• 23 de octubre de 2018, 10:40
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Deuda externa: el crimen distributivo perfecto

Por Ricardo Aronskin

Pocas políticas redistributivas contra las mayorías son más eficaces que el endeudamiento externo

 

En maniobras en las que se pretende confiscar los ingresos de las mayorías, es importante que estas no lo noten, no relacionen medidas económicas aparentemente técnicas con la caída de sus ingresos, no adviertan quienes son los que le están metiendo la mano en el bolsillo, ni puedan identificar cómo fue que ocurrió que quedaron más pobres y desvalidas que antes.

Todos estos formidables requisitos para concretar un crimen perfecto son los que cumple el endeudamiento externo, hoy en su tercera versión en los últimos 40 años.

 

Las nieblas del tiempo todo lo cubren

La primera característica que tiene el endeudamiento externo es que la deuda se contrae hoy, pero se paga en los próximos años o décadas. Eso separa económicamente y socialmente los efectos de recibir los fondos, del momento en que los fondos deben ser devueltos. Ni qué hablar desde el punto de vista político: hay un gobierno que toma y gasta la deuda y otro que debe pagarla. Presupuestariamente están en dos extremos opuestos: uno dispone de más fondos de los que recauda para gastar y el otro, por el contrario, deberá emplear recursos de la recaudación para comprar dólares y enviarlos lastimosamente al exterior, generando un impacto contractivo interno.

Imaginemos un ejemplo sencillo: un gobierno toma 44 millones de dólares de deuda, y le regala un dólar a cada argentino… ¡qué gobierno macanudo! Luego el gobierno siguiente, para pagar la deuda, les tiene que cobrar un impuesto de un dólar más intereses, a los 44 millones. ¡Qué gobierno amargo!

Es lo que pasó con la dictadura cívico-militar y el gobierno alfonsinista: mientras Martínez de Hoz gastaba dólares alimentando a la “patria contratista” y la fuga de divisas, Grinspun y Sourrouille tuvieron que administrar una situación fiscal dramática, donde los servicios de deuda se llevaban entre un cuarto y un quinto del presupuesto nacional. ¿Quién era el bueno y quién era el malo para la opinión pública? ¿Quién tenía buena onda y quién era el aguafiestas? ¿Con quién se vivía bien y con quién se vivía peor?

Políticamente, desde el más estricto cortoplacismo irresponsable, es mucho mejor tomar deuda que pagarla. No importa para qué se use. Se ha observado, hasta el presente, que no hay capacidad en la opinión pública para percibir ni comprender el impacto de la deuda externa sobre todos los aspectos de la vida social. Sólo hay sensaciones inmediatas de mejora o desmejora que premian a los endeudadores y castigan a los gobiernos que no tienen más remedio que pagar.

Si agregamos a esto el tema intergeneracional, las pistas se borran aún más: si por la acumulación de capital e intereses, refinanciaciones, renegociaciones, etc. etc., los pagos de deuda se van prolongando a través de décadas, los desastres generados allá lejos y hace tiempo dejan de visualizarse, se naturalizan y se pierde de vista su origen. Esto pasó con el gobierno kirchnerista, que debió enfrentar el asedio de acreedores especulativos y soportar la incautación de una fragata, mientras que era acusado por el neoliberalismo local –responsable absoluto del endeudamiento externo— de estar perjudicando al país con sus devaneos soberanistas.

 

Estuviste de fiesta pero no te diste cuenta

La segunda característica del endeudamiento externo, al menos en el caso argentino, es que un sector muy definido de la sociedad es el que aprovecha el ingreso de fondos externos pero, en el futuro, el sector que no tuvo participación en el festival de endeudamiento es el que con sus ingresos y el deterioro de su nivel de vida pagará el grueso de la deuda.

En las anteriores experiencias argentinas de endeudamiento, la deuda pública no tuvo aplicaciones productivas que aumentaran la capacidad competitiva y exportadora del país, sino que se aplicaron a actividades internas, algunas vinculadas a las obras públicas y otras, de modo abierto y decidido, orientadas a financiar importaciones de bienes artificialmente abaratados por el tipo de cambio, o a sostener turismo abaratado en el exterior, o a vender dólares sin restricciones para que fueran apropiados por sectores de alto poder adquisitivo.

Es preciso aclarar que para que estos mecanismos gocen de cierto apoyo colectivo, se debe dar algún grado de participación a toda la población. Así, en los festivales importadores habrán productos “todo por dos pesos” para que hasta los más carenciados puedan acceder a alguna chuchería, y muchos mini ahorristas que podrán comprar 50 o 200 dólares en alguna oportunidad. Eso no alcanza para explicar los grandes movimientos ni de importaciones ni de venta masiva de dólares, que están fuertemente concentrados en sectores de altos ingresos, una clara minoría poblacional.

Luego, en el futuro, algún gobierno deberá recaudar los fondos necesarios para pagar la deuda mediante una estructura impositiva regresiva, como la argentina, que reposa básicamente en los consumidores, y sólo en segunda instancia en el más progresivo impuesto a las ganancias –que, a su vez, incorpora aportes de fracciones asalariadas que no tienen salarios muy elevados—. Es decir, la deuda la pagarán las mayorías que solo participan marginalmente en los beneficios del endeudamiento, debido al sesgo regresivo del actual esquema impositivo. Ya los medios se ocuparán de convencerlos que por sus vidas dispendiosas son los responsables de los problemas económicos.

