para casi todo lo que hago ahora. Combinar con libertad lo crítico, lo reflexivo, lo creativo y dejar de preocuparme por los compartimentos estancos. Si a la gente le cuesta etiquetarlo, no es mi problema.

¬–En la Facultad de Letras me tocó la mejor época, pero estaban prohibidos Osvaldo Soriano, Juan Gelman, Julio Cortázar…¿cómo hacer que la academia vaya con los autores que venden, que no piensan como ella?

–Yo diría que era menos rígida la educación académica acá. Es un problema que existe entre la separación de lo académico en sentido estricto, lo creativo y el placer de la lectura. Creo que muchos somos los que tratamos de que eso se quiebre, de que haya vasos comunicantes. No te olvides de que unas de mis pasiones literarias es Manuel Puig, digo como bien dice Ricardo Piglia: Puig nos enseñó que la alta cultura y la cultura popular conviven.

¬–¿Cuándo publicaste tu primer libro, cuándo fue que te consideraste escritora?

–Me dejé silenciar por la exigencia académica un buen número de años. Mis primeros libros no son de creación literaria, son más bien libros de ensayo y crítica. Había que resolver muchas cosas. Tengo un respeto a los escritores que me gustan, hay mucha gente que se dice escritora y que creo que abusa. Todavía hoy cuando tengo que llenar un papel, pongo profesora. Me cuesta eso de escritora. Cuando apareció la escritura, apareció de forma natural, como un compromiso cotidiano y la posibilidad el haberme dado permiso para rastrear o bucear buscando mi propia voz. Así nace la escritura de Saudades, una especie de novela por medio de la que empieza un proceso imparable.

–He leído tus últimos poemas, he sentido una profunda emoción, de una escritura primordial

–Es el tipo de la escritura en que estoy metida, es una especie de exploración. Voy cerrando los libros para encontrar un ritmo, pero podría dejarlos a todos abiertos. Ya no escribo hacia un género, donde mezclo la reflexión, la realidad, es una realidad que nos está doliendo mucho a todos. El último libro lo acabo de cerrar, se llama Miedo y es un testimonio muy íntimo y personal, al mismo tiempo me di cuenta de que en este mundo mexicano yo no podía ser la que hablara del miedo. Vengo de una historia de exilio, donde hay gente que murió en la tortura, que fue tirada al río o que sobrevivió a todo eso, ¿con qué derecho hablo del miedo? Y hoy en México, cuando hay cantidad de mujeres que viven una violencia de género atroz, en todos los niveles sociales, las mujeres migrantes que van a pasar por la frontera sur que es una de las fronteras más terribles del mundo, que van a ser violadas, con suerte van a sobrevivir y van a poder seguir su camino, ¿yo estoy hablando del miedo? Entonces, todo este cuestionamiento se transformó en un texto que parte de una experiencia personal y de pronto se aglutinó en muchas otras experiencias. Para eso yo dejé que mucho de la escritura fluyera. Yo escribo muy temprano en la mañana, antes de que el ruido del mundo interfiera en mi cabeza, tiene que ser esa voz primordial, es esa búsqueda lo que trato de escribir.

Desde México, Mónica Maristain

Fuente: Liliana Lopez Foresi

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