• 24 de septiembre de 2018, 4:37
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¡El cine argentino tiene futuro?

Por Javier Erlij -Foto: Fernando Krichmar, cineasta.

Un conocido periodista oficialista presenta en horario central en la televisión abierta un informe algo confuso sobre manejos sospechosos (presuntamente corruptos) en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC), dependiente de ese organismo. Los señalados son el presidente del INCAA, Alejandro Cacetta, un productor de larga trayectoria en el medio y el director de la ENERC, el también productor Pablo Rovito, miembro de una familia ligada al cine desde hace décadas. El énfasis de la emisión no descansa tanto en la solidez de la investigación como en la filiación política de los acusados, un indicio “evidente” de culpabilidad que no necesita de más pruebas para llegar al veredicto mediático, inapelable, definitivo. Probable operación de prensa, el ministro de Cultura de la Nación Pablo Avelluto aprovecha la repercusión del caso y eyecta del puesto a Cacetta con quien venía teniendo encontronazos cada vez más frecuentes. Rovito, por su parte, le escribe a Avelluto una carta de descargo y con ella presenta su renuncia.


Algunos meses más tarde, el nuevo director del INCAA, Ralph Haiek, un amigo de la infancia del presidente Mauricio Macri y ejecutivo destacado de la televisión por cable, publica una resolución que endurece las condiciones para acceder a los créditos de la institución que preside y que motiva la protesta de las entidades del sector audiovisual que entienden que la nueva normativa  perjudicará a las pequeñas y medianas productoras. Esa semana una conocida revista de actualidad política publica una entrevista a Haiek. El funcionario cuestiona la autoridad moral de la protesta de la comunidad del cine con el “argumento” de ser artífices de películas que “sólo acompañaban el relato K”, un slogan sin contenido que tanto sirve para un barrido como para un fregado pero siempre útil cuando del otro lado hay pereza para pensar.


Finalmente, llega fin de año y el INCAA que ese mismo señor continúa presidiendo anuncia como la cosa más normal del mundo que el año que viene no habrá producciones cinematográficas nuevas. El cine, además de una industria (y muy próspera, por cierto) es también un arte. Que sirve para mostrar que el mundo no termina en la avenida Santa Fe, que no hay una sola manera de hacer las cosas, que se puede convivir civilizadamente con personas que no piensan como nosotros, que no hay que decirle al prójimo qué puede hacer y qué no, que de vez en cuando es bueno callarse un rato la boca y, por ejemplo, meterse en un cine a ver y escuchar una buena historia. Y aprender algo de ella.

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