 

¡Qué lío lo del dólar, no se entiende nada!

La tercera característica del endeudamiento es que genera una abundancia de divisas artificial, lo que tiende a abaratar la cotización de los dólares en circulación. El dólar aparece como barato no por un éxito comercial exportador argentino, sino por una oferta provocada artificialmente desde el gobierno, al introducir una masa importante de dólares en la economía local.

Eso explica, entre otras cosas, por qué siempre en los casos de endeudamiento público masivo se verifican procesos de atraso cambiario, que abaratan ahora los dólares que se volverán indefectiblemente caros en el futuro. Quienes pueden acceder a estas ofertas de divisas realizadas por el Estado, a ese dólar barato al que se accede con libertad –sin cepo—, reciben un subsidio a la compra de dólares equivalente a la diferencia entre un dólar normal, sin distorsión en la oferta por el endeudamiento público, y el dólar ganga al que se accede transitoriamente por la magia del endeudamiento. Parafraseando a González Fraga: Se les hace creer que pueden comprar dólares baratos. ¡Y los compran!

El problema es que como surgen de una deuda que deberá ser pagada finalmente exportando riqueza genuina para conseguir los dólares, en algún momento del futuro se transformará en un sobrecosto a pagar por todo el mundo, cuando haya que pagar la cuenta.

¿Cómo se pagará el subsidio? Con el valor súper alto del dólar que habrá que establecer en el futuro para conseguir las divisas. Ese valor elevado tendrá la función de provocar la contracción del mercado interno y la creación subsecuente de mayores saldos exportables. El problema es que ese dólar altísimo impactará fuertemente en el costo de los bienes de consumo masivo, desde los alimentos hasta los bienes no perecederos. Nuevamente serán las mayorías quienes deberán reponer el subsidio que recibieron los grandes compradores de dólares ganga, pagando precios muy elevados.

 

¡Qué ineficiente es el Estado!

Una cuarta característica del crimen perfecto del endeudamiento es que los que se apropian de los beneficios de la deuda son los privados, pero quien se queda con la deuda es el sector público. Como ya dijimos, no todos en el sector privado son iguales: los que accedan a dólares directamente para fugarlos, o los que reciben masivamente las partidas presupuestarias financiadas con la deuda externa son los principales beneficiarios de la repartija de dólares baratos.

Pero quien se queda con los compromisos externos de muy dificultoso cumplimiento es el sector público nacional, provincial o municipal. Al no obtener sus propios dólares vía actividades productivas y exportadoras, las diversas áreas del estado deberán depender del suministro de dólares por parte de los privados, o de nuevo endeudamiento. Así, el estado pasa a depender de los exportadores y banqueros, que acrecientan su poder político sobre todo el sistema.

Lo interesante de la maniobra es que los dólares que el Estado distribuye graciosa y dispendiosamente son deuda externa que será reclamada con rigor y crudeza por los acreedores externos. Le será exigida al Estado nacional, y no a los privados que se apropiaron de los billetes. En el discurso liberal local, siempre aparece el argumento de la inocencia de los actores privados: ellos sólo compraron dólares que estaban a buen precio, ¿qué culpa tienen?

Desconocen de esa forma la evidente colusión sistémica de intereses entre prestamistas externos, gobiernos neoliberales y sectores económicos locales concentrados. Conclusión: apropiación privada de divisas contra endeudamiento público que obligará a socializar el costo de los pagos de la deuda.

 

A llorar a otra parte

Este combo se completa discursivamente con la versión proporcionada desde el Norte sobre los reiterados episodios de endeudamiento latinoamericano: son los latins con sus costumbres dispendiosas, su falta de disciplina y su proverbial irresponsabilidad los que originan estos problemas de deuda.

Es una característica de la teoría economía hegemónica no distinguir clases ni capas sociales, ni intereses, ni conflictos, sino sólo agentes económicos atomizados.

El resultado de esa forma irreal de comprender el mundo será que son todos los latins, o todos los argies, los culpables de sus propios males. No las clases dominantes que determinan las grandes líneas de la política económica de los gobiernos endeudadores, ni los socios locales de la banca internacional, ni los sectores rentísticos atornillados al gasto público, sino todos los latins los culpables de los ciclos de endeudamiento.

Y como estas prácticas se reiteran, el mejor remedio son las duras recetas económicas disciplinadoras, que en realidad cumplen la función de extraer la mayor cantidad posible de recursos de la economía doméstica para repagar la deuda externa y mantener en el subdesarrollo a los estados periféricos. Desde ya que los mismos actores locales que endeudan al país terminan repitiendo estos paupérrimos argumentos provenientes de los centros de poder, des-responsabilizándose de la deuda y endilgándola a una suerte de gen incorregible de la argentinidad(de la cual no formarían parte).

El circuito del endeudamiento es demasiado evidente para quienes no tienen compromisos con los intereses endeudadores. Pero hace falta una visualización mucho más clara por parte de las mayorías para que estas políticas de “dólares para hoy y hambre para mañana” tengan la crítica y el rechazo político que se merecen.

Mientras tanto, el endeudamiento externo continuará siendo el paradigma del crimen distributivo perfecto.

 

 

Fuente: El Cohete a la Luna

Economía