• 18 de noviembre de 2018, 3:06
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Ama de casa

Por Hugo Paredero

 Cuando Alicia era niña y le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, respondía con sonrisa iluminada: ¡ama de casa! Adoraba ponerse un delantal distinto cada día y lustrar muebles, encerar pisos, lavar ropa, vajilla, hasta que lo oscuro resplandecía y lo resplandeciente rasgaba la vista. Su madre y su abuela descansaban mucho en ella. A los 19, Alicia tuvo la suerte de casarse con un hombre bueno y callado, Héctor, también fanático del orden y la limpieza, no así de ordenar y limpiar, por lo que ambos se llevaron a la perfección, y el amor era así. Hoy viven en su departamento de Colegiales. Cuando se sientan a contemplar de la mano su hogar refulgente, el matrimonio consigue algo muy parecido al orgasmo, esto lo han comentado. Héctor fabrica cristales, armazones, y ayer debió viajar a Zárate a entregar un pedido, como hace cada mes. ¿Querés acompañarme, Ali?, en menos de tres horas estamos de vuelta. Ay no, vida, prefiero quedarme limpiando la antecocina, está hecha un desastre, ¿no te enojás?... No, por qué se iba a enojar si es el mismo diálogo de siempre cuando viaja a Zárate. Hasta luego querida, hasta luego amorcito. Héctor cargó lo suyo y partió. Entonces Alicia hizo lo mismo que hacía cada vez que su marido iba a Zárate: salir apuradita al supermercado para recorrer las góndolas de limpieza, siempre aparecía alguna oferta interesante. En realidad hizo casi lo mismo… Porque al super fue, aunque a uno nuevo, lejos, caminó tres cuadras y media. Más grande que el otro, y qué bien puesto, además no eran chinos, se lo había anticipado una vecina. Más caros los artículos de limpieza, pero cuántas novedades atractivas… ¡Y aromatizado el lugar! Alicia sintió un éxtasis tan grande ante semejante alhajero que le vinieron palpitaciones. Un joven empleado, que la observaba curioso, se acercó amable y le preguntó si podía ayudarla en algo. ¡Míster Músculo!, pensó Alicia… ¿O era el hijo?

 


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